Páginas vistas en total

jueves, 21 de febrero de 2013

Grecia: Zisis muy enojado



Kostas, al fin te encuentro, no quise ir a tu trabajo ni a tu casa. No quise ir a tu trabajo porque no quiero ahora que me vuelvan a meter preso, en esta vejez empobrecida, mudado a un sucucho que ni calles de referencia tiene porque no pude pagar más los alquileres de la casa que tu conociste, modesta, pero casa al fin. ¿Cómo iba a ir a ese edificio lleno de polis? Tampoco quise ir a tu apartamento para no sobresaltar a Adrianí, tu mujer, que no hubiera sabido disimular mi visita, fíjate, la de un veterano comunista en el domicilio de un comisario.

Mira, Kostas, que así como están las cosas, y no es por ti que lo digo, compréndelo, mil veces en los momentos que vivimos preferiría ser amigo de tu colega sueco Wallander, de los italianos Montalbano o Brunetti o del islandés Erlendur Sveinson… Tendría otro autor, ¿comprendes? Mira a Mankell, el de Wallander, cuando se jugó en alta mar contra el bloqueo a Gaza y los palestinos.

Un camarada suramericano, me han avisado, de uno de aquellos países más australes no puedo afirmar ahora con frente desde cual banda a un gran estuario, ha leído un libro con dichos que nos involucran, Jaritos. Me han dicho que el libro que el camarada ha leído no te tiene a ti de protagonista sino que nos tiene a todos los griegos pero como agonistas, dicho esto en el sentido de estar nosotros como con una espada sobre nuestras cabezas y pendiendo, tal acero, de una mera cerda de crin de caballo. Me han contado que el camarada suramericano se ha puesto mal con la interpretación, y me he enojado, Kostas… Me he enojado, claro que no con el suramericano.

Cuando Adrianí no quiso subir más a tu Mirafiori aquel hombre, no el camarada, claro que no, te hizo comprar un Seat con el argumento, en boca de tu yerno Fanis, de que así se daba una mano a los españoles, que ya estaban de paro, no aludiendo que a quienes con la transacción se engrosaba la billetera era a los germánicos dueños de la fábrica de los coches. Y ahora escribe, más o menos así, que tu y tus colegas y otros trabajadores  sois, entre muchos otros más, como también nosotros los comunistas, culpables del hundimiento de este país. A nosotros, y no duda con la filiación, nos acusa, mediante una de esas hipérboles del habla, de que planteando, como planteamos, se salga del euro para volver a los dracmas queramos, como tristemente pasó hace dos décadas en la patria de Lenin, que los pillos se hagan dueños a precio de bicoca, ahora y aquí, del mismísimo Partenón, ya que no de las almacenes Gum. ¡Por favor…!   

Jaritos, perdona que te haya largado este discurso, pero es que estoy enojado. Muy enojado. La maquinaria del capitalismo nos ha subsumido a los pueblos, nos ha expropiado a mansalva, nos ha engañado… y resulta que a todo ello nosotros hemos ido y llegado por nuestra propia voluntad… ¡Las cosas que se leen!