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jueves, 16 de enero de 2014

Enseñanzas de la derrota de Monsanto en Córdoba, Argentina1 / Por Raúl Zibechi



El periodista uruguayo Raúl Zibechi escribe en el semanario montevideano Brecha, en el diario mexicano La Jornada y es colaborador de la agencia de noticias ALAI/Amlatina. El presente artículo fue distribuido por ALAI: http://alainet.org/active/70496



Las multinacionales sólo pueden ser derrotadas si existe un potente movimiento de la sociedad, apoyado por una porción significativa de la población. Un tribunal provincial de Córdoba dictaminó que Monsanto debe detener la construcción de la planta de tratamiento de semillas de maíz transgénico ubicada en Malvinas Argentinas [localidad distante de la capital provincial 14 kilómetros hacia el este], dando a lugar a un recurso de amparo presentado por los vecinos de la zona que acampan desde hace tres meses en las puertas de la obra.

La movilización fue impulsada por pequeños grupos, Madres de Ituzaingó2, la Asamblea Malvinas Lucha por la Vida y Vecinos Autoconvocados, entre otros, y tuvo la virtud de sostenerse en el tiempo pese a las amenazas del Gobierno de la provincia y de un sector del principal sindicato de la construcción. La población de Malvinas Argentinas simpatiza y apoya la resistencia, lo que llevó a la justicia a tomar la resolución de paralizar las obras el pasado 9 de enero.

Siempre son grupos pequeños los que toman la iniciativa, sin tener en cuenta la “correlación de fuerzas” sino la justicia de sus acciones. Luego, a veces mucho más tarde, el Estado termina por reconocer que los críticos llevan la razón. Más tarde, los que fueron criminalizados suelen ser considerados héroes incluso por quienes los reprimieron. El punto crucial, a mi modo de ver, es el cambio cultural, la difusión de
nuevos modos de ver el mundo, como lo enseña la historia de las luchas sociales.

Mucho antes de que cayeran las leyes segregacionistas en Estados Unidos, la discriminación fue derrotada en los hechos. El 1º de diciembre de 1955 una mujer común, Rosa Parks, se negó a sentarse en el autobús en los asientos para negros y lo hizo en los reservados para blancos. Fue arrestada por violar la ley en Montgomery, estado de Alabama. Decenas de personas siguieron su ejemplo, y otras decenas la habían precedido. Su acción de desobediencia impactó porque fue seguida por muchos.

Franklin McCain, un activista negro de setenta y tres años y de Carolina del Norte, en 1960 se sentó con tres amigos en la barra de una cafetería de la cadena Woolworth en la ciudad de Greensboro. Era un sitio exclusivo para blancos. Pidieron café y esperaron todo el día pero no les sirvieron. Al día siguiente regresaron pese a los insultos de los blancos y las amenazas de los policías. El fin de semana ya eran cientos y la protesta se extendió a decenas de ciudades. La cadena Woolworth se vio obligada a permitir el ingreso de negros. Recién entre 1964 y 1965 el Estado se vio forzado a eliminar las leyes de discriminación racial, cuando había un gobierno que con los parámetros actuales –y teniendo en cuenta que se trata de Estados Unidos– llamaríamos “progresista”.

Creo que ésta es una de las enseñanzas más importantes que nos deja la victoria de la población de Malvinas Argentinas contra Monsanto. Debemos hacer cosas lo más inteligentes y lúcidas posibles, pero sobre todo acciones realizadas y sentidas por la gente común, acciones sencillas, pacíficas, capaces de desnudar los problemas que nos afligen, como sentarse en el lugar que uno quiere en el autobús, y no en el que te obligan, o acampar frente a una de las más poderosas multinacionales.

Lo que sigue, ya no depende de nosotros. Que una parte significativa de la población esté de acuerdo y acompañe, que llegue a participar de algún modo en la protesta, depende de factores que nadie controla y para los cuales no hay recetas ni tácticas preestablecidas. Desde el punto de vista del movimiento social y de los cambios necesarios, no podremos derrotar al extractivismo3 reclamando leyes al Estado. Las leyes vendrán cuando el modelo haya sido derrotado cultural y políticamente.

Es cierto que los gobiernos de la región, más allá de su orientación concreta en cada país, se apoyan en el extractivismo. Pero es la gente común organizada a la que nos corresponde derrotarlo, con miles de pequeñas acciones, como las que desarrollaron las Madres de Ituzaingó y ahora los manifestantes en Malvinas Argentinas.
 


Notas de G. E.:



1 Con la publicación de la presente nota de Zibechi doy por concluida mis respuestas a María Laura M., la lectora de La Diaria quien manifestó su decepción porque ese medio periodístico “no se ocupaba de lo que pasa en Argentina”.



2 Madres de Ituzaingo es una organización social de mujeres del barrio Ituzaingó de la Ciudad de Córdoba (capital de la homónima provincia argentina), que en defensa de la salud de sus hijos, vecinos y del medio ambiente lucha contra el uso intensivo e indiscriminado de peligrosos agroquímicos como el Glifosato, con el que masivamente se combaten malezas que perturban el gran y concentrado negocio agrario. Monsanto, por ejemplo, produce semillas de plantas oleaginosas y cereales inmunes a los herbicidas como el referido. En ese barrio Ituzaingó, rodeado por plantaciones de soja, la organización comprobó y demostró la alta incidencia de casos de cáncer.


3 Con el nombre de “extractivismo” se conoce a la acción de extracción intensiva y en gran escala de minerales mediante procedimientos a cielo abierto y con el uso de sofisticadas tecnologías químicas y físicas, como la fractura hidráulica de esquistos para la obtención de petróleo. Esta técnica empleada también para el lavado en la minería de gran escala requiere cantidades ingentes de agua. En la República Oriental del Uruguay la Constitución protege el derecho ciudadano al agua, pero obviamente no impide que se la lleve del país convertida ahora en pasta de celulosa (crecen rápido los eucaliptos implantados sobre el acuífero Guaraní) y próximamente en limpísimo mineral de hierro. La extracción minera y petrolera responsable, en un país, estaría potenciada sin llegar a escalas de deterioro ambiental si a ella se agregara valor con industrias elaboradoras de subproductos, y no premiando a los “extractivistas” depredadores eximiéndolos de impuestos.