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sábado, 21 de febrero de 2015

Los golpes de Estado “blandos”: un caso de manual. Por Guillermo Almeyra




La vida, aun en momentos atravesados por contingencias personales no agradables, da sorpresas sumamente felices. Sobre Guillermo Almeyra alguna vez habré escuchado hablar o leer que lo han citado, incluso puedo haber leído artículos suyos, pero nunca imaginé que pudiéramos vincularnos como personas de carne y hueso en una sala de espera para trámites burocráticos en un gran hospital de Buenos Aires. Fue fortuito, descubrir la lectura común de un mismo diario que no es masivo, circunstancialmente comentarnos hechos de la actualidad, el chiste de su mujer indicándome que no me pusiera a aleccionar a su marido, y despedirnos intercambiando números telefónicos y otras referencias. Almeyra, nacido en Buenos Aires en 1929, militante e intelectual marxista, obrero metalúrgico de Siam, dio vueltas por el mundo, exiliado, militando, estudiando y trabajando. Master en Historia y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de París VIII, está doctorado también por la Universidad Autónoma de México y se ha desempeñado como profesor-investigador en la Universidad Metropolitana de la capital mexicana, unidad Xochimilco. Es desde 1984 columnista del diario La Jornada y ha publicado artículos y coordinado numerosos libros y revistas de Clacso y otras editoriales, entre ellos “El liderazgo irrepetible de Hugo Chávez”, “Charlie Hebdo et la vague réactionnarie” (“Charlie Hebdo y la ola reaccionaria”), Zapatistas, Che Guevara. El pensamiento rebelde, La protesta social en la Argentina y la autobiografía Militante crítico. El presente artículo fue escrito por Guillermo para el diario de México La Jornada (G.E.)*

Los nuevos golpes de Estado ya no utilizan a los ejércitos sino que son formalmente institucionales. El presidente Manuel Zelaya de Honduras fue derribado por el Parlamento, al igual que el obispo Fernando Lugo, presidente paraguayo. Rafael Correa, en Ecuador, sufrió un intento golpista de la policía, Evo Morales, en Bolivia, el de las oligarquías que gobernaban las regiones orientales, Hugo Chávez el de la burocracia y tecnocracia que controlaba la empresa petrolera PDVSA, fuente  de las divisas del país, y su sucesor Nicolás Maduro el del gran capital organizador del acaparamiento de  los bienes esenciales y de la fuga ilegal de capitales. Por su parte Dilma Rousseff enfrenta actualmente la campaña por el impeachment y Cristina Fernández, en Argentina, enfrentó sucesivamente la especulación contra el peso para forzar una devaluación, el ataque judicial en Estados Unidos de los “fondos buitres” para provocar una oleada de cobros que llevasen a la quiebra a la Argentina y, desde enero, la preparación de un golpe judicial aprovechando el dudoso suicidio del fiscal Alberto Nisman. Este fiscal había denunciado a la presidenta y su ministro de Relaciones Exteriores mediante una inconexa argumentación carente de pruebas, y desmentida por la Interpol, de encubrir a los iraníes en tanto supuestos organizadores del atentado  del 18 de  julio de 1994 contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), que causó 85 muertos y trescientos heridos.

Parte de este golpe en preparación fue la marcha del 18 de febrero encabezada por los fiscales heredados del menemismo, que reunió a cerca de noventa mil personas (los organizadores  hablan de cuatrocientas mil). Si se les agregan otras cien mil personas que desfilaron en las principales ciudades de las grandes provincias, aproximadamente doscientas mil personas se  movilizaron contra el Gobierno. Fue una protesta importante pero de ninguna manera  impresionante ya que el electorado argentino llega a treinta y tres millones de personas en condiciones de votar, la Ciudad de Buenos Aires y su conurbano reúnen a cerca de catorce millones de habitantes y las grandes ciudades, como Mar del Plata o Córdoba, donde hubieron manifestaciones importantes, están todavía llenas de turistas porteños de las mismas clases medias acomodadas que constituyeron el principal contingente de la marcha a Plaza de Mayo.

Por eso, aunque todos los candidatos a presidente de los distintos partidos de la oposición  participaron en la marcha, la oposición no canta victoria. Porque la marcha reunió sólo un cuarto de la gente que ella esperaba pero, sobre todo, porque la edad media de los manifestantes era superior a los cincuenta años y no desfilaron pobres ni trabajadores manuales. También, porque la marcha  se limitó a reflejar una vez más que en Buenos Aires predomina el conservadurismo –que se expresa en el voto a Mauricio Macri– y el miedo a la inseguridad (como se viera en el pasado en la marcha multitudinaria y reaccionaria organizada por el falso ingeniero Blumberg), pero esos conservadores no necesariamente son proimperialistas como lo son Clarín, La Nación y Macri y Cía.

En resumen, la historia del atentado a la AMIA es la siguiente: el ex presidente neoliberal Carlos Menem accedió al poder político en Argentina financiado por el gobierno dictatorial sirio de Hafez al Assad pero su primer medida consistió en viajar a Israel. Como en esa época Estados Unidos estaba aliado a Assad y combatía a Irán, la justicia argentina y la poca imaginación de la embajada estadounidense inventaron  una pista iraní eliminando la posibilidad de una venganza de los servicios sirios de inteligencia por la traición de Menem.

El fiscal Nisman enterró durante más de una década la causa de la AMIA. Era un fiscal telecomandado que discutía su estrategia en la embajada gringa y con el Mossad, los servicios de inteligencia de Israel, de los cuales dependió hasta su muerte. Respondía a las órdenes de los servicios de inteligencia argentinos heredados de las dictaduras que ni Menem ni los Kirchner osaron tocar durante décadas hasta que Cristina Fernández, en diciembre pasado, destituyó al todopoderoso Javier Stiusso, boss de los servicios de inteligencia del Estado, que la espiaba.

En octubre se elegirá un  nuevo presidente y hasta ahora ni el Gobierno ni la oposición tienen un candidato firme y serio. En esos servicios de inteligencia –que el gobierno trata de mantener pero reformados– hay una guerra de clanes que da origen a toda clase de aberraciones (suicidios dudosos y falsificación de documentos incluidos). El imperialismo mantiene su ofensiva  económica y mediática contra un gobierno que depende cada vez más de los capitales chinos. El kirchnerismo está a la defensiva, desconcertado, y mezcla intentos por controlar a los espías con medidas y actitudes derechistas. En pleno centro de la ciudad de Buenos Aires están acampados indígenas de la provincia de la que fue gobernador el jefe de ministros Capitanich que exigen que se ponga fin a la muerte de sus hijos por desnutrición o por asesinato policial, pero los conservadores reaccionarios que protestan por la muerte de Nisman  a esos pobres les dan la espalda y el gobierno ni los atiende.  Mientras todos hablan de justicia y de democracia hay una dura lucha en el seno de la clase gobernante y de sus instituciones, una acción subversiva en los servicios de inteligencia, entre los fiscales y los jueces, en la Unión Industrial entre los beneficiarios posibles del acuerdo con China y las transnacionales contrarias al mismo. Las elecciones son secundarias porque tratan de decidir cómo gobernar a su costa a las mayorías trabajadoras.

El golpe blando en Argentina es sólo un eslabón de la cadena que va desde el control total de México y los golpes en Venezuela y otros países latinoamericanos hasta la preparación en Ucrania y Medio Oriente de una guerra futura contra Rusia y China. Este plan estratégico da el telón de fondo para los diversos procesos locales.

Nota:
* Véase https://www.google.com.ar/?gws_rd=ssl#q=Youtube%2BBarricadaTV%2BGuillermo+Almeyra