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domingo, 17 de mayo de 2015

NOTICIAS BREVES: El final de un mito. Apostillas, pastillas y apostillarse. Por la seguridad…



A las noticias breves que como acotación comentan, interpretan o completan información más amplia y extensa, se las ha llamado y todavía llama “apostillas”.

Las postillas –sin duda palabra muy relacionada con la antes dicha– son acotaciones o glosas de un texto: señales o comentarios que se agregan en los márgenes. También dicen los diccionarios, en una segunda acepción, son postillas esas molestas pústulas y costras que emergen de la piel como expresión de heridas, infección o intoxicación…

En las jergas “cuasi” secretistas –como las de ciertos bandidos intelectuales por juego adolescente o paquetería madura–, en academias, escuelas y redacciones periodísticas a las apostillas se las suele llamar “pastillas” (un mínimo chiste)…

Pero acechan riesgos, peligros. Riesgo de que nos apostillen, nos llenen de “pastillas” y apesten con pústulas y costras, y en extremo peligro de hasta perder todo dominio de la razón…  

El final de un mito

Así el título de la columna editorial del “súper” diario de un país de geografía pequeña, economía y población proporcional a la de su geografía y a la que ese mismo editorialista, u otro –clon uno del otro o viceversa–, no hace mucho la sustrajo (a la población) de su pertenencia sureña y latinoamericana para encomiarla septentrionalmente proba, sapiente, descendiente (blanca) de los barcos y nunca –por favor–, de los trenes, ómnibus, camiones o barcazas que traquetean rutas interiores del subcontinente americano.

El país auténtico, el de los paisanos, el perteneciente, el surcado aun por partículas indígenas, el país transpirado y no el cajetilla, no es el que pinta elpaís sea en la versión de papel o cibernética. Para los pueblos no se trata de mitos sino de vías, complejas y contradictorias, para sobrevivir y reacumular fuerzas.

Reproducimos solamente tres párrafos de una nota editorial del pasado 14 de mayo que se puede leer íntegra en http://www.elpais.com.uy/opinion/editorial/final-mito-editorial.html

Cualquiera con un poco de conocimiento de historia y de la naturaleza humana, podía darse cuenta de lo absurdo de tal postura. Pero los hechos ocurridos y conocidos en los últimos tiempos, dejan en claro que la afirmación de que los políticos “de izquierda” tienen una inclinación genética por la honestidad, es nada más que un mito.

De más está mencionar los hechos que han ocurrido en países como Argentina, Venezuela, o Ecuador, donde la hegemonía del Estado en la economía de esos países ha habilitado fabulosos esquemas de corrupción, clientelismo, y prebendas. En esos países ya nadie discute si ahora hay corrupción, sino hasta qué punto, lo actual, empata lo vivido en los gobiernos precedentes.

Pero dos casos paradigmáticos todavía sostenían el mito; Chile y Brasil. Dos países con gobiernos de “izquierda” moderada, moderna, que no han buscado reflotar las recetas económicas de los años sesenta y setenta, sino que aspiraban a aprovechar las bondades del mercado, para facilitar políticas sociales generosas. Un discurso simpático y entrador, pero que en los últimos meses se ha desbarrancado de manera terminal.

Terminar con el pestilente y asesino negocio

Pablo Piovano es un fotógrafo y cronista gráfico argentino que en 2014 recorrió más de diez mil kilómetros de rutas en viajes por las provincias de Entre Ríos, Chaco y Misiones. De él probablemente sea la foto que publicamos en la nota “Agrotóxicos. Fabián Tomasi: testimonio viviente del daño provocado”.1

Piovano trabaja en Página/12, y durante esos viajes que realizó por cuenta propia, como militante del sufrimiento, tomó fotografías y compuso la muestra “El costo humano de los agrotóxicos”. Por la colección fotográfica que fue presentada entre las de más de mil trescientos participantes recibió la semana pasada dos importantes premios internacionales.

«Este trabajo tiene la intención de ser un trabajo documental de largo aliento –plantea Piovano–. Es distinto a mi tarea de todos los días, al retrato de alguien del mundo de la cultura, quizás; aquí enfrente hay víctimas, están el dolor y la enfermedad.» El fotógrafo se siente también obligado hacia las setenta familias que le abrieron las puertas de sus casas para que los retratara. «Esto es una tragedia que lleva veinte años, cuando ya en 1996, siendo (Carlos Saúl) Menem presidente, Felipe Solá como ministro de Agricultura firmó un acuerdo con Monsanto, con folios en inglés y sin constatar con científicos nacionales e independientes. Este es el costo humano de este nuevo sistema agropecuario, que produce una rentabilidad enorme, pero también un daño irreparable.»

Los datos que aporta [Pablo Piovano a la serie fotográfica] apabullan: un tercio de la población Argentina está afectada directa o indirectamente por el glifosato. Son 13.400.000 personas que viven en los alrededores de la zona tratada con estos agroquímicos. En 2012 se utilizaron 370 millones de litros de agroquímicos sobre 21 millones de hectáreas sembradas con semillas transgénicas, es decir, sobre 60 por ciento de la superficie cultivada del país. En la última década se triplicaron los casos de cáncer infantil y las malformaciones congénitas se cuadruplicaron. Aunque cuesta zanjar la cuestión entre informes científicos de uno u otro bando, para el fotoperiodista la causalidad es clara. Por eso, advierte que el glifosato y otros agroquímicos están prohibidos en 74 países.2

La fotografía la tomó Piovano, el niño se llama Lucas y vive en Colonia Aurora, Misiones, Argentina, en el límite con Brasil. Tiene tres años y nació con ictiosis, enfermedad de origen genético que produce en la piel escamas como de pez. Su madre, Rosana Gaspar, de treinta y dos, durante el embarazo y sin protección alguna manipuló glifosato:





Una amenaza a la educación de calidad

Antoni Verger es sociólogo e investigador científico en la Universidad Autónoma de Barcelona, en España, y La diaria, matutino montevideano, publicó con este título su opinión sobre los tratados de libre comercio en servicios, como el TISA, al que en Uruguay se oponen partidos de izquierda, la central de los trabajadores PIT-CNT, organizaciones campesinas y ambientalistas y sectores académicos.

Estos tratados, afirma Verger, «como el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS) o, más recientemente, el Acuerdo sobre Comercio de Servicios (TISA, por sus siglas en inglés), plantean importantes retos de cara a la construcción y a la consolidación de sistemas educativos públicos, especialmente en los países del sur».

Explica que «una vez firmados, obligan a los gobiernos a garantizar a los proveedores de servicios transnacionales el acceso a sus mercados nacionales por tiempo indefinido, limitando la capacidad de regulación estatal. En el caso de la educación, dichos riesgos se multiplican por el papel estratégico que ésta desempeña en la promoción de la equidad social y la distribución de oportunidades, así como por su condición de derecho humano fundamental».

El sociólogo catalán destaca que «oponerse al TISA (como al AGCS en su momento) no debe confundirse con oponerse a la internacionalización de la educación. Más bien al contrario. Los intercambios con fines no comerciales entre profesores y estudiantes de diferentes países, así como los consorcios internacionales para la creación de programas de estudio o de proyectos de investigación, no hacen más que reforzar el intercambio de ideas y la calidad de los sistemas educativos. Por lo tanto, la cooperación internacional es otro de los instrumentos de los que dispone la comunidad educativa para oponerse a las dinámicas de transnacionalización del sector que se plantean desde una lógica meramente comercial o lucrativa».


Mito y Tomi

Mito y Tomi son lo mismo pero en espejo. Uno es al otro lo que el otro a uno. Para un caso son Mito y para otro Tomi, el espejo al revés, “se igual”. El mito fue, ya cayó, dijo Tomi: la izquierda es corrupta y este país con “su gente” es septentrional, blanco, como la gente que bajó de los barcos.

Y sin tropezar anunció que “La justicia uruguaya investiga la mayor estafa de la historia”. Puede pensar el lector que la vasta corruptela que perfora la propia sustentabilidad de la Suramérica corrompida por la izquierda había hecho pie en el impoluto territorio natural, fresco y bien oliente.3

Ahora se descubre que lo que fue una festiva generosidad adinerada de verano de quien no interesado en ser más rico arrojaba verdes billetes desde una terraza, no fue otra cosa que un desvarío de borrachera de quien habría sido no solamente ideólogo sino principal beneficiario junto con “empresarios turísticos” de la mentada estafa: un distinguido veraneante francés, que hoy, en su France, convencido debe estar que lo mejor para la tranquilidad ciudadana ante tanta inseguridad es espiar y vigilar a todo el mundo, como aprobó el parlamento galo la propuesta de su presidente, europeo, septentrional (¡cuidado Fidel!).


Nada suelto, todo sujeto

Para “comentar” en los diarios y publicaciones cibernéticas hay que estar registrado en Facebook, se leen los encabezados y quizá algo más, se eructa un pensamiento y se lo inyecta te guste o no te guste. Ahora, además, esta “red social” que todo lo sujeta para que nada caiga estableció acuerdos con una decena de medios de formación de opinión “septentrionales”.


Estúpida y cómplice

Casi frente a casa unos vecinos promovieron la adquisición de “botones de pánico” para disparar una alarmita instalada en lo alto de un poste. Hasta ahora nunca la oí sonar, nadie ha apretado el botón. Pero el pánico allí está agazapado, dispuesto, temeroso y egoísta. Ya conté esto hace un tiempo.

Guardan en su casa dos vehículos, uno el sedan familiar y el otro una camioneta que emplean en su trabajo. Cuando los guardan de noche ponen en marcha sus vehículos y encienden las luces altas, potentes, iluminando el escenario de la operación. Maniobran, se mueven, primero uno, que lentamente entran, atentos al entorno, y luego con el otro también maniobran, se demoran, hasta que de repente y prontamente sucede el encierro, y nuevamente la tranquila oscuridad.

Una cámara de seguridad en el frente de esa casa registra todo y hasta quizá los parpadeos y ademanes de encandilamiento de los viandantes que transitan las veredas, gente de a pié, inconsciente de los temores de los que tienen cosas para perder. Pregunté el porqué del botón y de la alarmita: Por la inseguridad —respondió—. Es decir que por la “seguridad de ellos” aumentan la inseguridad de muchos: enceguecen con sus reflectores y espían con sus camaritas. Estúpida y cómplice la clase media.  

Otros, también vecinos, más vale pobretones pero que han accedido a sus reflectores de cinco marchas para adelante y una para atrás, también los dejan encendidos estando estacionados sea flirteando, comprando cigarros o tan sólo esperando váyase a saber qué. Si así lo hacen los de enfrente, así ha de ser…


Notas:
1 La nota fue tomada de la agencia Télam, que no dio referencias del autor de las fotografías. http://www.telam.com.ar/notas/201505/103615-agrotoxicos-vida-salud-fabian-tomasi.html
3 Años atrás, una década y media, no más, surcando carreteras entre cuchillas y estribaciones, del litoral hacia el sur, en los atardeceres, olíamos el frescor apenas hiriente del penetrante olor de los zorrinos mientras enormes bandadas de pájaros se precipitaban sobre arboledas y matorrales a descansar. Ahora no hay pájaros, mulitas, liebres ni siquiera torpes coleópteros o tenues aromas de orines: todo es maloliente química, sangre muerta…