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domingo, 12 de febrero de 2012

Clase media contemporánea: estupidez y perversidad

Ojalá antropólogos, sociólogos, psicoanalistas e historiadores, entre otros auténticos científicos que no hayan sido infectados por el posmodernismo, sea éste de acción o de omisión, es decir, del que “cree movilizar” y del que pone todo en paréntesis, tomen la presentación de este tan elemental como veterano observador para, más pronto que tarde ya, desentrañar la estupidez y perversidad de la clase media contemporánea.

(Dedico la inquietud a los cinco nietos, entre los venidos y los viniendo, y en paridad al quinteto de antiterroristas cubanos injustamente presos en EE. UU.)

I
El automóvil que está detenido al costado en la senda rápida tiene motor del doble de potencia, quien lo conduce está –al parecer, y sin hacer discriminación de sexo– en la plenitud de las condiciones vitales de salud y edad para su reproducción y la de su clase. El vehículo brilla, es nuevo. El conductor, que lo ha detenido frente a la luz roja del semáforo pero invadiendo plenamente la franja para el movimiento de los peatones, tiene su cabeza a una altura por lo menos veinte centímetros por encima de la mía. Debe estar apurado, acuciado por las urgencias del presente. Cuando simultáneamente se apaga la luz roja y enciende una amarilla y con igual sucesión al final queda encendida la verde arranco el vehículo que conduzco (que tiene un motor de la mitad de la potencia del que estaba detenido al costado). Quince metros más adelante observo por los espejos retrovisores que el conductor del automóvil más potente y que parecía tan urgido recién ha iniciado la marcha.

Ahora vamos por la autovía que tiene una velocidad máxima permitida de 120 kilómetros por hora. Conduzco regulando la marcha aproximadamente entre 110 y 115 kilómetros un automóvil con un motor que como máximo tiene por lo menos la mitad de la potencia de los que me sobrepasan por la izquierda o por la derecha, y que puede estimarse avanzan a 130 o 140 kilómetros por hora y otros aún a más. Algunos conductores, sin hacer discriminación de sexo ni de condiciones generales para la reproducción, me sobrepasan con maniobras arriesgadas y vertiginosas pudiéndose presumir que poseen destreza para ello. También puede presumirse, observando el cielo cercano y el horizonte, que pronto se descargará un chaparrón; sucede, rápidamente se oscurece la atmósfera y comienza la lluvia. Ahora tengo dificultades para continuar avanzando a 110 kilómetros, e inclusive a menos velocidad. Los demás conductores, a quienes el chubasco parece haber licuado sus pretensiones y altanerías, van lento, temerosos, inseguros.

En la ciudad llego por una calle al cruce con otra, transversal. No hay peatones a la vista y por mi derecha no se acerca ningún vehículo, cuando avanzo un largo y estridente bocinazo me alarma desde el lado izquierdo (¡precisamente el oído que me funciona mejor!) y veo el gesto iracundo del conductor que acciona su bocina. Sigo avanzando. Luego, el conductor del gesto iracundo acelera haciendo bramar motor y ruedas. En este barrio están reparando desagües y han clausurado calles, algunas cuadras más adelante el soberbio automovilista va nuevamente detrás.

II
Hago cola para acceder a un cajero automático. La cola pasa por delante de la puerta del banco. Veo que quienes salen o entran tienen que en el mejor de los casos pedir que les cedan el paso, o empujar, y hay roces. Cuando llego a estar frente a la puerta por la que aquellos salen o entran dejo entre quien me precede y yo una distancia suficiente que sirve de pasillo. La persona que está detrás de mí, sin importar sexo ni condiciones para la reproducción, intranquila, indaga si voy o no voy al cajero; le explico que sí, y que dejo esa distancia para que pase la gente que entra y sale del banco. La cola avanza unos pasos y entonces me acerco nuevamente, poniéndome del otro lado del pasillo que evita roces, empujones e incomodidades varias. Vuelvo la cabeza y nuevamente la apretujada cola pasa por delante de la puerta y quienes entran o salen del banco tienen que pedir que les cedan el paso, o empujar.

Para cruzar a pie la avenida espero que el semáforo para peatones nos dé paso. Lo da, medio metro delante cruza alguien cuando un ciclista, que no ha respetado las señales para vehículos, le interrumpe el paso pretendiendo atravesar nuestra senda. Lo detengo con firmeza y le muestro la llave del automóvil, le explico cortésmente que habitualmente conduzco vehículos y le pregunto que pensaría de mí si con mi mole metálica me le pusiera amenazante delante de su bicicleta y su cuerpo; me mira y no dice nada, entonces le digo con claridad que eso mismo ahora pienso yo, no de mí sino de él.

III

En una dependencia gubernamental superpoblada de recurrentes y funcionarios, la madre de mi nieto más pequeño –con él alzado– tiene que hacer un engorroso trámite para la inscripción en la seguridad social y la atención médica que al niño le corresponden por el desempeño laboral de ella. Este nieto es muy pequeño, tiene apenas un mes de vida. La madre de este nieto, que lleva ya unas horas en el lugar, mientras espera se inquieta por la cercanía con una niña de bastante más edad, con intenso sarpullido y que se rasca en brazos de una mujer. Alguien le pregunta y dice: ¿tiene varicela?, podría contagiar a otros niños… —Sí —responde ella.

Hace ya veintitantos años que no concurro a reuniones escolares de madres y padres. Pero las recuerdo. Hubo ocasión en que una docente planteó el problema de “los repetidores” como si fueran una categoría de parásitos propios del aula, como pulgas, o chinches. Siendo que había unas dos docenas de presentes, solamente dos progenitores a quienes no nos vinculaba en esa condición otra cosa que no fuera que nuestros hijos fueran condiscípulos, sin importar para el caso el sexo (aun siendo que ambos, entonces sí, transitábamos nuestras edades reproductivas), intercambiamos miradas de cierto desagrado. Luego observamos, los dos, como el resto se arremolinaba alrededor de las y los docentes para solamente, cada una y cada uno (sin importar… como ya se ha dicho) reclamaba por las calificaciones de sus respectivas hijas o hijos, nada más.

IV
“Clivaje” por escisión, “historizar” por historiar o poner en relación histórica (como “frizar” por congelar, todo da igual, ¡es lo que hay!). “¡Quelevachaché!” Un cambalache: en cierta jerga “cientista” las preocupaciones populares y reclamos solidarios referidos a tal o cual cosa (por ejemplo el medioambiente) son equivalentes a los de los “stakeholders”. Lo han leído (los repitientes) en “la literatura especializada” capitalista neoliberal generada especialmente a partir de la década de 1980, auge del “posmodernismo”. Según la enciclopedia Wikipedia se llama “stakeholders” a “quienes pueden afectar o son afectados por las actividades de una empresa”. Es decir, por caso, que a los asambleístas de Gualeguaychú o a quienes en las estribaciones andinas se oponen a la explotación minera con cianuro y que en los esteros del Iberá no quieren embalses ni uso de agroquímicos, se los homologa (en cuanto “campo” u objeto de estudio) con los “parte interesada” o “tenedores de apuestas”, traducción literal de “stakeholders”.

Pese a haber cursado muchísimos años atrás la escuela industrial, o quizá por el prolongado lapso entre aquello y el presente, no tengo ya dominio sobre el cálculo de porcentajes, sólo recuerdo que en él se emplea una simple regla de tres (sin que ello implique, ahora, ninguna otra cuestión). Sí sé que aunque pueden indistintamente siempre que no se entreveren escribirse con números y signos específicos o con letras, nunca deben anteponerse a sus cantidades los artículos un o el (aunque objetivamente es una verdad no debe escribirse que en Suramérica “el” o “un” 20% de la población vive treinta y pico veces mejor que otro 20% en el extremo opuesto de la escala social). Son cosas de mi oficio, por el que he debido y debo revisar y arreglar decenas y decenas de textos académicos de las ciencias sociales que han de publicarse. Sin poder precisar una cifra porcentual estimo que son demasiados los escritores que confunden. Es decir, si es que han entendido algo no lo pueden explicar, lo que en realidad es difícil. Digo: no es que sea difícil explicarlo sino que es difícil que si no lo pueden explicar lo hayan entendido.

V
Para terminar. No sé en qué porcentaje, pero al menos una gran parte de los miembros de la clase media contemporánea (en tanto automovilistas, académicos o simples viandantes, etcétera, sin discriminar por sexo o por edad) demuestran ser muy estúpidos y perversos.

Gervasio Espinosa (25 de septiembre de 2010)