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martes, 2 de abril de 2013

Malvinas. Una microhistoria más para mejor interpretar la historia



Entre abril y los primeros días de junio de 1982, durante la Guerra de Malvinas, nos tocó a un reducido grupo de compañeros organizar la Defensa Civil en una asociación vecinal de un barrio del conurbano noroeste de la Provincia de Buenos Aires cercano a Campo de Mayo, entonces la mayor concentración del aparato militar terrestre (y ocultas en éste prisiones clandestinas donde se torturaba a trabajadores y militantes populares, y a las muchachas embarazadas se obligaba a parir con los ojos tapados para que no reconocieran el hospital y robarles sus bebés; nosotros, los militantes, eso lo sabíamos).

Dada la veda al quehacer político popular impuesta por la dictadura iniciada en 1976, y sobrevivientes de las persecuciones, un reducido grupo de muchachas y muchachos (para quienes yo con apenas cuarenta años era “el nono”) hacía un año que habíamos ingresado a aquella Sociedad de Fomento. El propósito inmediato había sido revivir la actividad recreativa y cultural del barrio, reestablecer lazos sociales, vencer al miedo.

Tres días después de la huelga general y de la concentración en oposición a la dictadura, el 30 de marzo en la Plaza de Mayo de la capital, cuando cada uno del grupo participó según sus filiaciones, ocurrió el desembarco en Malvinas. No habrían pasado más de dos semanas cuando fuimos convocados presidentes y secretarios de una treintena de asociaciones de vecinos a una reunión con el intendente municipal. El cargo lo ocupaba un viejo referente del partido radical heredero de Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen que había sido elegido para el cargo por voto popular en 1973, en minoría, es cierto, cuando el peronismo por disidencias entre facciones no presentó candidatos y decenas de miles votaron en blanco (había sido ungido, como se dijo, en minoría; luego los militares lo habían defenestrado y más tarde reincorporado, porque no tenían a quien poner en su lugar).

Lombardo, el intendente, nos pidió que organizáramos la Defensa Civil en cada uno de los barrios. Nos dijo que él era consciente que la mayoría de nosotros rechazaba al gobierno dictatorial, pero que nos lo solicitaba ante el grave riesgo que corría la población. En conversaciones más reservadas con otros jerarcas municipales nos dijeron que se habían enterado oficiosamente que en las altas esferas militares se presumía la posibilidad de un bombardeo británico. Nuestra “misión”, declarado un alerta de bombardeo, era movilizar de cualquier manera y mediante propios medios, sin ninguna ayuda, a los pobladores más vulnerables a través de más de diez kilómetros hacia fuera del área de riesgo.

Esa noche el grupo peronista, socialista y comunista se reunió en casa (casa que ya no existe porque cinco años y medio después, en enero de 1988, fue incendiada ex profeso en significativa coincidencia con el alzamiento del “carapintada” Aldo Rico en Monte Caseros, Corrientes). En esa reunión volvimos a caracterizar y analizar la situación. Consecuentemente resolvimos organizar la Defensa Civil en una extensión de sesenta manzanas en las que residían más de mil quinientas familias trabajadoras, la mayoría entre modestas y pobres. A esas familias pertenecían unos cuatro mil niños y adolescentes. Se decidió por dos razones: si se concretaba el bombardeo garantizar la autoprotección de la mayor cantidad de vecinos y, también en primer lugar, producir una movilización de organización y autodefensa de esencial experiencia incluso si aquella amenaza aérea no se concretara. 

Fue una tarea ardua, con relevamientos casa por casa, de personas y sus edades, de reservas de agua y de camiones, coches, motos, carros, bicicletas y hasta carretillas, la incorporación de colaboradores efectivos y potenciales (responsables de manzanas, conductores de vehículos, paramédicas, electricistas, mecánicos, etc.). En el lapso de la guerra se realizaron con los vecinos tres reuniones de análisis de la situación que tuvieron carácter masivo. En ellas entre todos se habló de política, de rescatar a los partidos populares y a los sindicatos como expresiones de los intereses de la base social, y se saludó a la solidaridad latinoamericana.

En el ámbito más reducido de los “militantes” y algunos allegados que se iban sumando, a partir de información periodística de la época reflexionamos entonces sobre la intención del imperialismo, en el marco del calentamiento de la “guerra fría”, de conformar por entonces una Organización del Tratado del Atlántico Sur (OTAS), una suerte de “filial” de la norteña OTAN, y que en tal advenimiento había un gran interés anticomunista mutuo, pero a la vez en rivalidad, de la Sudáfrica del entonces apartheid  y de la dictadura argentina, con Massera a la cabeza. Ahora el Gobierno de Estados Unidos reflota el proyecto, refiere Raúl Zibechi en un artículo que en enero de este año publicó ALAI (http://alainet.org/active/61117&lang=pt).

En los inicios de la década de 1980 Estados Unidos e Inglaterra observaban. Estados Unidos vigilaba con atención su patio trasero haciendo guiños al egocéntrico y alcohólico Galtieri, a quien engolosinaba llamándolo “majestuoso general”. El mayor afán de “nuestros” dictadores era componer las cortes de los amos imperiales, y en esa febril ambición, cuando ya aquellos amos torcían sus pulgares hacia abajo concluida la tarea “reorganizadora” de diezmar la voluntad de los mejores, no se les ocurrió mejor idea que producir un hecho de fuerza que los reposicionara. Pero no que los reposicionara ante nosotros mismos, los pueblos sufridos del sur americano, sino que los reposicionara en la materialización del sueño de la OTAS.

La todavía Unión Soviética, Cuba, y otros gobiernos latinoamericanos sin duda que no desconocían ese general cuadro de situación. Simplemente actuaron con estrategias y tácticas de la política, como nosotros muy modestamente en aquella asociación vecinal de algo más de mil quinientas familias trabajadoras, la mayoría entre modestas y pobres.

Sobre esta caracterización de aquella “recuperación histórica” hay otros materiales de análisis, entre ellos un artículo de 1985 de Alberto Justo Sosa, y los por él citados (http://www.amersur.org.ar/PolInt/OTAS.htm). Aquí solamente recurrimos a la memoria personal.