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sábado, 1 de abril de 2017

Río de la plata: no son pitufos, ni unos ni otros

Peyo y sus Schtroumpfs




Si Juana le dice a Juan “alcánzame el traca-traca”, Juan no sabe si darle un rompenueces, la matraca de un viejo carnaval de la abuela o el triciclo de Juanito. Ponernos de acuerdo en cuanto al vocabulario y enriquecerlo es imprescindible para pensar, caracterizar, entendernos y actuar tanto en lo interpersonal como, especialmente, en lo colectivo.

Las jergas, como el lunfardo rioplatense, son lenguas del carácter que sea, de oficios o profesiones, de ladrones, presos (amurado) e incluso las socialmente generalizadas  de ciencias y tecnologías aunque emanen olor a imperio y negocio.  A las palabras hay que elegirlas y emplearlas bien, y lo mismo vale para los apelativos que a otros efectos tomamos de la historia social y económica o incluso la literatura de ficción: virrey, por caso, califica a los delegados de un poder imperial; y corte virreinal, ahora y acá, a la sarta de vivillos que, de yapa, quedarán en la memoria popular como lo que realmente son…

Es un despropósito plantear como “pitufos” a los bolcheviques de la revolución de octubre de hace cien años en Rusia en un texto escolar de circulación en el lado oriental del estuario platense, y en el occidental llamar así a los casi chiquilines policías municipales (aunque provistos de peligrosas y “reglamentarias” nueve milímetros).

En la Provincia de Buenos Aires, y dado el refulgente azul “eléctrico” de sus atuendos, se ha dado en denominarlos como aquellos personajes del comic que en 1958 estrenó el fallecido historietista belga Pierre Culliford (Peyo): “La Flûte à Six Schtroumpfs”. A aquella historieta inicial del semanario Spirou le sucedieron filmes incluso en 3D y numerosas series para TV. Un éxito mediático, y económico…

Obnubila ver y enseñar la realidad tal cual si fuera ficción

Tanto en francés como en castellano, Schtroumpfs, o Pitufos (éste un nombre arbitrario dada la imposibilidad de una traducción que para la primera publicación en castellano en 1969 se le ocurrió a Miguel Agustí, redactor jefe del semanario español Strong), no son, ambas, palabras registradas en los diccionarios de las dos lenguas, se trata de neologismos que, al parecer en cuanto al original belga-francés –no se ahondó en la cuestión semántica–, pondría de manifiesto personajes de perfil más bonachón que políticamente solidario en esas personitas humanoides que, paradójicamente, habitan en “El país maldito”…

Cuando los escandalizados montevideanos que pusieron sus gritos en diarios y parlamentos acusando de propagandismo marxista al libro de textos escolares Uy-siglo XX donde se traza un paralelo explicativo entre Pitufos y comunistas, quizá vieron solamente un lado de la moneda. Quienes se detuvieron a ver la propia cara pitufa desde otros ángulos dicen que tanto puede tratarse de un panegírico estalinista como de uno hitleriano, sobre esa dualidad trata el francés Antoine Buéno en su El pequeño libro azul. Un comentario sobre el mismo, del periodista Alejo Schapire, puede leerse en el suplemento Radar, de Página|12 del 7 de agosto de 2011.1

Refiere Umberto Eco en Kant y el ornitorrinco que:

Llega aquí de propósito una reflexión sobre esos enanitos azules inventados por Peyo que originalmente se llaman Schtroumpfs, y en español Pitufos. La característica del lenguaje schtroumpfs es que, cuando es posible, nombres propios y comunes, verbos y adverbios son sustituidos por conjugaciones y declinaciones de la palabra schtroumpfs.

Párrafos más abajo escribe Eco, refiriéndose a lo que entre nosotros hispano parlantes se llama lengua pitufa:

El [idioma] schtroumpfs parece carecer de todos los requisitos necesarios para que una lengua funcione. Es decir, es una lengua desprovista de sinónimos y llena de homónimos, más de lo que pueda soportar una lengua normal. […] Por tanto, se podría decir que, oyendo esa ráfaga de homónimos en una determinada situación, atribuimos al hablante las mismas creencias que nosotros alimentaríamos en la misma situación, y por principio de caridad le prestamos esos términos que no ha pronunciado pero que habría o debería haber pronunciado.2

Entre nosotros, ahora

Mal hace y confunde en el país al occidente del estuario, con larga tradición de abusos por parte de uniformados agentes armados por el Estado, ver y llamar “pitufos” a los miembros de un aparato policial que aunque menor es capaz de desmanes mayúsculos. Simétricamente, en el país oriental con no menor tradición de abusos similares, también mal hace al conocimiento de los hechos históricos, del proceso social y de la política mundial plantear una correspondencia como la que expone la autora uruguaya Silvana Pera (33 años) en Uy-siglo XX, un libro de lecturas para los grados superiores de primaria que los maestros suelen recomendar:

Quizá te ayude —se lee— el siguiente ejemplo para acercarte a la idea de sociedad comunista. ¿Conoces a los Pitufos? Son una comunidad que vive en una aldea. Todos tienen acceso a la vivienda. Nadie pasa hambre. El pozo de agua es para uso colectivo, no es de nadie y es de todos. Todos tienen obligaciones con la comunidad, por ejemplo ocuparse de aquello que saben hacer, Pitufo cocinero cocinará, Pitufo carpintero arreglará lo que se rompa, y así cada uno de la comunidad aporta con su trabajo y recibe del trabajo de los demás. El comunismo podría ser una situación similar a esa.3

Pera, que es profesora de Historia, ante la alarma desatada por democráticos defensores de la sociedad de mercado explicó que su paralelismo argumentativo estuvo dirigido a explicar los conceptos básicos del “comunismo teórico”, una categorización inexistente en las ciencias sociales y políticas… En una búsqueda rápida sólo encontramos como destacables dos definiciones de un tal comunismo teórico, una en un blog confesional entre católico y fascista, Crux et Gladius4, y la otra, ni siquiera con humor, que explica: «Usted tiene dos vacas. Sus vecinos lo ayudan a criarlas, usted los ayuda a sembrar el pasto, las vacas pastan en cualquier parte y todo el mundo se toma la leche que algún voluntario ordeña cuando se le da la gana».

En una orilla y la otra del estuario que forman los ríos Paraná , Uruguay, Santa Lucía y otros menores para juntos desaguar en el océano constituimos, en los hechos, una única “Patria”5 con casi mismísimos vocabularios y modismos, entripados históricos, genocidios de pueblos aborígenes, conflictos políticos y rasgos de las capas sociales más, claro, “La Cumparsita”, Gardel y el dulce de leche. ¿Cómo sería posible que los pitufos de allende una costa no fueran los mismos en allende la otra?

La realidad es que así como en el mundo y entre nosotros hubo y hay luchadores sociales y políticos, revolucionarios, contrarrevolucionarios, hipócritas y también esbirros (ahora también sicarios…), ni en un lado puede asimilarse a unos con pitufos y en el otro hacerlo con los que son todo lo contrario. ¿Se entiende?

En la Provincia de Buenos Aires según cada “perfil” municipal estas muchachas y muchachos apenas jóvenes adultos que ante la falta de otras ocupaciones laborales abrazaron “las del orden”, hacen repetidas e inútiles estadísticas de vehículos y conductores que van o vienen, caminan en pareja una y otra vez los barrios a paso cansino y lento, se amontonan frente a las sedes de los gobiernos que les pagan sus jornales cada vez que se desata o sospecha una protesta, o también proceden con la brutalidad más torpe e irrespetuosa contra las personas y sus derechos, de manera dirigida y algunas veces hasta autónoma.

En la semana que pasó, por caso, en una barriada del Municipio de Lanús, en el conurbano bonaerense sur, un grupo de la policía local con uniformes azul eléctrico invadió por  la noche, en horas de la cena, un comedor solidario, y la emprendió a los golpes, empujones, amenazas y arrojando gas pimienta contra niños, jóvenes y las señoras que regentean la cocina. El intendente y el secretario de “Seguridad y Movilidad Sustentable”, Néstor Grindetti y Diego Kravetz, respectivamente, han sido acusados de responsables del atropello.6

Se hizo evidente así que el merendero “Cartoneritos”, de Villa Caraza, no aseguraba la “movilidad sustentable” que pregona Kravetz, un abogado que ha recorrido un sinuoso (y curioso) camino político desde inicios del siglo con el mismo ambiguo perfil ideológico que muchísimos otros ofertantes de pax social.7  

En el mismo municipio otro “incidente” fue registrado mientras se procuraba la mentada movilidad sustentable.7 Y en un caso similar pero en otra localidad del conurbano, según fue denunciado e ilustrado en la red Twitter, la firmeza de una vecina impidió que otros policías locales introdujeran en un vehículo oficial, por la fuerza y esposado, a un joven casi niño todavía. Ante los reclamos de más transeúntes que se sumaron intervino la policía provincial que se vio obligada a liberar al menor.

Mejor es que a los Schtroumpfs de Pierre “Peyo” Culliford los sigamos viendo sólo como intrascendentes muñecos que semejan hombrecitos, que a los protagonistas de los hechos trascendentes de la historia y del presente los sigamos estudiando como tales y con sus caracterizaciones originales, y a los “polis” municipales del país bonaerense como un experimento más de quienes no saben, no pueden o no quieren actuar de manera seria, republicana y bien fundada… No son pitufos, ni unos ni otros.

Notas:
2 Umberto Eco, Kant y el ornitorrinco, Lumen, Barcelona, 1999 (visto en Google Book)
5 Guillermo Vázquez Franco, Traición a la Patria, Ediciones Mendrugo, Montevideo, 2014 (babilonlibros@gmail.com)