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viernes, 5 de abril de 2013

Drama: más de cincuenta personas muertas en Buenos Aires



Algo más de cincuenta personas muertas, la mayoría de ellas, se presume –todavía no se ha confirmado–, ahogadas por los anegamientos consecuentes a la lluvia. No hemos escrito que esos anegamientos han sido consecuencia de una precipitación pluvial, es cierto que extraordinaria, sino que han sido consecuentes a ella: es decir, que los anegamientos que provocaron las muertes por asfixia por sumersión sucedieron después de la lluvia, no “por” la lluvia. No fueron consecuencia de un fenómeno estrictamente natural o de la fatalidad las causas del anegamiento que mató por asfixia a la mayoría de las más de cincuenta personas muertas. En otros factores hay que enfocar la atención y especialmente en conductas humanas. Mientras ocurrían las muertes los máximos responsables de las ciudades de donde los muertos eran “ciudadanos” se encontraban de vacaciones en las playas de Brasil: el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, y Pablo Bruera, Intendente de la Ciudad de La Plata, capital de la más poblada provincia argentina. Los auxiliares de este intendente pretendieron disimular su ausencia poniendo en las mentadas “redes sociales” imágenes de él “asistiendo” a damnificados; el propio Bruera desmintió la autenticidad de esas imágenes. Macri, más brutal, reivindicó su derecho a descansar.

Ambas ciudades están dirigidas por equipos de destacados miembros de la clase media, y en su mayoría pertenecen a esta “capa” social los electores que los ungieron en sus puestos de gobierno. Entre las víctimas fatales, las más de ellas, con seguridad, podrán ser calificadas como pertenecientes a los sectores sociales menos beneficiados y “vulnerables”, más extensos pero menos decisorios en cuestiones políticas. ¿Por qué se dice menos decisorios siendo que en número podrían ser más? Porque en las burocracias pesan más algunas “cualidades” que las cantidades: muchos bienintencionados y hasta voluntariosos en un plato de la balanza pesan menos que en el otro plato unos pocos con habilidades en las “técnicas de gestión” y que además son muy pillos o al menos bastante.  

En la Ciudad de Buenos Aires, el Barrio Mitre, un enclave de menos de media docena de hectáreas dentro del más extenso barrio Saavedra y cerca del de Núñez, sobre la comercial avenida Cabildo que lleva hacia Belgrano, en el límite norte de la ciudad, tiene una historia de tristezas y de olvidos. Tristezas de sus pobladores y olvidos de “los ricos” ya desde 1940 cuando allí se constituyó una de las primeras villas “de emergencia”, “miseria”, “morro” o “cantegril” de familias trabajadoras rurales atraídas por la gran capital (o, más precisamente, por el gran capital). En 1957 un incendio destrozó el asentamiento y sus pobladores fueron trasladados al gran monumento a la inequidad luego demolido en marzo de 1991: el “Albergue Warnes”, una enorme mole de hormigón en el centro geográfico de Buenos Aires que se había comenzado a construir con destino a un hospital pediátrico nacional y que caído el Gobierno de Juan Perón quedó abandonado.

Un año después, en 1958, el gobierno surgido del golpe cívico militar que había derrocado a Perón inauguró el “Barrio Mitre” con casitas muy modestas destinadas a los damnificados de aquel incendio. Desde aquel momento hasta ahora transcurrieron cincuenta y cinco años. Quizá son tres las generaciones de pobladores que en este lapso, y sin solución de continuidad, continuaron tanto sumando habitaciones y mejorando sus viviendas sin dejar de ser “olvidados” y “discriminados” cada vez que el “progreso” se acercaba a su geografía habitacional. En estos cincuenta y cinco años en la proximidad del Barrio Mitre se construyó la primera autopista argentina, el llamado Acceso Norte o Ruta Panamericana, edificios torre para industrias y oficinas de lujo, se reconstruyó integralmente la avenida General Paz y se instaló un “súper shopping”, el “Dot Baires”. Y oscura, no clara, el agua no pudo escurrir y salir de la ciudad.

Pasó otro tanto en las barriadas periféricas de la otrora “modernísima ciudad de las diagonales”, La Plata, fundada, diseñada y construida inicialmente a fines del siglo XIX tras el exitoso implante de estancias agropecuarias en el sur de “la provincia de” Buenos Aires –de allí viene el escribir provincia con inicial minúscula– en la fértil pradera donde con “las armas de la patria” (marca Rémington) se aniquilaron decenas de miles de pobladores originarios para inaugurar un selecto núcleo de “terratenientes” familias oligárquicas.

Administrar tanta producción y acumulación de riqueza en pocas manos discriminando a multitudes del progreso requirió de “especialistas”, de “gestores”, de “vigilantes”. Requirió de una clase intermedia, intermediaria, de la clase media, a la que se pudo ingresar libremente con sólo adoptar convicción de pertenencia y obediencia (de conveniencia).

Así estamos, así anegados. Pero así todo se puede renunciar a ser “clase intermediaria” en la sumisión y explotación de los más. Para acometer con tal renuncia solamente es necesario pensar, pensar y practicar otras convicciones, no las de conveniencia personalísima.