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sábado, 2 de mayo de 2015

Agrotóxicos. Fabián Tomasi: testimonio viviente del daño provocado*


Télam, 1.5.2015


Autodefinido como “la sombra del éxito”, el ex trabajador rural es un testimonio viviente y permanente de lo que pueden hacer los agroquímicos mal usados con un organismo: a sus 49 años sufre “polineuropatía tóxica severa”.



La enfermedad –que fue adquirida a poco de comenzar a trabajar en la carga de aviones fumigadores sin la protección adecuada–  lo mantienen hoy casi piel y huesos, sin poder comer sólidos, caminar con soltura, utilizar normalmente sus manos o hacer planes a futuro.
 

Y él se ha tomado tan a pecho esto que no duda en afirmar que lo que lo mantiene vivo varios años después de que le diagnosticaran “6 meses de vida”, es la “obsesión” en la que se ha convertido su pelea contra los agrotóxicos y “en defensa de la vida”.
 

Tomasi recibió a Télam en su pequeña casita prefabricada de Basavilbaso, la ciudad entrerriana ubicada entre el centro y el este de la Provincia de Entre Ríos, a doscientos kilómetros de la capital Paraná y trescientos de la Ciudad de Buenos Aires.
 

En esa colorida vivienda rodeada de plantas y macetas vive con su hija de veinte años –que «se vino a vivir conmigo a los seis, cuando me separé»– y su madre de ochenta.
 

Entre las dos le dispensan mucho amor y se organizan para ayudarlo a realizar hasta las tareas más elementales. Lo que lo mantiene en este estado, «y cada vez peor» según cuenta, es una «polineuropatía tóxica metabólica severa», según puede leerse en el certificado que le expidió la Anses cuando lo jubiló por discapacidad.
 

«Ellos mismos reconocen que mi cuerpo está intoxicado por los [agro]químicos», dice Tomasi, a quien la enfermedad le pegó duro por una diabetes preexistente.
 

El papel consigna también que tiene «funciones severamente disminuidas en ambas manos, piel a tensión sin huellas digitales, disfagia a sólidos (dificultad para deglutir), múltiples nódulos» de calcio (reacción del cuerpo para encapsular y eliminar el veneno), además de «disminución de fuerza muscular generalizada, alteraciones sensitivas, adelgazamiento y dermatomiositis».



Todo comenzó en 2005, cuando Tomasi, después de haber trabajado como peón de campo, carpintero y obrero de la construcción, decidió probar suerte como apoyo terrestre en la fumigación área haciéndole caso a su vocación por la aeronáutica.
 

«Nunca pensé que iban a descuidar tanto. Yo tenía que abrir los envases (de agrotóxicos) que dejaban al costado del avión, volcarlos en un tarro de doscientos litros para mezclarlo con agua, y enviarlo al avión a través de una manguera.»
 

Empleado ilegalmente, los patrones ni siquiera le dieron una vestimenta adecuada para protegerse de los vapores tóxicos o salpicaduras de productos como el glifosato (recientemente categorizado como “posiblemente cancerígeno” por la OMS), pero también el endosulfan, la cipermetrina y el gramaxone.
 

«Era verano, trabajábamos en pata y sin remera y comíamos sándwiches a la sombra del avión, que era la única sombra que había en las pistas improvisadas en el medio del campo. La única instrucción que yo recibí fue hacerlo siempre no poniéndome contra del viento, así los gases no me afectaban.»
 

«El agricultor te decía “échale todo, ¿para qué vas a dejar?, ¡con lo que me salió!» Pero no es así, eso lo tenía que ordenar un ingeniero agrónomo. Y entonces, en vez de echar seiscientos mililitros, echábamos un litro, o litro y medio por hectárea, y nosotros tragándonos todo esto,  también contó Tomasi.
 

Pero pronto las cosas no empezaron a estar bien: después de dar vueltas por distintos consultorios, terminaron diagnosticándole polineuropatía tóxica –una enfermedad neurológica que incluye un conjunto de enfermedades inflamatorias y degenerativas que afectan al sistema nervioso periférico–, y lo que le viene salvando la vida, asegura, es la medicina alternativa: «porque con la medicina tradicional yo ya no caminaba y me hacía encima».
 

A partir de una nota en el programa televisivo “La Liga”, de sus entrevistas para medios internacionales, de su participación en distintos eventos, de su activismo cibernético y de haber sido foto de tapa del libro Envenenados, de Patricio Eleisegui, el entrerriano se ha convertido en uno de las referentes de la lucha contra los agrotóxicos aunque, afirma, «hasta ahora no he conseguido nada, simplemente que me escuchen y, por ahí, que dos o tres reaccionen».
 

A pesar de que está imposibilitado de trabajar y cobra una mínima asignación mensual provista por el Estado, Tomasi se negó a hacerle juicio a la empresa para la que trabajaba. Dice que «siempre hace falta la plata, pero yo no voy detrás de ella. Yo me podría haber quedado con toda la empresa, pero no es mi fin: toda la vida fui pobre, pero honrado y quiero seguir estando orgulloso de gratuitamente defender la vida».
 

Igual de tajante es al hacer su diagnóstico de lo que está pasando con los agrotóxicos en Entre Ríos: «acá se están derrumbando de cáncer. Yo he visto a mi propio hermano, a niños morirse de esto, a mí no me la contaron».
 

«Siempre digo que soy la sombra del éxito, un éxito inexistente porque es un castillo de arena. Esto está dando plata ahora, pero somos doce millones los afectados. Yo no sé qué hay que hacer, sólo marco lo que se está haciendo mal y que no hay manera de tirar este producto que no afecte, hay que sacárselo de la cabeza.»
 

En Basavilbaso, Tomasi se ha transformado en una especie de paria por sus denuncias: muchas personas dejaron de visitarlo, recibió innumerables amenazas telefónicas y la casa tiene varios vidrios con rastros de pedradas.
 

«Yo doy mi nombre, mi dirección para que los ingenieros agrónomos, los médicos, los políticos vengan a discutir el tema, pero nunca tuve la suerte que ninguna autoridad se interese por el tema: cuando salen a la luz es porque la opinión pública se pone de pie.»



Nota:

* http://www.telam.com.ar/notas/201505/103615-agrotoxicos-vida-salud-fabian-tomasi.html