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miércoles, 6 de febrero de 2019

El portentoso trabajo de Karl Marx, por Luis Bonilla-Molina


 

El portentoso trabajo de Karl Marx

Luis Bonilla-Molina
ALAI | América Latina, 4 de febrero de 2019











Cuando vemos con más de ciento cincuenta años de distancia la obra de Carlos Marx (1818-1883), reconocemos el trabajo de un portento de las ciencias sociales que realizó uno de los más importantes esfuerzos por conocer y comunicar la dominación, la explotación del hombre por el hombre, la constitución del capitalismo y la conformación de las clases sociales en el nuevo periodo histórico en el que le correspondió vivir.  Marx fue un gigante de su tiempo cuya producción intelectual continúa contribuyendo al estudio de la lucha de clases.







Marx insistió siempre en la necesidad de vincular todo pensamiento al momento histórico y las relaciones de producción existentes en cada sociedad. La mayor potencia de su trabajo está en la construcción de un método, de un camino para comprender la dialéctica relación entre opresores y oprimidos. Acercarnos a la producción teórica de Marx en tanto textos cerrados e inamovibles sería un insulto a su trabajo. Es urgente una aproximación al pensamiento de Marx como trabajo vivo, en permanente actualización.







Un aspecto central de su trabajo es la definición de clase obrera y el rol protagónico de ésta en la transformación estructural de la sociedad capitalista de la primera y segunda revolución industrial. Marx trabajó y redimensionó el trabajo de Hegel (1770-1831) heredando de aquél su esperanza en el mañana. Marx valoró la voluntad para el cambio e insistió hasta la saciedad en la necesidad de vincular la voluntad con la conciencia y el pensamiento crítico.







Precisamente, desde el pensamiento crítico es necesario y urgente volver a estudiar no sólo la estructura de clases existente en el capitalismo del siglo XXI, sino también la fisonomía y características que ha adquirido la clase obrera en la actualidad en el marco de la tercera revolución industrial y los prolegómenos del cuarto giro tecnológico en el modo de producción capitalista. Éste no puede ser un esfuerzo ocioso ni meramente académico, sino profundamente asociado al proyecto histórico de construcción de otro mundo posible.







El concepto de clase:  clase en sí, clase para sí







¿El primer dilema es a qué clase obrera se refería Marx?, si a la fabril e industrial o a todos los trabajadores que convierten su fuerza de trabajo en mercancía. Desde mi punto de vista, Marx se refería a la clase obrera fabril, industrial, cuando hablaba del sujeto histórico de la revolución proletaria. La condición de asalariado o de trabajador (tipo individual, de servicios, empleados públicos u ocasionales) en el mejor de los casos logra hacer posible, desde el enfoque marxista, una toma de conciencia sobre su condición en sí, pero difícilmente lograrían tomar conciencia de “clase” para sí. El proceso de toma de conciencia para sí no es un acto que se pueda simplificar con el estar juntos, sino que es todo un proceso de aprendizaje reflexivo que se genera alrededor de la organización en el mundo del trabajo: en la fábrica, la industria. Los empleados en tareas informáticas en las oficinas del Banco Mundial, una cadena de comidas rápidas o los supermercados, una dependencia del Estado e incluso de una Universidad, que realizan juntos su labor y se encuentran en el sitio de trabajo, no por ello adquieren una conciencia en sí de clase obrera que vende como mercancía su fuerza de trabajo. Marx elaboró su concepto de trabajo asalariado no sólo en la producción, sino también en la distribución y venta de mercancías, pero considero que su noción de clase obrera como sujeto revolucionario central era mucho más restringida al proceso productivo. El agruparse como masa, no es sinónimo de toma de conciencia. Respecto de la clase obrera, Marx señalaba:







«esta masa es ya una clase respecto del capital, pero aún no es una clase para sí * debido a que “los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase” *, “en la lucha [...] esta masa se une, se constituye como clase para sí”» * (p.34).







Los procesos de conformación y constitución de las clases sociales son aplicables no sólo a la clase obrera. Las incomprensiones al respecto llevaron, por ejemplo, en Venezuela, a generar reiterados y fallidos intentos por conformar a gran escala el campesinado como clase social, disminuida ésta como había ocurrió en el reciente siglo pasado producto de la rentabilidad petrolera. Para ello se pensó que, con incentivos crediticios, dotación de tierras y conformación de asociaciones cooperativas sería suficiente para construir desde afuera a una renovada clase campesina. Ello se hizo obviando factores culturales de carácter histórico inherentes a un Estado que había anidado a la burguesía alrededor de la importancia de mercancías producidas ya y listas para el consumo. En esta realidad la mayoría de los ciudadanos a quienes se les pretendía inducir a convertirse en campesinos, valoraban mucho más las facilidades que giraban alrededor del consumo de lo importado que de lo sembrado. La relación de los hombres y mujeres que trabajan la tierra y se constituyen en campesinado demanda unas condiciones de trabajo material sustantivamente distintas a las citadinas. El campesinado que persiste y garantiza su aporte en volúmenes de comida al resto de la población tiene un conjunto de comportamientos y prácticas asociadas a su relación productiva con la tierra, propios de una clase, que no se adquirieron de la noche a la mañana. Estos campesinos cuando han ido tomando conciencia de clase se han movilizado contra la industrialización del agro que los haría desaparecer o contra los agro tóxicos.







Algo parecido ocurrió con los intentos por conformar una clase obrera para sí de manera simplificada o fast track (vía rápida) ****. Las empresas de autogestión que fueron puestas en marcha y funcionaron fueron aquellas que venían de relaciones pre existentes entre el capital y los trabajadores que les había permitido a sus integrantes ser una clase en sí: fue a partir de la toma de conciencia de su condición de clase para sí en intentos por romper con la dominación contra la especulación y explotación del capital cuando se plantearon tomar el control de la producción. Inician así enlazamientos con cadenas productivas y de circulación de mercancías que les permitieran apropiarse de todo el circuito de producción. Y entonces entendieron la necesidad de redistribuir socialmente el plus valor de esas mercancías, no bastaba con dar la fábrica para que fuera conducida por hombres y mujeres trabajadoras que no se habían constituido aún como clase en sí.  Esto viene a ser significativo para comprender dialécticamente los avances y retrocesos en la conformación de la cultura proletaria.  La propia organización autogestionaria de los trabajadores en el marco de una sociedad capitalista les permitió entender a los trabajadores la relación entre Estado y supremacía de la ideología burguesa, y saber que la contradicción también escala y hay que prepararse para ello.







Marx insistía que una clase social no está determinada mecánicamente por su lugar en la estructura social. Una clase social no es el resultado de una reingeniería social realizada desde un centro de poder por simple deseo y al mejor estilo de las ciencias sociales positivistas, sino la consecuencia de cómo se estructura el modo de producción dominante y las tensiones entre capital y trabajo. Las clases sociales desarrollan una cultura, una performance, unos rituales e imaginarios que demandan una temporalidad, es decir, no se hacen de la noche a la mañana. Esa incomprensión ontológica sobre el ser colectivo obrero, llevó incluso a organizaciones revolucionarias a considerar que si un profesional militante hacía unas “pasantías” en la fábrica se proletarizaba y se convertía en militante obrero mientras estuviera laborando junto a la clase. Esto generaría serias limitaciones epistemológicas para entender luego las transformaciones del sujeto revolucionario en el marco de la tercera revolución industrial.







En el tiempo de Marx era precario el desarrollo tecnológico, en comparación con la aceleración que había adquirido la innovación en este campo en los últimos setenta años. La escala de innovaciones tecnológicas de la primera y segunda revolución industrial construyeron un imaginario de futuro en el cual era previsible la multiplicación de fábricas por doquier para poder cubrir las necesidades fundamentales y el consumo alienado que generaba el capitalismo.  Este crecimiento exponencial de las fábricas e industrias situaría a la clase obrera en todos los lugares y territorios haciendo posible la revolución proletaria y la sociedad comunista. Pero ello no ocurrió así.







La clase obrera







Al lograr constituirse el capitalismo avanzado a escala planetaria el mundo se estructuró en lugares orientados a la extracción de materias primas, centros de transformación de las materias primas en insumos, sitios y cordones fabriles donde se producían las mercancías y un universo en expansión de servicios alrededor de la producción y el consumo. La clase obrera se convirtió en la fuerza de trabajo que producía las mercancías, generándose plusvalía y la espiral de expansión capitalista.







Como lo reflexionó y descubrió Marx la clase obrera durante un largo periodo construiría una cultura propia que posibilitaba su toma de conciencia para auto convertirse en sujeto revolucionario. El partido revolucionario, como lo harían la I y II internacionales, y un periodo significativo de la III antes de su burocratización y liquidación, cumplirían el papel de síntesis histórica para garantizar la transición revolucionaria entre períodos de repliegue de la lucha proletaria a situaciones de auge revolucionario. En muchos casos la “vanguardia” sería incapaz de acompañar el emerger de la propia revolución, pero ello no quitaba mérito a la importancia de su rol transicional. La Cuarta Internacional fundada por León Trotsky (1879-1940), sólo dos años antes de su asesinato, aunque representa hoy el acumulado histórico de las luchas proletarias del siglo XX, no ha podido cumplir su rol influyendo en las masas.







La organización de las rutinas de la fábrica y la industria iban generando el agenciar del nuevo estrato, desterrando a los hombres y mujeres de la fábrica respecto de sus orígenes y creando un nuevo territorio donde se ejerciera el trabajo. El trabajo material concreto requería la conformación de una máquina ideológica abstracta, pero ese proceso construía –como lo señalaba Marx–, una dinámica como de subterráneo rizoma vegetal, en el cual se constituía la clase obrera en sí. Cada cierto tiempo se quebraban los dispositivos de control cuando la clase adquiría conciencia para sí y se daba inicio a formas diversas de acción revolucionaria.







¿Cuáles eran estas rutinas que cohesionaban a la clase hasta hacerla tomar conciencia de sí? Las del tiempo como organizador del espacio, del lugar. Para que el sistema funcionara había un tiempo para todo, para llegar a la fábrica, para saludarse y reconocerse desde la última presencia. Quien escapaba al rigor del tiempo ponía en peligro la eficacia, el cumplimiento de la tarea, la seguridad y hasta el salario del otro, de los otros. La precisión en la rutina, el adecuado manejo del fragmento que a cada uno le correspondía fusionaba al individuo con lo colectivo. El uso racional de los grados de libertad que cada uno conservaba como espejismo de libertad, los cuales se asumían sin que ello afectara a los demás. La anticipación del error posible, del fallo catastrófico que afectara el universo de cada uno. La normalización de los intervalos de trabajo, descanso, alimentación, higiene, diálogo, para disipar los privilegios entre iguales. La capacidad de actuar en dinámicas estandarizadas como un mecanismo sincronizado que a su vez convertía a toda la clase en una maquinaria abstracta que trabajaba lo concreto. En ese sentido, el barrio obrero se convertía en una extensión de la fábrica con tiempos y rutinas cada vez más homologadas. Los problemas comunes abrían el espacio para compartir las soluciones. Los lazos de familia extendida se concretaban entre compañeros de trabajo. La vuelta a la fábrica cada día se convertía más en un nosotros que en un yo. Lo nuevo en la fábrica, en la industria, demandaba la inteligencia colectiva, el aprender juntos para evitar que alguien quedara fuera del nuevo territorio. La hora de la comida, el encuentro en los baños, las conversaciones breves en intervalos, se convertían en espacios para compartir angustias, para hablar de los problemas individuales que de alguna manera se asumían comunes. La opresión del trabajo alienante comienza a ser consciente y expresado: la plusvalía se convierte en un detonador de aspiraciones para mejorar las precarias condiciones de vida. Resulta evidente que mientras unos (ellas y ellos) trabajan los otros viven del excedente de la venta de las mercancías. Esto último posibilitó, la toma de conciencia sobre el poder de la acción colectiva. El sindicato surge como expresión organizativa y defensiva, pero también como ofensivo: el estallido de la rebeldía –el estallido de aquel rizoma de la rebeldía–: la huelga, el conflicto por mejores condiciones de vida a partir del trabajo que permite lograr victorias que habrían resultado esquivas por otras vías. Es el momento del inicio del movimiento de los engranajes de la consciencia en sí y para sí. Este conflicto permite descubrir producto de la solidaridad que generó que hay quienes están inconformes con la situación en la que se trabaja y vive: otras mujeres y varones trabajadores, estudiantes, educadores, personas de diversa opción sexual, indígenas o afrodescendientes. El partido y los partidos revolucionarios se visibilizan y se tornan de carne y hueso cuando encuentran que uno de ellos es parte de la organización. El acumulado, la experiencia histórica, configura una cultura proletaria de importancia histórica singular. El proceso se repite una y otra vez, pero no termina de producirse la situación subjetiva revolucionaria que empalme con las condiciones objetivas para el cambio estructural, así todo el pensamiento marxista sigue apostando y trabajando para ese momento de la revuelta proletaria. Para el marxismo la constitución de la clase como sujeto revolucionario no deriva de un deseo, de ser un pueblo elegido, sino de las condiciones histórico-materiales que crean las condiciones de posibilidad para que ello ocurra.







Una dosis de evolucionismo histórico se apoderó de una parte importante del pensamiento marxista. Esta dinámica se vigorizó con el triunfo de la revolución bolchevique y el ciclo de revoluciones en los países atrasados. Marx no previó, ni tenía por qué hacerlo, el surgimiento del llamado “estalinismo” y con éste el inicio de procesos de restauración capitalista que durarían décadas en eclosionar, aunque aún sus variantes en China, Corea y Vietnam mutan sin diluirse. El estalinismo quebró la noción lineal y la visión de la historia como un proceso de evolución irreversible; mostró que había “retrocesos” y evidenció la infalibilidad de lo cualitativo como superación de lo cuantitativo. Muchos marxistas consideran que la precaria comprensión de la relación entre medios de producción y tecnología aceleró la caída del socialismo real.











Katz, C (1997) a partir de los estudios de Aronowitz (1988) considera que las interpretaciones de Bernstein (1850-1932), Kaustky (1854-1938), Hilferding (1877-1941), Plejanov (1856-1918) y Bauer (s/f), son mecanicistas respecto del papel dinamizador de lo tecnológico en el avance ininterrumpido del progreso. Considero que el marxismo de esa época era en gran medida determinista e histórico evolucionista por lo que era naturales esas derivaciones mecanicistas de algunas formulaciones. Sin embargo, ello no nos puede llevar a desestimar el trabajo de conjunto de estos revolucionarios. En el caso de Plejanov es necesario retomar sus elaboraciones respecto a la concepción marxista de las fuerzas productivas como tecnología, porque las nuevas generaciones de marxistas lo han desestimado y ello resulta fundamental para entender la situación de la clase obrera en el siglo XXI.







La visión economicista que se hace respecto del trabajo de Marx desestima la importancia que él le otorgó en su pensamiento a la cultura, mucho más allá del campo de lo ideológico. Pero Marx fue un hombre de su tiempo histórico por lo tanto hay desarrollos tecno culturales que no conoció y por ende no incorporó en sus reflexiones. Marx fue un hombre del mundo de la prensa. El periódico y el libro impreso constituían el imaginario de última generación tecnológica en el campo de la reproducción cultural.







Sus trabajos sobre la prensa obrera subrayaban la importancia de este medio para la difusión de las ideas y las experiencias proletarias. Marx no presenció el impacto en la cognición humana y de la clase obrera de la comunicación de masas centrada en lo visual-auditivo, la radio. Marx no conoció ni presenció el impacto ideológico de una innovación como la televisión que reproducía la ideología dominante las veinticuatro horas del día, mucho menos la revolución digital, la web y la virtualidad. Pero fundamentalmente, y como científico social, no tenía posibilidades concretas de prever el impacto de estas innovaciones en el mundo del trabajo, en los medios de producción y la organización social.  Lamentablemente buena parte de las nuevas generaciones de marxistas posteriores a su muerte tuvieron una aproximación dogmática y cuasi teológica a su pensamiento, concentrada en la comprobación de sus hipótesis de trabajo más que en su actualización permanente.







La noción de proletariado







Los orígenes italianos y reproducidos en el Derecho Romano del concepto de proletariado para referirse a aquellos individuos que no poseen más propiedad que su fuerza de trabajo, es un término que ha generado discusiones e interpretaciones diversas en el campo del marxismo. Pareciera que en Marx la noción de proletariado es más totalizante y referida a todos los explotados por el capital en el mundo laboral, quienes toman conciencia de su situación y deciden movilizarse colectivamente para cambiar la situación de injusticia y explotación.







La clase obrera industrial y fabril estaría en el corazón del proletariado y sería su motor para abrirle paso a la revolución socialista, al comunismo.  De allí la frase del Manifiesto Comunista (1848): «¡Proletarios de todos los países uníos!» En este sentido, la condición proletaria se convierte en un referente estratégico en la labor del partido revolucionario, de la vanguardia, de los comunistas.







El concepto abarcador de trabajador







El desarrollo científico y tecnológico comienza a vivir una aceleración históricamente inusual en el siglo XX, con redobladas expresiones en el periodo posguerras mundiales. Aunque es justo decirlo, la aceleración no disminuyó en los periodos de confrontación bélica, sino que su uso en la producción y el surgimiento de la cultura de masas fue limitado. La aceleración de la innovación científico tecnológica fue impactando de manera precisa al modo de producción y a la estructuración del trabajo fabril e industrial.  La incorporación de las innovaciones científicos tecnológicas en la producción fabril e industrial aumentó la capacidad productiva de las mismas, eso sí, requiriendo menos mano de obra y quebrando la idea inicial de fábricas por doquier. 







La nueva realidad del mundo productivo comienza la tendencia a acoplar a las trabajadoras y trabajadores mucho más a las tecnologías que al trabajo de los otros. Este es un proceso gradual y casi imperceptible que genera nuevas resistencias fundamentadas en la memoria histórico-cultural acumulada por la clase obrera. Pero la rueda comienza a girar en la estructura del modo de producción y ello comienza a expresarse en el conjunto de la sociedad.







La organización del creciente número y formas de mercancías hace necesaria la creación del “ciudadano consumidor” para poder concretar el ciclo de apropiación del plus valor.  Mientras la clase obrera ve estancado, y muchas veces disminuido su tamaño porcentual en la población, se multiplica la creación de nuevos empleos y puestos de trabajo en áreas de los servicios, la administración y el desarrollo de mercancías inmateriales.







El empleo y el trabajo que se expande contiene unas condiciones histórico materiales que promueven mucho más la competencia que la solidaridad, a pesar de ser parte estos trabajadores de quienes no tienen otra propiedad para vender que su fuerza de trabajo. La expansión de la cobertura educativa por parte de los sistemas escolares conforma un nuevo trabajador que sólo puede vender lo que sabe hacer para obtener capacidad de compra de alimentos, vivienda, transporte y ser el soporte económico de los más chicos.







El estancamiento y disminución numérica de la clase obrera respecto del universo del mundo del trabajo es nuevamente problematizado por el campo marxista. Pero, además, la clase obrera inicia un periodo de baja presencia política en contraste con un creciente protagonismo de los estudiantes trabajadores, los maestros, enfermeras, médicos, pilotos, etc.







Esto se resuelve teóricamente de diversas maneras en el campo marxista. Mientras la mayoría de marxistas continúan desestimando el impacto de la innovación científico-tecnológica en la conformación de la clase obrera como clase en sí y para sí, Daniel Bensaid (1946-2010), lo resuelve asumiendo el concepto de trabajador como “abarcado” por todas las formas de explotación y venta de la fuerza de trabajo como mercancía a los capitalistas. Guy Standing (1948) intenta explorar y actualizar el horizonte del marxismo hablando de “precariado”, y más recientemente ese debate se ha planteado en términos de posibilidad de disolución de la clase obrera o negación de este enunciado ante el avance de la robótica en el modo de producción capitalista, para lo cual marxistas como Harvey (1935), un geógrafo y teórico social marxista británico, han expresado su oposición a esta posibilidad.







En la década de 1960 del siglo pasado se inicia la tercera revolución industrial con ciclos internos que se identifican a nivel del público con determinados productos, pero que tienen múltiples expresiones en el modo de producción. Hasta ahora las generaciones de la tercera revolución industrial se conocen como la era de la súper computadora; la de la computadora en casa; la computadora portátil; los video juegos, internet, la web y el mundo digital en casa; la de las “redes sociales” y capitalismo cognitivo; y la de la realidad virtual, la inteligencia artificial, nanotecnología y conexión 4G. Estas innovaciones están reconfigurando el mundo del trabajo como lo analizaremos en otro artículo con datos cruzados.







Lo cierto es que la mutación y multiplicación de las formas y expresiones de venta al capital de la fuerza de trabajo como mercancía ha generado una expansión sin precedentes de la mentalidad de la cultura de la llamada “clase media”. El problema es que el marxismo ha construido una narrativa pequeño burguesa de esa problemática que limita la comprensión de su desarrollo en el siglo XXI. Sobre ello volveremos de manera exclusiva en otro artículo.







Buena parte de la evidencia empírica muestra una intención de hegemonía de la lógica del consumo y bienestar de la tal “clase media” entre los trabajadores no de condición proletaria. Los trabajadores comienzan a ver ese estilo de vida y la performance cultural de éste como su ideal, muy alejado de las previsiones de un mundo altamente planificado y en asamblea permanente de reorganización social. El ocio creativo y la diversión ideológicamente pragmática se han instalado en los imaginarios de buena parte de la clase trabajadora.

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En los próximos artículos de esta serie trabajaremos problemas y situaciones novedosas presentes en la fábrica de la tercera revolución industrial: la pérdida del protagonismo social de la clase obrera; mutaciones en las narrativas de las izquierdas; la odiada “clase media” y el capitalismo cognitivo del siglo XXI; los chalecos amarillos, ¿un nuevo despertar de la clase para sí?; ¿qué es esa vaina de la cuarta revolución industrial en el mundo del trabajo?, y qué pasa si se cumplen los pronósticos sobre su aparición: ¿desaparece la idea socialista?, y por todo ello, ¿para volver al método de Marx es suficiente con rescatar el idealismo hegeliano?

Luis Bonilla-Molina, el autor:

Profesor universitario y fundador del portal de maestras y maestros Voces en educación, http://www.otrasvoceseneducacion.org Coordinador Internacional de la Red Global/Glocal por la Calidad Educativa, e Investigador miembro del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
Nota del editor: es norma que en los artículos que originados en otras publicaciones o distribuidos por ALAI América Latina procedamos a revisiones principalmente de sintaxis y estilo editorial antes de su nueva publicación. Ello para nada modifica los conceptos dados por el autor. G.E.
Referencias:
Barronco, Oriol (2006). “¿Todavía la clase obrera y la condición proletaria?”, en revista Viento Sur, 86, pp. 42-49
Claudio Katz. “Discusiones marxistas sobre tecnología y teoría”, en Razón y Revolución ,3, invierno de 1997, reedición electrónica. Disponible en http://www.razonyrevolucion.org/textos/revryr/prodetrab/ryr3Katztecnolo.pdf 
Delegue, Gilles y Guastara (1997), Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Ediciones Pre-Textos. Valencia. España.

Marx, Karl, Miseria de la Filosofía, Siglo XXI, Buenos Aires, 1975, p. 158.
Llamadas:
* Marx, Karl, Miseria de la Filosofía, Siglo XXI, Buenos Aires, 1975, p. 158.
** Marx, Karl, La Ideología Alemana, Pueblos Unidos, Buenos Aires, 1975; pp. 60-61
*** Marx, K; Miseria de la Filosofía; Siglo XXI, Buenos Aires, 1975; p. 158.
**** (Nota del editor): Fast Track, en inglés: “vía rápida”
El artículo publicado ha sido distribuido por ALAI América Latinahttps://www.alainet.org/es/articulo/197955

viernes, 4 de enero de 2019

Estalla la protesta contra la carestía en Argentina, crónicas en varios medios periodísticos

Desde el incicio del nuevo año 2019, en apenas cuatro días, se incrementa la protesta contra la carestía con batucadas y caceroleos en distintas ciudades y barrios de Argentina.

Crónica de TIEMPO ARGENTINO, diario recuperado, publicado y gestionado por sus trabajadores de prensa, gráficos, técnicos informáticos y administrativos organizados en la "Cooperativa por más Tiempo": "¡Ansina es! ..." está asociado al mantenimiento del diario como medio de prensa dirigido por trabajadores y como fuente de trabajo. Suscribámonos con un aporte modesto: pormastiempo@gmail.com
 

https://www.tiempoar.com.ar/nota/el-ruidazo-se-hace-sentir-con-el-eje-basta-de-tarifazos


La revista cubana de cultura La Jiribilla* ha propuesto en sesenta palabras referir al 60 Aniversario de la Revolución: dos intervenciones –al azar–, y la nuestra:

Ilustración original de La Jiribilla



Respondió Jorge Ángel Hernández (57), poeta, narrador y ensayista cubano:



…Una revolución sobre su marcha no se mide en excesos ni se suma en espejos, no se apila por cifras ni se colma…








También cubano, Iroel Sánchez (54), ingeniero y periodista:  



¿Por qué la Revolución Cubana sobrevive a todas las agresiones, por qué perduró tras los desmerengamientos de aliados que sólo Fidel y, antes, el Che, vieron venir? ¿Por qué sigue en pie más allá de enfermedades humanas y sociales, por qué perdura después de la muerte inevitable de quien le dio vida?








Y respondemos nosotros con “¡Ansina es! …”, blog rioplatense y popular (Gervasio Espinosa, 77):







Palabras para escudriñar 60 años: Martí y un pueblo heroico. Los Castro, Guevara y otros varones entre mujeres: Vilma Espín, María Antonia Figueroa, Asela de los Santos (ministra de Educación), Celia Sánchez o Melba Hernández y Haydee Santamaría, las últimas, tras el triunfo de la Revolución cofundarían el Partido Comunista de Cuba y trabajarían para el Estado. Sólo sesenta palabras.










Nota:

*  http://www.lajiribilla.cu/