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sábado, 8 de abril de 2017

“¡Abajo el sistema!”, por Alejandro Frenkel*






En la edición de este sábado que concluye el diario de Buenos Aires Página|12 publica esta nota de Alejandro Frenkel que ha resonado en muchísimos cerebros y corazones populares. El autor es un académico argentino de prestigio, más todavía porque es joven y de discurso categórico, llano y sencillo. Como este blog tiene la virtud de ser un instrumento de muy baja potencia y velocidad pero capaz de extensos recorridos rodando entre lectores nuestroamericanos y también de Estados Unidos, el centro y los confines de Europa y entre paisanos asiáticos y hasta de Oceanía, nos pareció necesario recomendar su lectura y, con esa intención, además, inevitablemente, replicarlo.

La publicación digital original, de donde se ha tomado el texto, está en https://www.pagina12.com.ar/30495-abajo-el-sistema

Sobre Alejandro Frenkel dice la revista Anfibia, publicación de la Universidad Nacional de San Martín, Provincia de Buenos Ares:

[…] nunca fue bueno en matemática, así que sabía que iba terminar estudiando alguna de las ciencias sociales. Cuando llegó el momento de decidir estaba entre historia y ciencia política. Con su hermana mayor fue al jardín, a la primaria y a la secundaria. Ella ya había empezado a estudiar historia y, para diferenciarse, se decidió por la Ciencia Política. Estudió en la Universidad de Buenos Aires y se recibió con Diploma de Honor. Luego, hizo un posgrado en la Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo.

Le gusta el olor a pasto húmedo, antes de jugar al fútbol.

Becario del CONICET, fue asesor del Ministerio de Defensa y Delegado argentino en el Consejo de Defensa Sudamericano de la UNASUR [circa 2012].

Marca los libros con una letra ilegible. Casi siempre con lápiz, a menos que sea un libro poco importante o uno que, cree, nadie más va a leer.



¡Abajo el sistema!

Fidel Castro solía decir que el presidente de los Estados Unidos no era una persona, sino un sistema. Emulando el escepticismo del líder cubano, Evo Morales repetiría esa idea una y otra vez cuando le preguntaban si prefería a Hillary Clinton o a Donald Trump para ocupar la Casa Blanca. Más optimistas, analistas, políticos y gente de a pie expresaron, luego de que candidato republicano ganara las elecciones, su confianza en que “el sistema” de frenos y contrapesos de la democracia norteamericana sería capaz de domesticar a la bestia y evitar que la irracionalidad y la incontinencia de Trump produjeran alguna catástrofe. 

Ayer, el presidente norteamericano decidió bombardear una base del ejército sirio, como respuesta a un supuesto ataque con armas químicas perpetrado el martes pasado por el gobierno de Bashar al Assad contra grupos rebeldes. Trump, además, acompañaría la acción militar con un llamado a conformar una “gran coalición de naciones civilizadas” para enfrentar al régimen alauita que gobierna Siria.

Ahora bien, ante todo este embrollo vale tener en cuenta dos cuestiones: 1) Siria es un aliado incondicional de Rusia. 2) Desde que Trump comenzó su campaña para la presidencia –tanto en las primarias como en el mano a mano con Hillary– expresó en reiteradas ocasiones que en su administración Estados Unidos iba a dejar de derrocar gobiernos y, además, iba a buscar un entendimiento con Vladimir Putin para administrar conjuntamente el tablero en Medio Oriente. Entonces, ¿qué pasó en el medio para que Trump decidiera ir contra el gobierno de al Assad y, con ello, efectuar una provocación directa a Moscú? Como sucede en toda cocina del poder, es probable que nunca lleguemos a conocer todos los ingredientes de la receta. Sin embargo, se pueden hacer algunas presunciones.

Al poco tiempo de que Trump ganara las elecciones, al interior de Estados Unidos comenzó a gestarse una intensa campaña por parte de sectores de inteligencia, económicos y políticos –secundados por importantes medios de comunicación– con el objeto de desentrañar los vínculos espurios que el presidente estadounidense tendría con su par ruso. Según se decía, Trump era un monigote de Putin y el Kremlin se había entrometido en las elecciones norteamericanas para beneficiar a su candidato. En este marco, el otrora asesor de seguridad nacional de la presidencia, Michael Flynn (hombre de su máxima confianza, había dicho Trump al momento de nombrarlo) tuvo que renunciar a su cargo tras revelarse que mantenía conversaciones secretas con la embajada rusa. A partir de allí, el conflicto fue escalando y el “affaire Rusia” se transformó para muchos en la eventual excusa perfecta para avanzar en un juicio político contra Trump. Flynn no es la única víctima de esta disputa. Varios funcionarios y asesores de Trump han quedado en la mira de la justicia estadounidense por la misma razón. Hace pocos días Steve Bannon –un trumpista de la primera hora, agitador mediático de la ultraderecha y defensor de la alianza con Putin– fue sacado por el propio Trump del Consejo de Seguridad Nacional, a pedido del nuevo asesor de seguridad, el general Herbert McMaster, quien considera al Kremlin una amenaza. En este contexto, el bombardeo en Siria estaría vinculado a cuestiones domésticas. De hecho, el saliente Flynn manifestó la semana pasada que estaba dispuesto a testificar ante el FBI si le otorgaban inmunidad penal, apelando a una especie de figura del arrepentido.

En definitiva, en caso que efectivamente estas cuestiones sean las que están marcando el pulso de la política exterior estadounidense, vale la pena tener en cuenta dos lecciones:

1) Que Trump, lejos de ser un loco irracional es, como buen empresario, alguien que busca siempre negociar para sacar el mejor rédito y, como buen político, alguien que apela al pragmatismo para poder sobrevivir en el cargo.

2) Que el “sistema” del que hablaba Fidel, lejos de aplacar toda iniciativa temeraria puede, más bien, llevar al presidente a ordenar un bombardeo indiscriminado y, lo que es peor, a un enfrentamiento entre las dos principales potencias militares del planeta. Es por ello que tal vez haya que preguntarse si no es mejor decir: “¡abajo el sistema!”.

* Investigador del Conicet. Politólogo-UBA.

domingo, 2 de abril de 2017

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No, no es surrealismo... ni código binario. Se trata nada más que de un procedimiento de dormidera o de pasatiempo sin impacientarse muy eficaz y que hemos probado: si es el sueño el que no llega o una espera desespera ya no sirve contar ovejitas que saltan una valla de tablas o manifestantes a favor de Macri. Lo he probado, con las ovejas se llegan a contar quizá 1594 ejemplares y un ruido inesperado sorprende, no es un balido ni el aullido de un lobo. Abre uno un ojo, no ve nada raro y se dispone a seguir contando pero olvidó la cifra en la que se suspendió la cuenta. Comenzar una nueva sucesión de números es decepcionante y más desesperante todavía. Encontramos la solución: el sueño llega por cansancio o aburrimiento y no por concentración en abandonar la vigilia mediante el recitado de una ordenada sucesión aritmética. La espera se resuelve cuando no se cuantifica la demora. Entonces, y para no caer en lo impropio de continuar operaciones voluntarias si es que se ha dejado de respirar (eventualidad que puede darse), procedemos a disparar números con cada inspiración, pero números sin regla de sucesión: inspiro - uno, inspiro - uno, inspiro - uno... Para evitar alguna respuesta automática de rechazo al automatismo, y así sostener el objetivo del aburrimiento pueden intercalarse de manera absolutamente aleatoria ceros y unos, así, por caso: inspiro - uno, inspiro - uno, inspiro - cero, inspiro - uno, inspiro - cero, inspiro - cero, inspiro - cer... zzzzzzzzzz
Este procedimiento lo estamos practicando en casa cuando calentamos agua para los fideos o hacemos cola para ducharnos ahora que Gas Fenosa, sospechando una pérdida de fluido en el interior de la casa sugirió que contratáramos a un instalador matriculado para revisar y tramitar la rehabilitación del servicio, mientras tanto nos han reducido el caudal y consecuentemente la presión y potencia calorífica. Protestamos, argumentamos que no queremos gastar 5.000 pesos en algo innecesario, no hay fugas en nuestra instalación sino que la fuga sobre la que avisamos en diciembre estaba en el aparato medidor, en ese mismo que cambiaron cuando vinieron a sospechar que había una pérdida de fluido en el interior de nuestra casa. Aranguren, el especialista en política de fluidos del virrey Macri dice que tengamos paciencia, que no puede deshacerse tanto en tan poco tiempo...
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sábado, 1 de abril de 2017

Río de la plata: no son pitufos, ni unos ni otros

Peyo y sus Schtroumpfs




Si Juana le dice a Juan “alcánzame el traca-traca”, Juan no sabe si darle un rompenueces, la matraca de un viejo carnaval de la abuela o el triciclo de Juanito. Ponernos de acuerdo en cuanto al vocabulario y enriquecerlo es imprescindible para pensar, caracterizar, entendernos y actuar tanto en lo interpersonal como, especialmente, en lo colectivo.

Las jergas, como el lunfardo rioplatense, son lenguas del carácter que sea, de oficios o profesiones, de ladrones, presos (amurado) e incluso las socialmente generalizadas  de ciencias y tecnologías aunque emanen olor a imperio y negocio.  A las palabras hay que elegirlas y emplearlas bien, y lo mismo vale para los apelativos que a otros efectos tomamos de la historia social y económica o incluso la literatura de ficción: virrey, por caso, califica a los delegados de un poder imperial; y corte virreinal, ahora y acá, a la sarta de vivillos que, de yapa, quedarán en la memoria popular como lo que realmente son…

Es un despropósito plantear como “pitufos” a los bolcheviques de la revolución de octubre de hace cien años en Rusia en un texto escolar de circulación en el lado oriental del estuario platense, y en el occidental llamar así a los casi chiquilines policías municipales (aunque provistos de peligrosas y “reglamentarias” nueve milímetros).

En la Provincia de Buenos Aires, y dado el refulgente azul “eléctrico” de sus atuendos, se ha dado en denominarlos como aquellos personajes del comic que en 1958 estrenó el fallecido historietista belga Pierre Culliford (Peyo): “La Flûte à Six Schtroumpfs”. A aquella historieta inicial del semanario Spirou le sucedieron filmes incluso en 3D y numerosas series para TV. Un éxito mediático, y económico…

Obnubila ver y enseñar la realidad tal cual si fuera ficción

Tanto en francés como en castellano, Schtroumpfs, o Pitufos (éste un nombre arbitrario dada la imposibilidad de una traducción que para la primera publicación en castellano en 1969 se le ocurrió a Miguel Agustí, redactor jefe del semanario español Strong), no son, ambas, palabras registradas en los diccionarios de las dos lenguas, se trata de neologismos que, al parecer en cuanto al original belga-francés –no se ahondó en la cuestión semántica–, pondría de manifiesto personajes de perfil más bonachón que políticamente solidario en esas personitas humanoides que, paradójicamente, habitan en “El país maldito”…

Cuando los escandalizados montevideanos que pusieron sus gritos en diarios y parlamentos acusando de propagandismo marxista al libro de textos escolares Uy-siglo XX donde se traza un paralelo explicativo entre Pitufos y comunistas, quizá vieron solamente un lado de la moneda. Quienes se detuvieron a ver la propia cara pitufa desde otros ángulos dicen que tanto puede tratarse de un panegírico estalinista como de uno hitleriano, sobre esa dualidad trata el francés Antoine Buéno en su El pequeño libro azul. Un comentario sobre el mismo, del periodista Alejo Schapire, puede leerse en el suplemento Radar, de Página|12 del 7 de agosto de 2011.1

Refiere Umberto Eco en Kant y el ornitorrinco que:

Llega aquí de propósito una reflexión sobre esos enanitos azules inventados por Peyo que originalmente se llaman Schtroumpfs, y en español Pitufos. La característica del lenguaje schtroumpfs es que, cuando es posible, nombres propios y comunes, verbos y adverbios son sustituidos por conjugaciones y declinaciones de la palabra schtroumpfs.

Párrafos más abajo escribe Eco, refiriéndose a lo que entre nosotros hispano parlantes se llama lengua pitufa:

El [idioma] schtroumpfs parece carecer de todos los requisitos necesarios para que una lengua funcione. Es decir, es una lengua desprovista de sinónimos y llena de homónimos, más de lo que pueda soportar una lengua normal. […] Por tanto, se podría decir que, oyendo esa ráfaga de homónimos en una determinada situación, atribuimos al hablante las mismas creencias que nosotros alimentaríamos en la misma situación, y por principio de caridad le prestamos esos términos que no ha pronunciado pero que habría o debería haber pronunciado.2

Entre nosotros, ahora

Mal hace y confunde en el país al occidente del estuario, con larga tradición de abusos por parte de uniformados agentes armados por el Estado, ver y llamar “pitufos” a los miembros de un aparato policial que aunque menor es capaz de desmanes mayúsculos. Simétricamente, en el país oriental con no menor tradición de abusos similares, también mal hace al conocimiento de los hechos históricos, del proceso social y de la política mundial plantear una correspondencia como la que expone la autora uruguaya Silvana Pera (33 años) en Uy-siglo XX, un libro de lecturas para los grados superiores de primaria que los maestros suelen recomendar:

Quizá te ayude —se lee— el siguiente ejemplo para acercarte a la idea de sociedad comunista. ¿Conoces a los Pitufos? Son una comunidad que vive en una aldea. Todos tienen acceso a la vivienda. Nadie pasa hambre. El pozo de agua es para uso colectivo, no es de nadie y es de todos. Todos tienen obligaciones con la comunidad, por ejemplo ocuparse de aquello que saben hacer, Pitufo cocinero cocinará, Pitufo carpintero arreglará lo que se rompa, y así cada uno de la comunidad aporta con su trabajo y recibe del trabajo de los demás. El comunismo podría ser una situación similar a esa.3

Pera, que es profesora de Historia, ante la alarma desatada por democráticos defensores de la sociedad de mercado explicó que su paralelismo argumentativo estuvo dirigido a explicar los conceptos básicos del “comunismo teórico”, una categorización inexistente en las ciencias sociales y políticas… En una búsqueda rápida sólo encontramos como destacables dos definiciones de un tal comunismo teórico, una en un blog confesional entre católico y fascista, Crux et Gladius4, y la otra, ni siquiera con humor, que explica: «Usted tiene dos vacas. Sus vecinos lo ayudan a criarlas, usted los ayuda a sembrar el pasto, las vacas pastan en cualquier parte y todo el mundo se toma la leche que algún voluntario ordeña cuando se le da la gana».

En una orilla y la otra del estuario que forman los ríos Paraná , Uruguay, Santa Lucía y otros menores para juntos desaguar en el océano constituimos, en los hechos, una única “Patria”5 con casi mismísimos vocabularios y modismos, entripados históricos, genocidios de pueblos aborígenes, conflictos políticos y rasgos de las capas sociales más, claro, “La Cumparsita”, Gardel y el dulce de leche. ¿Cómo sería posible que los pitufos de allende una costa no fueran los mismos en allende la otra?

La realidad es que así como en el mundo y entre nosotros hubo y hay luchadores sociales y políticos, revolucionarios, contrarrevolucionarios, hipócritas y también esbirros (ahora también sicarios…), ni en un lado puede asimilarse a unos con pitufos y en el otro hacerlo con los que son todo lo contrario. ¿Se entiende?

En la Provincia de Buenos Aires según cada “perfil” municipal estas muchachas y muchachos apenas jóvenes adultos que ante la falta de otras ocupaciones laborales abrazaron “las del orden”, hacen repetidas e inútiles estadísticas de vehículos y conductores que van o vienen, caminan en pareja una y otra vez los barrios a paso cansino y lento, se amontonan frente a las sedes de los gobiernos que les pagan sus jornales cada vez que se desata o sospecha una protesta, o también proceden con la brutalidad más torpe e irrespetuosa contra las personas y sus derechos, de manera dirigida y algunas veces hasta autónoma.

En la semana que pasó, por caso, en una barriada del Municipio de Lanús, en el conurbano bonaerense sur, un grupo de la policía local con uniformes azul eléctrico invadió por  la noche, en horas de la cena, un comedor solidario, y la emprendió a los golpes, empujones, amenazas y arrojando gas pimienta contra niños, jóvenes y las señoras que regentean la cocina. El intendente y el secretario de “Seguridad y Movilidad Sustentable”, Néstor Grindetti y Diego Kravetz, respectivamente, han sido acusados de responsables del atropello.6

Se hizo evidente así que el merendero “Cartoneritos”, de Villa Caraza, no aseguraba la “movilidad sustentable” que pregona Kravetz, un abogado que ha recorrido un sinuoso (y curioso) camino político desde inicios del siglo con el mismo ambiguo perfil ideológico que muchísimos otros ofertantes de pax social.7  

En el mismo municipio otro “incidente” fue registrado mientras se procuraba la mentada movilidad sustentable.7 Y en un caso similar pero en otra localidad del conurbano, según fue denunciado e ilustrado en la red Twitter, la firmeza de una vecina impidió que otros policías locales introdujeran en un vehículo oficial, por la fuerza y esposado, a un joven casi niño todavía. Ante los reclamos de más transeúntes que se sumaron intervino la policía provincial que se vio obligada a liberar al menor.

Mejor es que a los Schtroumpfs de Pierre “Peyo” Culliford los sigamos viendo sólo como intrascendentes muñecos que semejan hombrecitos, que a los protagonistas de los hechos trascendentes de la historia y del presente los sigamos estudiando como tales y con sus caracterizaciones originales, y a los “polis” municipales del país bonaerense como un experimento más de quienes no saben, no pueden o no quieren actuar de manera seria, republicana y bien fundada… No son pitufos, ni unos ni otros.

Notas:
2 Umberto Eco, Kant y el ornitorrinco, Lumen, Barcelona, 1999 (visto en Google Book)
5 Guillermo Vázquez Franco, Traición a la Patria, Ediciones Mendrugo, Montevideo, 2014 (babilonlibros@gmail.com)