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martes, 3 de enero de 2017

Estimado Eugenio Raúl Zaffaroni:

Fotografía de una sentada de estudiantes y científicos en defensa del CONICET argentino, 
en diciembre de 2016, publicada por la revista internacional de ciencias, Nature



Lo que hago ahora no es frecuente. No es frecuente que un común trabajador, septuagenario por lo demás, militante político de añares recluido ahora en la trinchera “bloguera”, se dirija con tanta llaneza a una personalidad de la sociedad latinoamericana y de la ciencia jurídica internacional. G.E.





Raúl, tarde, de noche ya, ayer, 2 de enero, leí tu dolorosa reflexión publicada en Página|12: “Se ha perdido el mínimo pudor jurídico”1.  



Escribiste así, transcribo sólo un párrafo:



Creo que está pasando algo sumamente grave. Desde hace tiempo, por lo menos un sector de la Justicia argentina ha perdido la vergüenza que, como se sabe y dice el Martín Fierro, cuando se pierde no se vuelve a encontrar más. […] Pero en estos días noto que se ha perdido mucho más, es decir, que se ha perdido el pudor mismo, el mínimo pudor jurídico. Y la pérdida del pudor es mucho más grave, porque esa sí es patológica. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando un sujeto se pone a defecar en la calle Florida. Aunque no podamos reprimir el gesto de dar vuelta la cara para no ver, al final lo vemos con piedad más que con bronca, porque la pérdida del pudor es enfermedad. ¿Qué ha pasado? ¿Nos hemos equivocado en las facultades de Derecho? ¿Hemos escrito mal los libros? ¿Qué hicimos mal al enseñar? ¿Hemos errado al señalar el camino de la discusión y de la no violencia? La verdad es que no lo sé, pero siento temor, miedo, no sé.



Pensé primero en enviarte un mensaje personal y afectuoso a tu dirección electrónica pero expusiste tu dolor y temores tan públicamente que quiero paliarlos, socorrerte, de la misma manera pública como cuando vos lo hiciste en septiembre pasado con tu colega Julio Maier,2 atacado de decepción profunda, y escribiste aquello que ahora en el final de tus dichos repetís: «El derecho es lucha, y habrá que seguir luchando».



Haces una distinción, Raúl, entre vergüenza y pudor, y es precisa: el pudor es honestidad, modestia y recato, y la vergüenza es la turbación del ánimo ante el reconocimiento del cometido de una acción pública deshonrosa, o sin decoro al menos. Pero, no concuerdo contigo (tampoco con José Hernández en cuanto a la vergüenza que si se extravía no se recupera) en que la pérdida del pudor «es enfermedad». No, porque lo que ocurre y principalmente en determinados estamentos de una sociedad “fraccionada”3 es el abandono voluntario del pudor para, liberados de éste, ejercer con efectividad deshonestidades y criminalidades para las que son imprescindibles soberbia, altanería y brutalidad. Y esta actitud no puede inspirar piedad como sí puede inspirarla el enajenado que defeca en la calle a la vista de todos: él, nada más, ya no siente vergüenza…



¿Cuándo, Zaffaroni, en la historia argentina y suramericana una corte judicial presumidamente cabeza del aparato administrador de justicia y garantía de la vigencia del Derecho desautorizó golpes de Estado o dictaduras que nuestros pueblos tanto han sufrido? ¿Qué representa esta corte, qué intereses? ¿Cuándo, cómo y por qué surgen en los Estados, por ejemplo, conflictos que se resuelven dando superioridades de conveniencia a unos tribunales sobre otros? Qué es lo intrínseco al aparato judicial, a los aparatos policiales e, incluso, a los aparatos pedagógicos…



Raúl, la Ciencia, la Academia, vos lo sabes, no son ajenas a las cosmovisiones ideológicas y políticas, a sus contradicciones y conflictos dialécticos y mucho menos a los intereses originados en mecenazgos y complicidades, y así también a decadencias y degradaciones.



Lo necesario, lo has dicho, lo dijiste en Página|12 a Granovsky en enero de 2016,4 lo repetiste en cuanta oportunidad tuviste: es que habrá que seguir luchando con claridad y honestidad de propósitos, de métodos y de herramientas. No hay que parar, habremos de reunirnos, sumarnos, estar juntos… Falta poco: en esta batalla de ahora falta menos de un siglo, y habrá más...



Abrazos.




Notas:



3 Mariana Caviglia, Dictadura, vida cotidiana y clases medias. Una sociedad fracturada, Prometeo Libros, Buenos Aires, 2006. Ver en http://www.prometeoeditorial.com/catalogo/detalle.php?id_libro=32