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viernes, 14 de marzo de 2014

Nueve milímetros



Nueve milímetros es un calibre (diámetro) de proyectiles y (del diámetro de los caños) de pistolas automáticas que los disparan expresado en el sistema métrico decimal. Antes, hace mucho, quizá más de veinte años, todavía en algunas fuerzas de seguridad se veían los revólveres “38”, y más tiempo atrás todavía las pesadas pistolas “45”. Las dos últimas medidas expresadas en fracciones de la antigua medida “pulgada” (de la familia de los “pies”, “yardas”, “millas”, etc.).



Anécdota



En 1963, con recientes veintiún años, cumplí con el llamado servicio militar obligatorio que mucho después se abolió en Argentina. Para mí fue una experiencia interesante porque durante más de un año conviví con conscriptos de las distintas latitudes argentinas y con oficiales y suboficiales de la Fuerza Aérea. Fui oficinista y chófer de jeeps, hice guardias armadas, asusté a las dos de la madrugada a un alto oficial amenazándolo con el sable bayoneta cuando ante mí y de guardia pretendía no exhibir su carnet de identificación, entre cuatro de mi condición y a los gritos mandamos parar a un suboficial que se extralimitaba con un soldado enfermo y también, luego de recuperar panes “Felipe” y chorizos colorados para doscientos compañeros de la alacena del cuartel, establecimos un plan de desacato ante oficiales que pretendían llevar adelante un golpe de Estado, y que habían tomado nuestro destacamento.



En la instrucción con armas de fuego, la pistola automática Colt .45” y el fusil automático FAL, tuve dos bautismos de fuego. El primero fue cuando siendo furrier de la compañía y llevando correspondencia de un lado para otro atravesé sin darme cuenta una línea de fuego teórica, de práctica de tiro al blanco sin municiones, y un cabo me grito: “¡Espinosa al suelo, estás muerto!”.



El segundo bautismo fue cuerpo a tierra tirando al blanco con la Colt .45” y munición auténtica. Yo tiraba, bang, bang… y el instructor me dijo: “la pistola más cerca de la cara, soldado”. Bang, bang, seguí tirando, y en un retroceso se me clavó el martillo en el entrecejo… ¡Mierda!, putee, y el cabo, con una sonrisa, rectificó: “no tan cerca…”.



Los militares conocen la técnica del manejo de las armas, y me la enseñaron bien. Algo después en el tiempo un veterano compañero de la militancia política me dio nueva formación afirmando que “el arma no se dispara con el dedo en el gatillo, sino con el cerebro: por qué, para qué, hacia dónde y cuándo”.



La inseguridad urbana y suburbana



Hoy llueve copiosamente en el extenso conurbano de Buenos Aires y a cuarenta kilómetros de su centro veo caminar entre charcos y cunetas desbordadas a empapadas y empapados trabajadoras y trabajadores que se han quedado sin transporte automotor dado que el sindicato que reúne a los conductores dispuso una huelga. La única movilidad en funcionamiento son los convoyes de trenes suburbanos y vehículos de uso particular: bicicletas, motos, camionetas y unos pocos automóviles.



Con la huelga desde este medio día hasta media noche una vez más reclaman los trabajadores del transporte más seguridad en la vía pública. Anoche durante un asalto y robo en un barrio de los márgenes de la lejana gran ciudad mataron a un joven conductor que recién se iniciaba en la actividad. Tenía veintidós años de edad.



La medida sindical que parece excesiva objetivamente lo es, porque vulnera otras “seguridades” sociales. Lo afirmó el ministro de Interior Florencio Randazo, quien también diría que yo me excedería si topándome con él le preguntara intempestivamente “por qué carajo” nunca nadie respondió a mis reclamos vía correos electrónicos y carta documento a su Ministerio relacionados con medidas de prevención de catástrofes en el tránsito.



Lo que sucede es un encadenamiento vicioso de sinrazones y no escuchas. Es mentira que la tecnología iba a remediar la sordera individualista de esta última etapa del modernismo occidental: cuando el choque hace más o menos un mes de un camión que marchaba de contramano por una autovía de la Provincia de Mendoza contra un ómnibus que provenía de la Ciudad de Córdoba, y que causó 17 muertos, muchos automovilistas avisaron al famoso 911 que ese camión provocaría un desastre. En la policía mendocina ese día estaban de fiesta y cuando, tarde, se movilizó a un único patrullero, su tripulación no supo ni pudo hacer nada.



Precisamente para cuando andaba yo atravesando imaginarias líneas de fuego, todavía para girar con un vehículo por calles y carreteras se hacían previas señas con brazos y manos. Los primeros vehículos con dispositivos de aviso fueron europeos, que de la columna entre las dos puertas laterales hacían salir mediando un comando eléctrico una suerte de pequeño brazo iluminado, aunque todavía no de manera intermitente. De aquel “bracito” metálico derivaron luego los ahora potentes “señaleros” y “guiños” delanteros y traseros.



¿Y qué piensan los que ahora al mando de carísimos automóviles de “alta gama” no usan señales para advertir que van a girar? No piensan en eso, no avisan porque ellos no van detrás de sí mismos, van delante, y siempre saben cuando van a girar: el de atrás que lo averigüe como pueda. Es como los que para hacer doblar sus vehículos a la izquierda en una encrucijada de caminos no esperan que haya paso libre detenidos en la banquina o arcén: estacionan en la mitad de la carretera…



Los aparatitos inalámbricos para entretenerse que se pueden también emplear para hablar con portadores de otros similares y en casos especiales buscar en Internet, registrar citas y otros datos o inclusive visualizar geografías y hacerse en ellas visible mediante la llamada “geolocalización” satelital tampoco han mejorado la comunicación entre las personas. Dan como resultado principal un inmenso aumento cuantitativo de contactos que rinden grandiosos beneficios económicos a las empresas que los fabrican y administran, pero cualitativamente han disminuido las capacidades de comunicación humana: —“desime k kompro”; —“chraviones”; —“kuant”; —“par!”. —Tas loco vos, ¿qué me trajiste, dos cajas de ravioles? —¿Y qué me pediste? —¡Championes, un par de championes! (calzado tipo deportivo, en Uruguay).



De actualidad: para resolver los problemas que resultan de los paros y huelgas docentes

  

Está probado. Lo vienen experimentando desde hace años en distintas provincias argentinas y otras partes del mundo los cuerpos policiales. Argumentando el incesante incremento de los problemas derivados de la inseguridad urbana y suburbana, los atracos, el tráfico y consumo de estupefacientes e inclusive el ingreso de navajas y otros elementos filosos a los establecimientos educativos, como lo reflejan los medios de prensa, los maestros de primaria y docentes de secundaria, institutos terciarios y universitarios podrían reclamar que se disponga para ellos el portar pistolas automáticas nueve milímetros y que éstas les sean provistas por el Estado junto con cananas y tres cargadores con proyectiles por cada arma.



Los reclamos salariales serán entonces de corta duración y perentorios. En no más de algunas horas el poder político resolverá los aumentos para que se retrotraigan los “autoaescuelamientos”*.





Nota:

* Propuesta de incorporación en el Diccionario de la Real Academia Española: “Autoaescuelamiento: Disponer por sí mismos maestros y profesores su permanencia continuada en los establecimientos educativos portando sus armas reglamentarias hasta tanto les fueran satisfechos los reclamos que hicieren”.