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sábado, 14 de junio de 2014

En Cuba se respiran los rastros del CHE por todas partes, por Carlos Espinosa



Publicamos aquí y ahora fragmentos del nuevo texto de Carlos, mi hermano, puesto en su Espinosaalsur que recomendamos visitar (http://www.espinosalsur.blogspot.com.ar/).


En Cuba se respiran los rastros del CHE por todas partes. Resuena su voz amable y segura, voz de mando sin prepotencias innecesarias, en la casona del morro de La Habana que fue su cuartel operativo en las primeras semanas de enero de 1959. Su imagen es ícono de Libertad y Justicia en el monumental relieve de la Plaza de la Revolución –también en  la capital cubana–  jugando con los contrastes de la luz matinal y los reflejos brillantes de los reflectores nocturnos, creciendo en la perspectiva, como crece la fortaleza de su pensamiento revolucionario.

En Santa Clara, escenario principal de su coraje combatiente, uno se queda sin aliento ante  la monumental estatua que preside el memorial; en tanto más abajo, en una especie de bóveda, se guardan sus restos en modesto túmulo, rodeado de sus compañeros de la guerrilla en Bolivia. Afuera la sombra que proyecta la escultura se va desplazando  con el avance del día, como si fuese señalando los caminos hacia donde debe avanzar la lucha inconclusa por sus ideales. Las palabras de su célebre carta de despedida de Fidel y del pueblo cubano están grabadas en relieve, como testimonio inalterable  para los tiempos de los tiempos; y  los objetos personales suyos que se exhiben allí cerca, en el museo ubicado junto al mausoleo,  parecen tener frescas aún sus huellas digitales.  Todo el conjunto del parque de homenaje es solemne, pero en algunas noches el enorme playón que está enfrente del monumento se llena de música, color y juventud con festivales  populares como el que pudimos ver con la actuación de la cantante  Laritza Bacallao.

No lejos del parque  monumental  está el edificio del Hotel Santa Clara Libre, con el revoque del frente perforado por los impactos de las balas de los rifles revolucionarios, en  aquel vibrante combate del 29 de diciembre de 1958; y también se puede visitar la recreación del heroico asalto al tren blindado, y más allá está esa singular estatua del CHE con un niño en brazos, en el acceso a la sede del Partido Comunista;  sede del corralón de obras públicas, donde el Comandante ordenó apropiarse de una máquina vial para levantar los rieles y forzar el descarrilamiento del convoy, repleto de soldados de la dictadura que terminaron rindiéndose y entregando su armamento.

La letra de la famosa canción de Carlos Puebla resuena como un eco de memoria antigua. “Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia, Comandante Che Guevara. Tu mano,  gloriosa y fuerte,  sobre la historia dispara, cuando todo Santa Clara se despierta para verte”. ¡Y nosotros estábamos allí, en esos mismos lugares, caminando por las mismas calles por donde el CHE avanzó triunfal despertando a los santaclareños!

En toda Cuba hay una cercanía intensa y emotiva con los recuerdos del CHE que brotan a cada paso, con la evocación  del ícono como guía y ejemplo por el sostenimiento de la Revolución. Yo me sentí más orgullosamente argentino que nunca, no porque la cuestión de la nacionalidad certifique por si sola alguna forma de virtud política o social, sino porque  ser coterráneo y casi contemporáneo del CHE (cuando lo mataron yo no había cumplido aún los diecisiete años)  es una especie de categoría de la actitud  ante la vida. Tal vez porque pertenezco a esa generación diezmada por haber soñado con una Patria Americana Libre y Socialista, con el CHE y FIDEL como guías y referencias; porque soy uno de aquellos que –hace casi cuatro décadas– sintió en las calles de Buenos Aires el terror por la represión y la desaparición de personas muy cercanas, cuando tener un póster del CHE en la pared de la habitación era un “delito contra la Patria”. Y también porque ahora, bajo el amparo de la plena vigencia del Estado de derecho en nuestra recuperada democracia, la exaltación de la venerada figura del CHE  adquiere otra dimensión, como si nos estuviésemos concediendo licencias que antes, unas tres décadas atrás, nos estaban cercenadas.