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domingo, 28 de junio de 2015

El país de mister John Ponsonby (ficción)



Estaba lidiando con comas, punto y comas, rayas y guiones en el porche, a lápiz nomás, sobre unas páginas que había impreso más temprano, cuando a través del jardín de la casa de nuestros vecinos veo venir al Negro desde el lado de la mar. Quizá percibiendo mi mirada él dirigió su vista a mis ojos y alzó el brazo a modo de breve saludo.



Bajé hacia la calle, húmedo el balasto todavía desde la lluvia de la víspera, medio oculto el sol entre nubes que no encontraban viento de empuje. —Andrés, no te esperaba hoy, y casi no me encuentras. Acabo de llegar… —le dije mientras nos dábamos un apretón de manos.



—Te vi con los papeles, ¿trabajas en la novela? Vengo porque recogí en la carretera a un fulano que poco menos que corría y le descubrí ricas vetas… Pensé que te interesaría conocerlo. Me habló de un conocido de ti con el que dice ha militado en la campaña electoral. Fue, me dijo, una acumulación de voluntades sólo testimonial, salida de la coalición del Gobierno en sucesivos desgajamientos. El hombre maneja datos… digamos que datos prospectivos que a vosotros, provincianos occidentales, les vienen de perillas… —sonrió, empujándome apenas de costado—, ni que decir que a mi histórico maestro —continuó su discurso— lo revitalizaría para apearse de esa tan ajena y broncínea montura y alejarse del cenotafio que le impusieron…



—No ahora… —dije mostrando las páginas—, vengo retrasado con un encargue que me enviaron desde la otra capital… ¿Y qué dice ese fulano?



Habíamos subido al porche y nos sentamos a la mesa. El negro dio un breve y preciso puñetazo sobre la superficie horizontal y luego pasó su izquierda por debajo palpando la estructura y las patas: —¡Esta sí que es buena!… Dice el hombre que tiene conocimiento, y dice que de buena fuente, de que se viene un quiebre del país, y éste se acaba como hasta ahora lo conocemos. Lo dejé en la primera parada y entré después de la curva y la segunda cañada, lo cité en el club —mira nuestro compañero la hora en el display de su móvil—. Por si acaso, yo consideré no conveniente que conociera tu casa. Cuando vuelva a su temperatura normal no se sabe con qué se puede descolgar. Es así.



—Andrés, ¿un café?, ¿cortado, chiquito, mediano?…

—Venga, tomemos un cortadito y luego vayamos al club. El hombre estará allí a las diez. ¿Tu compañera?



Yo había entrado a la casa para calentar los cafés y una jarrita con leche y volvía con la azucarera y dos cucharitas en una bandeja. —Anda por aquí nomás, estará al llegar, fue a buscar retoños y gajos para un cantero, es su pasión, compartida con las novelas policiales… A propósito, en estos días de agitación griega suelo pensar en Petros Márkaris: el autor de las novelas del comisario Jaritos ha dicho meses atrás que al comisario –que como recordarás tiene un amigo comunista, Sisis– no le interesa el gobierno del partido Syriza. Y dice que es así porque Jaritos y su familia han hecho muchos esfuerzos y son conservadores... Pareciera que a Márkaris la situación se le hace imposible de comprender y por eso lo que teme es el mejor desenlace posible.



—Ya escucharás de propia voz las prospecciones del caminante que alcé en la carretera, o las prospecciones que él recogió váyase a saber dónde y que no están lejos de lo que planteas respecto del autor de ese Jaritos…



Precedida por nuestra perra, Jacha volvía de la recolección vegetal con la varita de mando en una mano y de la otra colgando una bolsa de polietileno. Subió al porche por el escalón del costado, que le es más cómodo, e intercambió saludos con el Negro. Sonó el aviso del horno electrónico mientras ella mostraba sus trocitos de tallos y cogollos traídos de la excursión y el Negro los identificaba por sus nombres específicos mientras yo entraba a buscar los cafés. Desde adentro le pregunté: —¿Te caliento un cortadito? —Bueno, ¡sí!



Agregregados a la bandeja los dos pocillos y la jarrita y regresé a la cocina a prepararme un tercero. —Ve con Andrés a tomar el café. Yo me preparo el mío mientras ordeno un poco, andá…—me dijo entrando también casi detrás de mí.



Cada uno de nuestros movimientos de ingreso y egreso de la casa iba seguido del golpe de la puerta mosquitero en el marco –“planc”–, mientras el Negro seguía con atención los desplazamientos de la tanza tirando o siendo arrastrada en su recorrido desde el extremo libre del bastidor que en su recorrido axial por la tracción de la fuerza de una mano, o de la de la gravedad aplicada a una plomada detrás del marco –y atada ésta al otro extremo de la línea de nylon–, nos dejaba pasar a nosotros o clausuraba contra el marco el paso de los insectos voladores.



—Estas construcciones son muy interesantes, sin duda te salen bien. No sé si igual las construcciones políticas… habría que ver más adelante. También eres bueno haciendo enroques entre puntos y comas y…



—¡Y el que no se escondió se embroma! —interrumpí su divagación crítica—, ¡vamos al club!… Jacha, vamos con el Negro al club a ver a un fulano que trajo de la Capital, venimos en un rato…



—Yo no regreso, dejo besos… —rimó Andrés, haciendo el gesto de lanzárselos a ella que saludaba desde detrás de la malla de alambre.



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Descendimos hacia la playa y al pasar frente al chalet de tres plantas que mandó a construir otro griego ya hace quizá más de setenta años el Negro preguntó si todavía el sindicalista argentino seguía siendo dueño de éste y de la casona del cerro, del otro lado de la carretera, la que había sido antes de un francés. Le respondí que eso creía y que no me interiorizaba en la cuestión.



La mar a esa hora estaba apenas crispada por pequeñísimas ondulaciones y hacia el sur se veían, lejanos, dos cargueros repletos de contenedores navegando el canal. Una franja de luz solar, definida, luminosa, se reflejaba en el agua. Caminamos hacia el oeste la escasa centena de metros hasta la bajada del rancho que había sido de Luis, vendido y refaccionado, y trepamos la barranca hacia el club. Entramos por el fondo, entre los eucaliptos, carente como está en todo su perímetro de alguna valla u otro impedimento para el ingreso, y divisamos al pasajero de Andrés sentado en un banco de tablas a las puertas del bar, que estaban cerradas. No había nadie más que él.



Tendría la mitad de mi edad. Con el Negro no se lo podía comparar porque no se puede encuadrar a Andrés con límites generacionales o históricos sino solamente con condiciones metahistorias. Nos saludamos con movimientos de cabeza y me preguntó si me importaba no saber quién era. —Para nada… —respondí.   



Nos sentamos frente a él y lo animamos a hablar. Durante unos veinte minutos  se despachó apresuradamente como queriendo decirlo todo en un borbollón. No habíamos tenido nosotros intención de registrar de alguna manera sus manifestaciones, ni con apuntes o algún artilugio, así que cuando se calló un momento y luego dijo «ya está, esto es lo que va a pasar», comprendimos que no había acabado de decir todo. Andrés apenas elevó las cejas cuando nuestro interlocutor se sinceró con cierta mueca de desagrado.



—Se los voy a decir. A mí me mandaron entrar en la asamblea del escritor, yo soy buchón, espía… informante. No soy radical ni extremista. Me formaron para infiltrarme pero también aprendí a sonsacar cosas a mis jefes, y sé mucho. Las que me enseñaron y las que aprendí a descifrar en los que me enseñaron. Me mandaron a vigilar a esta gente, me metí a escuchar para informar. Y me dí cuenta que no eran como me habían dicho: terroristas en potencia, peligrosos. No, para mí son nada más que idealistas que tienen las ideas confundidas. El escritor es un tipo honesto, cuando habla es brillante... Todo lo que les conté recién no es análisis de él o de su gente. No… les conté lo que yo sé que va a pasar. Acá las cosas están muy jodidas, muchas cosas no van más y no son pocos los que se van escapar… Se escapan, dejan el tendal, lo aseguro, y no queda un billete ni por la mitad. La mayoría del gobierno ni se lo imagina… Yo ahora desaparezco y ustedes no me vieron… no conocen mi cara, si soy flaco y alto o bajo, viejo o no. Me voy y no me ven nunca más… Ellos saben que yo descubrí cosas.



Se puso de pie, inició un brevísimo gesto con sus manos, abiertas, mientras se las miraba, expuestas las palmas, los antebrazos en posición de dudar si saludar o desmadejar lana. Dejó inconcluso el ademán dando media vuelta y saliendo hacia la diagonal a paso largo, impreciso, excitado, urgido quizá para pronto dejar de mostrarnos su espalda.



Descubrí a Andrés mirándome de manera tan intencionada como indescifrable. Ahora fue él quien alzó el trasero del tablón, estiró el cuerpo, anunció que nos veríamos nuevamente la semana entrante y se encaminó hacia la calle del costado norte del club.



Corroído, sin memoria, con íntimas y vergonzosas violencias contra sí mismo, el país delineado en el segundo cuarto del siglo XVIII por mister John Ponsonby se caía, había perdido viabilidad como enclave de ultramar, como faro imperial. El Ariel de Rodó sucumbía ante sí mismo…  

 



Nota necesaria:

La referencia al novelista Petros Márkaris tiene antecedentes. El más reciente es la nota de principios de año en el diario El País, de España (edición América): «Markaris: “Mi comisario no espera nada de la Grecia de Syriza”» (http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/31/actualidad/1422713993_883338.html); también, en este blog, están “Grecia de hoy explicada a Jaritos por Zisis” (http://gervasioespinosanotas.blogspot.com.ar/2012/02/grecia-de-hoy-explicada-jaritos-por.html), “Grecia: Zisis muy enojado” (http://gervasioespinosanotas.blogspot.com.ar/2013/02/grecia-zisis-muy-enojado.html), y “Ότι σας κουράσω τον! —afirmó Zisis, desde Atenas” (http://gervasioespinosanotas.blogspot.com.ar/2015/02/afirmo-zisis-desde-atenas.html)

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