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lunes, 27 de febrero de 2012

La vía absurda II: a propósito del choque de tren que mató a 51 personas e hirió a más de quinientas, y de la vida social en general

Como no es bueno repetir lo ya dicho si no es perentoriamente necesario, remito a las definiciones generales del artículo “La vía absurda” de junio de 2010. Principalmente sobre la imprecisión de la que suele hacerse abuso en escritos y dichos (y en los pensamientos de los que surgen), pensamientos, dichos o escritos que requieren cuidadosa precisión. No es lo mismo referirse a la calle Acha como Acha que llamarla Charcas, como bromeando la nombraba mi abuelo materno para disparar la inmediata aclaración de mi padre.

(Y ya que estamos, la calle Mariano Acha lleva el nombre de un militar porteño del siglo XIX, unitario como su jefe Juan Lavalle, por encargo de quien apresó a Manuel Dorrego, un federal “moderado”, para que aquél lo hiciera fusilar como a Quiroga, pero no porque Dorrego persiguiera en su momento a José Artigas. Lavalle, tanto cruzó los Andes con San Martín como después expolió pueblos originarios para fundar la moderna oligarquía terrateniente bonaerense. A propósito: lleva su nombre también la plaza en Buenos Aires frente al edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.)

El choque en Once del tren sin frenos

Sobre el gravísimo y luctuoso incidente –“que sobreviene en el curso de un asunto o negocio y tiene con este algún enlace”, no confundir con accidente– ocurrido en la estación cabecera de la línea ferroviaria que une la periferia oeste del Gran Buenos Aires con el centro de la ciudad, y que costó la vida a 51 personas y graves lesiones a otro tanto y más de un millar de afectados de distinto rango, se habló, escribió y mostraron imágenes abusivamente en los medios de comunicación, y en torno a la muerte de un joven de veinte años cuyo cuerpo recién fue hallado dos días después hasta emitió su opinión el director de la Biblioteca Nacional, el reconocido sociólogo Horacio González.

El dolor empaña la razón, suele decirse con acierto, y entonces a veces se abordan cuestiones concretas con subjetividad excesiva. Los padres y la hermana del joven, claro que superlativamente doloridos, también se expresaron, y reclamaron por las responsabilidades en la desprolijidad e ineficacia de los procedimientos de búsqueda. Fue el padre del joven el que dio la pista de la ubicación del cuerpo cuando lo reconoció en un vídeo de “seguridad ferroviaria” accediendo al tren por la primera ventana de un vagón.

El Gobierno, en tanto conductor y apoderado del Estado anunció que se presentará como querellante en la causa judicial que investiga el choque, las muertes y lesiones ocasionadas y otras consecuencias. Es el mismo gobierno del Estado que no ha resuelto todavía acciones generadas por el neoliberalismo y la cultura individualista imperantes desde hace treinta años: por caso, ahora, la efectiva vigilancia y control de las instalaciones ferroviarias y de su gestión comercial. Tampoco una definida acción cultural para que cada uno de nosotros seamos creadores y partícipes de conductas activas de solidaridad y supervivencia: entendiendo que si un conductor de trenes se niega a continuar la marcha por los riesgos que ello implica hay que escucharlo y prestarle apoyo, y no amenazar con lincharlo. Que tenemos que poder acceder todos al tren y sin atropellarnos y tampoco entrando por una ventana: estar atentos al nosotros siempre y no solamente para llorar, filosofar o putear.

Ahora, ya silenciándose hacia las memorias de sus familiares y amigos los atormentados ayes de dolor de los apretujados y lastimados entre los fierros del tren (seguramente que ya inestables por la corrosión), aparecen nuevas noticias hasta el próximo desbarranque de un ómnibus o la triste suerte de una familia que se desplaza en un automóvil a ciento cincuenta por hora por la curva de una carretera de solo dos carriles para dos sentidos de tránsito. Wikileaks ha ventilado ahora miles de correos electrónicos entre la central de la agencia privada (no estatal) de espionaje Stratfor (ver en Wikipedia) y sus “corresponsales” instalados quizá en la casa de al lado, entre ellos los mensajes con “análisis” referidos a las suramericanas Islas Malvinas (ver http://santiagoodonnell.blogspot.com/).

Inversor global

Sttatfor, dirigida por un Friedman desde EE. UU., que vende sus informes sociales, políticos y militares a empresas multinacionales y también a gobiernos, debe ser el modelo ideal del porteño Federico Tessore, alma mater y “ceo” de la empresa de asesoramiento en asuntos de “guita” que paga el anuncio en Google titulado con caracteres catástrofe “El fin de la Argentina”. Tessore dice, en un mensaje extenso y de poca consistencia al que se accede haciendo “clic” en el aviso, que “ante la debacle inminente” y para salvar la plata los argentinos tienen que hacer inversiones inmobiliarias en el exterior. ¿Deberían ser en Punta del Este, en José Ignacio o ahora en las exclusivas urbanizaciones que se prometen frente a la laguna Garzón, límite entre los departamentos de Maldonado y de Rocha?

En las funciones políticas e intelectuales gubernamentales, y en las de la sociedad en general, son demasiados los oportunistas. Es hora ya de cortar la cadena infeliz de la que somos víctimas, pero todavía falta…

Gervasio Espinosa (lunes 27 de febrero de 2012).