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viernes, 11 de agosto de 2017

“Primarias en Argentina: más que elecciones, un plebiscito”, por Javier Tolcachier*




Casi siendo las nueve de la noche de este viernes 11 de agosto, vigente la “veda electoral” que impide en Argentina la propaganda proselitista en las cuarenta y ocho horas previas a una compulsa electoral como las PASO del domingo 13, y hasta pasado el cierre de comicios, en nuestro domicilio del extenso y popular conurbano de Buenos Aires sonó el teléfono: un flash sonoro hacía campaña de la alianza oficial PRO-UCR et al… Esa pedante ruptura de la veda nos movió con urgencia a publicar también nosotros este artículo, reflexivo, conceptuoso y preciso del cordobés Javier Tolcachier. G.E.
          
ALAI América Latina 10.8.2017

Este domingo se disputan en Argentina elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias. Bajo el pomposo nombre de “Ley de democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral”, la norma que las regula fue sancionada en 2009. Si bien en la teoría uno de los propósitos de esta pre-elección es la de ser una suerte de pre-selección democrática de candidatos dentro de las distintas agrupaciones, en la práctica esta premisa no se ha cumplido y la mayoría de las listas son únicas, sin competencia interna.

Otro motivo esgrimido en su momento para justificar la ley fue la de “ordenar” el espectro político y fortalecer el sistema partidario, previendo números de afiliaciones más altos para obtener o conservar personería jurídica, recolección de firmas para avalar candidaturas y por último, lograr un piso mínimo de votos (1,5 % del padrón) para poder competir en la elección de fondo. Lejos de contribuir a una profundización democrática –como era de preverse– la nueva reglamentación conspiró contra las posibilidades de nuevas formaciones o partidos minoritarios, reduciendo la diversidad de opciones y dando continuidad al chantaje del electorado y a la concentración del voto.

Por último, el modelo partidario de representatividad no se fortaleció en absoluto. Por el contrario, los partidos fueron vaciándose paulatinamente quedando apenas como esqueletos anticuados o sellos de goma, incapaces de contener o atraer el impulso transformador de las militancias jóvenes. Esta decadencia de antiguas formas partidarias llegó al punto del vergonzante  ocultamiento de sus gloriosas siglas a fin de no espantar votantes potenciales.

En rigor de verdad, ese proceso no tiene su origen en esa ni en ninguna otra ley, sino que obedece a la sublevación social contra modalidades y poderes burocráticos incapaces de ceder al empuje de nuevos tiempos que exigen una democratización estructural.

De este modo, desde un punto de vista institucional, las PASO han quedado vaciadas de su contenido original y se convierten en una pulseada preelectoral, una encuesta sobre el humor ciudadano, una suerte de antesala de la elección real a llevarse a cabo en Octubre de este año. ¿Apenas eso? De ningún modo.

Dadas las circunstancias políticas en Argentina, en vista del retroceso social inesperado para algunos, absolutamente previsible para otros, la cita adquiere un alto voltaje simbólico. ¿Qué se juega en ellas? Y en términos más amplios, a escala regional o mundial, ¿cuáles son las implicancias de su resultado?

La facción gobernante encabezada por el empresario Macri, asumió el gobierno en 2015 con una clara inferioridad legislativa, debilidad a la que se sobrepuso de manera relativa, mediante acuerdos y presiones espurias que concluyeron en la traición de un grupo de diputados y senadores al mandato político opositor conferido por un número muy significativo de la población en la elección precedente.

Sin embargo, no contar con mayorías propias o permanentes en las Cámaras atemperó – aunque parezca inverosímil dadas las características antipopulares de las medidas tomadas en los últimos dieciocho meses – la vocación de capitalismo salvaje que anima al gobierno actual. De este modo, el objetivo del gobierno es perfectamente escrutable: lograr en la elección de Octubre acuñar una mayoría legislativa –propia o alquilada– con legitimidad suficiente para profundizar el (des)ajuste social. Si consigue eso, los argentinos se verán con un panorama similar al que actualmente transita el Brasil. En pocas líneas: aumento de la edad jubilatoria y descenso relativo de sus montos, reducción salarial y de derechos laborales, congelamiento o eliminación de subsidios sociales, desinversión pública en salud, educación, vivienda, cultura, ciencia, fuerte desgravación impositiva para las grandes empresas. Todo ello con el fin de abrir a la banca y al empresariado corporativo local e internacional la mercantilización total de la vida colectiva y generar la maximización de beneficios de esa porción minoritaria.

En la vereda de enfrente, los movimientos populares y sus expresiones más progresistas, conscientes de este panorama, apuntarán todas sus fuerzas a frenar este proceso involutivo de exclusión y desintegración social. Al tiempo de recomponer líneas y alianzas luego de la derrota electoral última –que en estas latitudes se traduce en fuga de organizaciones e individuos dependientes en su militancia del grifo gubernamental– la oposición real, encarnada en el kirchnerismo y algunas pocas opciones menores, aspira a impedir en primer término “mayorías automáticas” en el parlamento que habiliten, una vez más, el desguace estatal y la hecatombe social.

De este modo, la clave política de esta elección primaria no está puesta en las candidaturas a escoger, ya que los nombres y los perfiles están ya definidos por ambas estrategias. El resultado, aunque muy posiblemente favorable a la intención opositora de mostrar una fuerte crítica popular a la política en curso, no bastará para hacer fracasar por completo el modelo.

El gobierno, apoyado, aconsejado, protegido y hasta digitado por el hegemón mediático principal, tratará incluso de vender la derrota relativa como un avance, escondiendo a la opinión pública la faceta que menos le convenga y dando mayor relevancia a lo que pueda resultarle favorable a sus designios. Por otro lado, proseguirá impertérrito en su intención de forzar a la sociedad a seguir por el mismo camino, triunfe o no en la elección, con legitimidad o sin ella.

Pero ésta no es tan sólo una lucha local. El propósito de apropiación final del todo social no es un invento del gobierno sino de las corporaciones globales, que lo incluyen pero exceden largamente. Para éstas, el Estado no sólo es un enemigo porque redistribuye parte de los dividendos sociales a los sectores más postergados, como sucedió en la década progresista en Bolivia, Venezuela, Ecuador, Argentina, o Brasil. O bastante antes en Cuba o Nicaragua. En esos lugares y tiempos, millones de personas salieron de la pobreza extrema, del hambre, lograron ampliar derechos, cultivaron su dignidad y construyeron colectivamente cierto grado de autonomía y soberanía en medio de un mundo en decadencia. Malos ejemplos a erradicar so pena cunda la pandemia inclusivista, según los cánones del poder.

Para desgracia de la elite, éste no era el único problema para el desarrollo de “buenos negocios”. El Estado, por entonces, no solamente dejó de ser una herramienta en manos de los poderosos, sino que pasó a ser su principal competidor. Un fuerte competidor que comenzó a gestionar los principales recursos aumentando la disponibilidad de ingresos para invertirlos en el bienestar de las mayorías. Un competidor que amplió el acceso a los servicios y productos para todos a bajo o nulo costo. ¡Imperdonable! ¡Competencia desleal! ¿Pero desleal a quién?

Así es que, en el plano económico, las grandes corporaciones multinacionales decidieron apoderarse del Estado, para que vuelva a servirles como siempre. Para que sea apenas un departamento corporativo más, un anexo. Por la razón o la fuerza, con elecciones o golpes, duros o blandos, como sea. Colocando a sus propios gerentes al frente o a lacayos entrenados en las arduas lides de la banca mundial, toda gente de su confianza, con sus códigos y su cruel frialdad ejecutiva. Insensibles que sólo piensan en que la curva de beneficio de su “company” y las bonificaciones personales que obtienen por ello vayan para arriba, sin importar la tragedia humana y medioambiental generada en su estela. Para los custodios del capital, todo derecho es dádiva injusta y toda tendencia equitativa, populismo o peores e impronunciables “ismos”.

Pero como se supone que los buenos “ismos” ya son historia antigua, que la aspiración de igualdad de oportunidades pertenece a la era pre-muro de Berlín y no a la post-muro de Trump (o de Ceuta, Hungría, Gaza y tantos otros), entonces la vulgaridad se personaliza como “castrismo”, “chavismo” o tantas otras.

Y esta personalización cumple también con una parte esencial del plan, ya que la única defensa posible de los pueblos frente a estos “monstruos grandes que pisan fuerte” es su capacidad de organización, de movilización y la enorme fe que depositan en sus liderazgos. Y esa línea estratégica es la que en definitiva los grupos de poder económicos quieren quebrar. La única trama posible que augura la “sustentabilidad” de su esquema. De ese modo, proscribir, encarcelar, difamar a los líderes sociales se corresponde con diluir la fuerza de la resistencia organizada de los pueblos. Matar la rebeldía es descabezarla y desanimarla.

Los pueblos conquistados deben ser inermes, no tener capacidad alguna de respuesta, regresar a la impotencia absoluta, ser esclavos conscientes de su incapacidad de respuesta.

Para ello el arma imprescindible son los medios masivos de difusión, de convencimiento, de manipulación en conjunto con las deformadas “redes sociales”. No hay mejor esclavo que el que cree elegir su esclavitud, el que se conforma con ella, el que no ve ninguna otra alternativa a su prisión in- y subhumana.

Sin embargo, en esta película de terror cuyo papel protagónico es de los tiranos de traje, hay un último y gran escollo: la raíz cultural de los pueblos latinoamericanos. Pese a todo el esfuerzo publicitario por promover el individualismo y la competencia, las culturas lugareñas conservan fuertes rasgos gregarios, de pertenencia colectiva. La esencial cuota identitaria que hace que el latinoamericano medio adhiera al fenómeno comunitario dificulta la permeabilidad de los conjuntos al engañoso ideal de felicidad que promueve el mundo capitalista. Las cúspides solitarias pueden atraer fugazmente, pero no llegan a la profundidad arraigada en esta región cultural, más proclive en su base social a la solidaridad y la cooperación, aunque no siempre lo parezca.

Por tanto, para imponer la crueldad como máxima virtud y eje de un modelo social depredador y esclavizador, se somete a los pueblos a una colonización cultural, a la imposición de modelos de vida no elegidos, ni coincidentes con la acumulación de memoria histórica. Dividir, diferenciar, y a la vez odiar al diferente. Esquizofrenia social y personal. ¿Cómo asombrarse luego de que crezcan los actos de violencia y la locura?

Ése es el sentido simbólico de esta elección primaria, donde nada pero todo se elige. Es una elección entre la posibilidad de liberación colectiva en lo social, cultural, económico y de estilo de vida frente al sometimiento a las falsas promesas de la libertad egocéntrica.

Es un plebiscito existencial. En contra del gobierno de las corporaciones y la dictadura del capital.



*  Javier Tolcachier (57), el autor de la presente nota, es argentino, cordobés, y activo miembro del Movimiento Humanista, tiene participación en el Centro Mundial de Estudios Humanistas y es columnista de la agencia de noticias Pressenza  (http://www.pressenza.com/es/author/javier-tolcachier). Reside con su esposa y dos hijos en su provincia natal.

http://www.alainet.org/es/articulo/187367

martes, 8 de agosto de 2017

"Mal", por Julio Rudman*













Malhechores, malparidos, malqueridos,

los malditos, los maleducados,

lo maltrataron, lo malhirieron o

lo malmataron, lo malchuparon.

Los malpensados, los malamados,

los maldormidos, la malbebida, el malhablado,

los malsoñados, los malparados,

los malsentados, los malsentidos,

los malpegadores, los malreprimidos represores,

los malcensuradores, los malvivientes de malaespina,

los malpagadores de la malasangre.

A ellos les maldonamos el poder por un maltrago y

los malandrines lo malusan, tan mal.

Devuelvan a Maldonado bien,

porque si no les va a ir muy mal.

Julio Rudman


*  
FE DE ERRATA. La nota a pie existente hasta su corrección contenía serios 
errores de información, los que han sido subsanados. Se piden disculpas. G.E.

Julio Rudman, el autor, es escritor, poeta y periodista. Reside en la ciudad de Godoy Cruz, 
en la provincia argentina de Mendoza, al pie de la cordillera de los Andes.

Santiago Maldonado (28 años, foto arriba), artesano y militante social radicado en la Provincia de Río Negro, desapareció recientemente en oportunidad de la represión a una comunidad mapuche patagónica que reclama tierras ocupadas por la empresa Benetton, y a la que Maldonado estaba visitando solidariamente. La represión violenta fue llevada a cabo por un destacamento de la Gendarmería Nacional, cuerpo cuasi militar que está bajo la dependencia del Ministerio Nacional de Seguridad cuya titular es Patricia Bullrich. Desde hace más de una semana Santiago permanece desaparecido y la presunción más seria según la fiscalía judicial actuante, en base a datos, elementos y circunstancias que evalúa, es que tendría Gendarmería responsabilidad en la referida desaparición. El Gobierno de Mauricio Macri no ha dado respuestas aun siendo muchos los reclamos de organismos de derechos humanos tanto argentinos como del mundo.

¿Quiénes son los villanos? La tergiversación cultural que hacen las clases dominantes | Amparo Ballester López, de Santa Clara, Cuba




Amparo Ballester López es una cubana de Santa Clara, filóloga y especialista en edición de textos –en esta actividad colega–, que desde su patria publica el blog Verbiclara, «sobre poesía, historia, lengua española, y otros temas de Santa Clara, Villa Clara y Cuba» (https://verbiclara.wordpress.com). De éste –que a su vez reproduce la publicación original hecha por el periodista uruguayo y cultor del buen hablar Ricardo Soca (http://www.elcastellano.org/)– hemos tomado dos párrafos que, sin duda alguna, son de clarísima verba…  

Un caso similar de demonización hizo la colonial cultura europea con la conquista de los pueblos originarios de Nuestramérica: del nombre propio de los pueblos caribes se desprendió el vituperio de llamar “caníbales” a los antropófagos, como bien lo señala otro cubano de renombre y actual presidente de la habanera Casa de las Américas: Roberto Fernández Retamar (http://www.literatura.us/roberto/caliban2.html).

En la Argentina del virrey Macri y su engreída corte de adelantados se repite como farsa aunque igualmente dolorosa aquella fundacional gesta colonial: ahora con nueva represión a los pueblos originarios y luchadores populares, vaciamiento económico y financiero del país y despidos en masa en los campos de la ciencia y la tecnología. G.E.


El Pingüino es uno de los "villaanos" contra los que lucha Batman. Ilustración original de Verbiclara. I

En la literatura contemporánea y en el cine, el villano es lo opuesto al héroe. Representa una figura detestable que encarna todos los males y maldades, y da sentido a la existencia del héroe, lo que ha hecho creer a mucha gente que la palabra proviene de vil. 



Sin embargo, en la Edad Media los villanos eran los buenos y honestos habitantes de las villas, aquellos pequeños caseríos poblados por labriegos que laboraban las tierras de los miembros de la nobleza. Pero para los propietarios, el villano era un sujeto embrutecido, ignorante y vulgar, un concepto (o más bien un prejuicio) elitista que, con el tiempo, se extendió a la concepción moral del villano. Por esa razón, la voz villano fue usada cada vez con más frecuencia para designar a los sujetos que se caracterizaban por su maldad y vileza.

lunes, 7 de agosto de 2017

Vuelve Julio Rudman a la radio...
















¡Fuerte abrazo compañero Julio Rudman, cuyano, mendocino! 
¡A encender El CANDIL! ¡A levantar la voz! 
¡A iluminar los caminos y senderos!



              Tuve un amigo aquí cerca,
              corazón de palomar.
              Le vieron viento en los ojos,
              no lo dejaron pasar.

              Ellos no saben que al viento
              nadie lo puede atajar.



               
           Armando Tejada Gómez, 
                  en el canto de Óscar Matus: Coplera del viento*




sábado, 29 de julio de 2017

“La narratura del capitalismo”, por Jorge Majfud







Ansina es…

En nota distribuida por la Agencia Latinoamericana de Información (ALAI) y que reproducimos, Julio Majfud (47), uruguayo, compilador de Eduardo Galeano y traductor de Noam Chomsky que desarrolla su actividad profesoral en literatura latinoamericana en una universidad estadounidense, refiere en la nota que ahora publicamos que:

En términos absolutos, el capitalismo es el período (no el sistema) que ha producido más riqueza en la historia. Esta verdad sería suficiente si no consideramos que es tan engañosa como cuando en los años 90 un ministro uruguayo se ufanaba de que en su gobierno se habían vendido más teléfonos móviles que en el resto de la historia del país.

Mientras tanto, entre los titulares de hoy del diario de Montevideo que en su nombre presume totalizar una identidad paisana, El País, hoy aparecen: «Interior dijo a la Justicia que no es responsable por vida de presos», «Dorrego, el otro dolor de cabeza de ASSE», «Enfoque de guía sexual escolar desata polémica», «Venezuela sobre máxima tensión», y «Vida o muerte, las venezolanas que viajan a parir en Colombia». G.E.


La narratura del capitalismo, por Jorge Majfud*
(http://www.alainet.org/es/articulo/187151)

Ilustración original de ALAI

¿Realmente le debemos la modernidad al capitalismo?

Una de las afirmaciones que los apologistas del capitalismo más repiten y menos se cuestiona es aquella que afirma que este ha sido el sistema que más riqueza y más progreso ha creado en la historia. Le debemos Internet, los aviones, YouTube, las computadoras desde la que escribimos y todo el adelanto médico y las libertades sociales e individuales que podemos encontrar hoy.

El capitalismo no es el peor ni el menos criminal de los sistemas que hayan existido, pero esta interpretación arrogante es, además, un secuestro que la ignorancia le hace a la historia.

En términos absolutos, el capitalismo es el período (no el sistema) que ha producido más riqueza en la historia. Esta verdad sería suficiente si no consideramos que es tan engañosa como cuando en los años 90 un ministro uruguayo se ufanaba de que en su gobierno se habían vendido más teléfonos móviles que en el resto de la historia del país.

La llegada del hombre a la Luna no fue simple consecuencia del capitalismo. Para empezar, ni las universidades públicas ni las privadas son, en sus fundamentos, empresas capitalistas (excepto algunos pocos ejemplos, como el fiasco de Trump University). La NASA tampoco fue nunca una empresa privada sino estatal y, además, se desarrolló gracias a la previa contratación de más de mil ingenieros alemanes, entre ellos Wernher von Braun, que habían experimentado y perfeccionado la tecnología de cohetes en los laboratorios de Hitler, quien invirtió fortunas (cierto, con alguna ayuda económica y moral de las grandes empresas norteamericanas). Todo, el dinero y la planificación, fueron estatales. La Unión Soviética, sobre todo bajo el mando de un dictador como Stalin, ganó la carrera espacial al poner por primera vez en la historia el primer satélite, la primera perra y hasta el primer hombre en órbita doce años antes del Apolo 11 y apenas cuarenta años después de la revolución que convirtió un país atrasado y rural, como Rusia, en una potencia militar e industrial en unas pocas décadas. Nada de eso se entiende como capitalista.

Claro, el sistema soviético fue responsable de muchos pecados morales. Crímenes. Pero no son las deficiencias morales las que distinguían al comunismo burocrático del capitalismo. El capitalismo sólo se asocia con las democracias y los Derechos Humanos por una narrativa, repetitiva y abrumadora (teorizada por los Friedman y practicada por los Pinochet), pero la historia demuestra que puede convivir perfectamente con una democracia liberal; con las genocidas dictaduras latinoamericanas que precedieron a la excusa de la guerra contra el comunismo; con gobiernos comunistas como China o Vietnam; con sistemas racistas como Sud África; con imperios destructores de democracias y de millones de habitantes en Asia, África y América latina, como en los siglos XIX y XX lo fueron Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, Francia, etc.

La llegada a la Luna como la creación de Internet y las computadoras que se atribuyen al capitalismo fueron básicamente (y, en casos, únicamente) proyectos de gobiernos, no de empresas como Apple o Microsoft. Ninguno de los científicos que trabajaron en esos revolucionarios programas tecnológicos lo hizo como empresario o buscando hacerse ricos. De hecho, muchos de ellos eran ideológicamente anticapitalistas, como Einstein, etc. La mayoría eran profesores asalariados, no los ahora venerados entrepreneurs.

A esta realidad hay que agregar otros hechos y un concepto básico: nada de esto surgió de cero en el siglo XIX o en el siglo XX. La energía atómica y las bombas son hijas directas de las especulaciones y los experimentos imaginarios de Albert Einstein, seguido de otros genios asalariados. La llegada del hombre a la Luna hubiese sido imposible sin conceptos básicos como la Tercera ley de Newton. Ni Einstein ni Newton hubiesen desarrollado sus maravillosas matemáticas superiores (ninguna de ellas debidas al capitalismo) sin una plétora de descubrimientos matemáticos introducidos por otras culturas siglos antes. ¿Alguien se imagina el cálculo infinitesimal sin el concepto del cero, sin los números arábigos y sin el álgebra (al-jabr), por nombrar unos pocos?

Los algoritmos que usan las computadoras y los sistemas de internet no fueron creados ni por un capitalista ni en ningún período capitalista sino siglos atrás. Conceptualmente fue desarrollado en Bagdad, la capital de las ciencias, por un matemático musulmán de origen persa en siglo IX llamado, precisamente, Al-Juarismi. Según Oriana Fallaci, esa cultura no dio nada a las ciencias (irónicamente, el capitalismo nace en el mundo musulmán y el mundo cristiano lo desarrolla).

Ni el alfabeto fenicio, ni el comercio, ni las repúblicas, ni las democracias surgieron en el periodo capitalista sino decenas de siglos antes. Ni siquiera la imprenta en sus diferentes versiones alemanas o china, un invento más revolucionario que Google, fueron gracias al capitalismo. Ni la pólvora, ni el dinero, ni los cheques, ni la libertad de expresión.

Aunque Marx y Edison sean la consecuencia del capitalismo, ninguna gran revolución científica del Renacimiento y la Era Moderna (Averroes, Copérnico, Kepler, Galileo, Pascal, Newton, Einstein, Turing, Hawking) se debió ese sistema. El capitalismo salvaje produjo mucho capital y muchos Donad Trump, pero muy pocos genios.

Por no hablar de descubrimientos más prácticos, como la palanca, el tornillo o la hidrostática de Arquímedes, descubiertas hace 2300 años. O la brújula del siglo IX, uno de los descubrimientos más trascendentes en la historia de la humanidad, por lejos más trascendente que cualquier teléfono inteligente. O la rueda, que se viene usando en Oriente desde hace seis mil años y que todavía no ha pasado de moda.

Por supuesto que entre la invención de la rueda y la invención de la brújula pasaron varios siglos. Pero el tan vanagloriado “vertiginoso progreso” del periodo capitalista no es ninguna novedad. Salvo periodos de catástrofe como lo fue la peste negra durante el siglo XIV, la humanidad ha venido acelerando la aparición de nuevas tecnologías y de recursos disponibles para una creciente parte de la población, como por ejemplo lo fueron las diferentes revoluciones agrícolas. No es necesario ser un genio para advertir que esa aceleración se debe a la acumulación de conocimiento y a la libertad intelectual.

En Europa, el dinero y el capitalismo significaron un progreso social ante el estático orden feudal de la Edad Media. Pero pronto se convirtieron en el motor de genocidios coloniales y luego en una nueva forma de feudalismo, como la del siglo XXI, con una aristocracia financiera (un puñado de familias acumulan la mayor parte de la riqueza en países ricos y pobres), con duques y condes políticos y con villanos y vasallos desmovilizados.

El capitalismo capitalizó (y los capitalistas secuestraron) siglos de progreso social, científico y tecnológico. Por esa razón, y por ser el sistema global dominante, fue capaz de producir más riqueza que los sistemas anteriores.

El capitalismo no es el sistema de algunos países. Es el sistema hegemónico del mundo. Se pueden mitigar sus problemas, se pueden desmantelar sus mitos, pero no se puede eliminarlo hasta que no entre en su crisis o declive como el feudalismo. Hasta que sea reemplazado por otro sistema. Eso en caso de que quede planeta o humanidad. Porque también el capitalismo es el único sistema que ha puesto a la especie humana al borde de la catástrofe global.

Nota:
* Jorge Majfud es escritor uruguayo y docente-investigador en Literatura latinoamericana y Estudios internacionales en la Universidad de Jacksonville (Florida, EE. UU.), donde reside actualmente luego de haber vivido y trabajado en distintos países de América del Sur, América Central, África, Asia y Europa. Majfud es autor de numerosos artículos, ensayos y novelas, entre éstas Hacia que patria del silencio. Memorias de un desaparecido (1996), Crítica de la pasión pura (2000), La reina de América (2002), La ciudad de la luna (2009), Crisis (2012) y El mar estaba sereno (2017). También es traductor de Noam Chomsky y compilador de textos de Eduardo Galeano.