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jueves, 1 de marzo de 2012

No es que veinte años no es nada

(Publicado en La Fogata digital, junio de 2005)

Veinte años es mucho, como muchos son treinta desde 1976, cuarenta desde una década más atrás, cincuenta desde el bombardeo de la Plaza de Mayo en 1955 (que en estos días se recuerda) u ochenta de los fusilamientos de obreros rurales en la Patagonia. Muchos, más todavía, son los ya más de quinientos de sojuzgamiento permanente de pueblos originarios que hoy en la extensa Amerisque se empecinan en reivindicarse a sí en las mismas tierras a las que pertenecen (aunque otras comunidades enésimas veces diezmadas ya no puedan reconocerse en sí). Muchos son, también, los ciento cuarenta del exterminio final de los hijos de millares de esclavos africanos en los juegos bélicos de la oligarquía y el capital, o los ciento veinticinco –años más o años menos– desde el inicio de la implantación organizada de la inmigración europea como paradigma de civilización moderna sobre infinitos cadáveres en las pampas, las sierras y la selva en el sur del continente.

Son veinte, cuarenta, cincuenta, ochenta, más de quinientos, ciento cuarenta y ciento veinticinco años en los que nobles madres, padres, hermanos y compañeros han persistentemente reclamado memoria, verdad y justicia, ni olvido ni perdón. Este martes que pasó, 14 de junio, simultáneamente con la acordada de la Corte del lado occidental del Plata, en la costa oriental, por primera vez públicamente, una muchacha de recuperado apellido, María Macarena, pudo asumir su verdadera identidad conmocionada en el acto que en la Cámara de Representantes rindió homenaje a su madre asesinada por esbirros con uniforme del Plan Cóndor.

“Quiero homenajear a su hija –expresó la diputada Daniela Paiseé, del Frente Amplio, mirándola a los ojos–, desaparecida durante más de veinte años, quien hace muy poco pudo recuperar su historia, su apellido, el conocimiento de su madre, de su padre, de lo que quedó de su familia, de la patria de sus padres y de la suya propia. Expresarle públicamente que su mamá merece este homenaje. Que la concibió en el amor con que se concibe a un hijo, y que hizo todo lo que pudo hasta el último de sus días para darle lo único que finalmente pudo dejarle: la vida. Decirle que su madre estaba empezando a volar cuando le cortaron las alas. ¡Qué terrible realidad debe ser para una persona descubrir un día que vivió veinte años engañada! Que todo lo que aprendió en la vida, que muchos lazos afectivos que tuvo a lo largo de su vida, partieron del asesinato de sus padres, del ocultamiento de la verdad y de su propia identidad. ¿En nombre de qué, pueden justificarse estos crímenes contra la humanidad? ¿Qué razón, qué ética, qué ley puede amparar este crimen? Ninguna.”

Persistente, Juan Gelman reclamo por su nieta y la ayudó a rescatarse de la muerte. En este sentido de asumir la memoria y apoyarse en su rescate, palmo a palmo, corresponde el beneplácito de personalidades y organismos de los Derechos Humanos, pero hasta ahí nomás. Adolfo Pérez Esquivel, titular del Serpaj –publicó el diario La República, de Montevideo– expresó que hay que “seguir avanzando y tratando de recuperar el daño que se le hizo al país, pero también viendo el presente y el futuro, como [también el] de toda Latinoamérica: lo que pasa en Bolivia, Paraguay y Ecuador. No hay que bajar los brazos para ver cómo decimos que otro mundo es posible, [que] otra América Latina es posible”.

Pero que los publicistas profesionales aplaudan, como siempre, despierta sospechas (una y otra cosa: siempre aplauden y siempre despiertan sospechas). Tales alabanzas están en correlación con la construcción de imaginarios complacientes. En el transcurso de los últimos treinta años, lapso en el que se cuentan también los casi veinte pasados desde la implantación democrática y parlamentaria de las llamadas leyes de Punto Final (24/12/1986) y Obediencia Debida (4/6/1987), estos pueblos “jurisprudenciados” por supremos cortesanos fueron, poniéndole la frutilla a la torta histórica, una vez más torturados, vilipendiados, esquilmados y hasta –si no total, parcialmente– desaparecidos de su propia identidad (tarde llega la reparación formal de las iniquidades que, según el diario Clarín, es “una decisión que cierra el capítulo de la impunidad por los actos de represión en la dictadura”). ¿La medida retrotrae la historia? ¿Quién o quiénes van a indemnizar? ¿El o ellos que no indemnizaron (ni se les ocurriría hacerlo a sus herederos de sangre, por adopción o encomienda) a aborígenes, negros y mulatos, criollos alzados y trabajadores de cualquier índole asesinados o exiliados, subordinados o excluidos desde tiempos inmemoriales hasta el presente?

En una obra de próxima aparición en el fondo de la editorial Prometeo Libros, de Buenos Aires (en el marco del trigésimo aniversario del inicio del “Proceso de Reconstrucción Nacional” dirigido por Martínez de Hoz & Co. “Plan Cóndor”, Videla, Massera y Agosti), su autora, Paula Guitelman, indaga en las maneras como una reconocida revista infantil y escolar, Billiken –fundada en la segunda década del siglo XX por una familia uruguayo-argentina, los Vigil– habría actuado de consuno con aquel poder dictatorial en la “reconstrucción” del imaginario social por la vía de los niños. Guitelman, en el Epílogo, dice que los entonces lectores de la revista ya dejaron de serlo y que “tal vez lo que importe ahora sea indagar sobre qué relatos, sobre qué historias transmiten hoy en día en la escuela y los medios. Sobre qué canciones, sobre qué cuentos nocturnos narran esos lectores que hoy están acunando y arropando a sus propios hijos”.

En la película que suele repetir un canal de vídeocable, Los caníbales (I cannibali, 1969, dirigida por la italiana Liliana Cavani), versión de la Antígona que antes recrearon en teatro tanto el griego Sófocles como en el siglo XX el francés Jean Anouilh, un ministro jefe de gobierno dice que los cadáveres producidos en la pacificación (de protestas sociales y que Cavani muestra diseminados entre transeúntes por calles, subterráneos y locales comerciales) son propiedad del Estado, y que no deben ser retirados de su exposición (bajo pena de cárcel) porque así evitan más muertes.

Otro ministro, quizá algún día también de película, afirmó este miércoles pasado que el gobierno “fue promotor de la idea de terminar con la impunidad”. Alberto Fernández dijo (Clarín.com) que “la mejor forma de superar una etapa es ponerle fin a la impunidad, este es un paso central para que sean juzgados y castigados los responsables […] Cada uno debe cargar con la culpa que le incumba. Ahora hay jueces independientes –dijo el ministro de Kirchner, se recuerda– que juzgarán a los que hicieron delitos”. Según la versión del diario, con respecto a la posibilidad de que ahora se avance contra los indultos que el ex presidente Menem había dispuesto en dos tandas para jerarcas de la dictadura y ex guerrilleros en 1989 y 1990, el Jefe de ministros bajó el tono: “Nunca he hablado el tema de los indultos con el Presidente y no sé si es factible jurídicamente”. La cuestión no es ajena a los ámbitos de la profesión militar. La agencia de noticias Pulsar en un despacho del miércoles 15 informa que el jefe del Ejército, teniente general Roberto Bendini, sostuvo que “la derogación de los indultos [...] tiene que ser el paso que sigue” al fallo dictado el martes por la Corte Suprema.

¿Qué es lo que en primera y vistosa instancia resolvería treinta años después, si sus señorías lo disponen, inculpar y hasta condenar a cuatrocientos cretinos, y como tiro de gracia fusilar los indultos? ¿Restaurar la desmemoria de tan vieja data?

Gervasio Espinosa (junio de 2005)