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domingo, 5 de abril de 2015

Glifosato non santo I. Patrick Moore



Patrick Moore, un lobista de Monsanto, en una entrevista con el Canal+ francés, afirma que el glifosato, ingrediente utilizado en herbicidas como el Roundup (nombre comercial con el que lo produce esa empresa), no está detrás del incremento de las tasas de cáncer en Argentina. «Usted puede tomar casi un litro y no le hará daño», insistió Moore.
Entonces el entrevistador le ofrece un vaso del pesticida, a lo que Moore le contesta que «Estaría feliz, sé que no me dañaría, pero no». Pero cuando el entrevistador insiste en que tome un sorbo Moore contesta que no es “estúpido”.

El interlocutor vuelve a preguntar si es peligroso para la salud, a lo que el lobista contesta que el producto «no hace daño a los humanos». Dice, además, que muchos intentan suicidarse tomándolo, pero que siempre fallan. Cuando entonces el entrevistador insiste nuevamente en que tome del vaso, Moore le dice «que no es idiota» y exige que terminen la entrevista. 

Lo más impactante es que antes de convertirse en lobista de organizaciones vinculadas a la energía nuclear y de ingeniería genética, Moore, biólogo de carrera, fue ecologista de Greenpeace.

Recientemente la Organización Mundial de la Salud anunció que el glifosato está clasificado como un probable carcinógeno para los seres humanos. La declaración se basa en análisis realizados en varios países.1  

En 1994 el Dr. Patrick Moore escribió en el canadiense The Vancouver:

Hace más de veinte años yo fui uno de la docena de activistas que fundaron Greenpeace en el sótano de la United Church, en la calle 49 y Oak, en Vancouver. La guerra de Vietnam estaba en su apogeo y el holocausto nuclear parecía cada día más cercano. Nosotros unimos a la paz, la ecología, y un talento para la comunicación mediática y nos lanzamos a construir la organización activista ambiental más grande del mundo. Para 1986, Greenpeace estaba establecida en 26 países y tenía un ingreso cien millones de dólares anuales.

En 1986, el grueso de la sociedad occidental estaba ocupada adoptando la agenda ecologista que era considerada radical sólo quince años antes. Para 1989, Chernobyl, el Exxon Valdez, la amenaza del calentamiento global, y el agujero de ozono habían establecido el debate.

Mientras que previamente el movimiento ecologista se encontró puertas afueras del poder, ahora estaba invitado a la mesa alrededor del mundo. Para los ecologistas, acostumbrados a la política de la confrontación, esta nueva era de aceptación imponía un gran reto.

Después de quince años en el frente, liderando las campañas de Greenpeace y manejando los dolores de una organización joven, yo decidí seguir adelante. Había una serie de razones; una familia joven que necesitaba de mi con mayor frecuencia, abundancia de voluntarios para tomar mi puesto, y la necesidad de añadirle una nueva dimensión a la vida. Pero la razón más perentoria fue la sensación de que nuestra misión, por lo menos de la manera en que yo la entendía, estaba cumplida en gran manera.2

Notas: