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domingo, 28 de enero de 2018

Lula | “Otros modelos, otras personalidades”, una entrevista al sociólogo Horacio González en enero de 2003




Veterano observador del Brasil y conocedor del PT –González, escribió Tagliaferro en 2003–, explica el cimbrón que significa para el continente que surja una nueva identidad política de la mano de Lula. La política imperial de EE.UU., la [entonces] crisis argentina y el quiebre en Venezuela, a la luz de lo que puede ser el nacimiento de un nuevo ordenamiento.



Nosotros, descubierta esta “perlita periodística”, la reproducimos con original fotografía de entonces y todo porque alumbra al análisis que hoy hay que obligadamente hacer cuando un aparato judicial tan obediente en Brasil como en Argentina procura a pie firme, cual destacamento militar, correr a Luiz Inácio da Silva de la candidatura presidencial en su país. Los "visires" del imperio que vaticinó González –nosotros los llamamos virreyes– están instalados... G.E.





















Por Eduardo Tagliaferro, en Página|12 del 12 de enero de 2003




Lejos de las etiquetas o las definiciones de manual, el sociólogo Horacio González recurre a sus conocimientos sobre la realidad brasileña y a sus experiencias personales para desentrañar el fenómeno que Luiz Inácio Lula da Silva está protagonizando en Brasil. “Apelando a mi experiencia con el sindicalismo peronista, no podía creer que el principal intelectual del PT llegara a una reunión con Lula y apoyara sobre su escritorio dos libros. Para colmo dos libros de Rosa Luxemburgo”, cuenta, para definir el clima que suele rodear a este nordestino que hoy deslumbra por igual a los sectores populares y empresariales y que comienza a ser mirado atentamente por los ojos de la administración norteamericana. El encuentro del que habla González se desarrolló a principios de los ‘80 en la sede paulista del PT. “Enseguida comprendí que para Lula eso era algo natural y formaba parte del clima de porosidad intelectual y cultural que se respira en Brasil”, comenta. No se le pasa por alto que muchos de los escenarios imaginados por Carlos Marx hoy condimentan la llegada de Lula al gobierno y al poder. “Es emocionante ver a Lula y a la clase trabajadora heredando toda la cultura compleja de una nación”, resume parangonando teoría y práctica. Lula, Latinoamérica, las perspectivas de Argentina y su mirada sobre la izquierda, la dirigencia política y los empresarios argentinos aparecen en este interesante diálogo con uno de los intelectuales más lúcidos que hoy puede encontrarse en las aulas universitarias.


–¿Cómo definiría el escenario que se abre con el ascenso de Lula?


–La complejidad es la nota característica de la política en Brasil. Allí conviven refinados acuerdos y voluminosas luchas sociales que a su vez originan grandes transiciones históricas. Tal el paso del Imperio a la República. Estos acuerdos y luchas sociales también originan notables formas de violencia y salvajismo. Digo esto porque al volver de Brasilia, Elisa Carrió pareció fascinada por esta política acuerdista casi florentina que hay en Brasil, pero no debe olvidarse que estas formas convivieron históricamente con los procesos violentos de las dictaduras, que marcaron a fuego a la izquierda brasileña, y también por la forma en que se desarrolla la lucha secular por la apropiación de la tierra. El Estado brasileño creció con repartos de áreas de influencias, capitanías y baronías que se notan en la distribución geográfica de Brasil. A diferencia de nuestro país, el despojo a los indígenas no lo organizó el ejército sino ejércitos privados y capitanejos. Esto no impidió que se desarrollara en Brasil una fuerte política indigenista. La gran novedad es que Lula permite que Brasil esté en giro hacia algo que habrá que definir como una nueva forma de izquierda. Hecho que a su vez habrá que redefinir, porque si uno asegurara que hay un giro a la izquierda supondría que hay una cartilla fija para ese cambio. Giro incluye definir hacia dónde se gira.


–¿Y hacia dónde puede girar Brasil?


–En Brasil no deja de haber ciertos aspectos de continuidad con Fernando Henrique Cardoso en temas tales como geopolítica. Toda la clase militar y política tiene esto muy presente en Brasil. Ellos parten de la homogeneidad que les da ser el único país de América latina que habla otro idioma. Sin embargo, a Brasil le falta esa nota argentina que ellos tanto miran y que es la integridad social que da la educación. Aún con sus avances y con nuestros retrocesos, ellos todavía no tienen el aparato escolar que, a pesar de su deterioro, tiene la Argentina. Brasil tiene que lidiar con grandes cifras de analfabetismo y a pesar de que recién hace 20 años ha creado lectores, hoy tiene un mundo editorial mucho más complejo que el nuestro. Además, la vida educativa se ha expandido a las zonas del hambre. No olvidar que en Brasil persisten zonas de hambre crónica que no es el hambre argentino. Faltaba la clase política y el momento histórico, ese clima indefinible que crea la historia y que en Brasil ahora se creó. Todo eso que Brasil no tenía: la integración social de los marginados a un mercado de consumo, a un sistema educativo, sindical, eso es Lula. Es la incorporación de muchos sectores a la vida activa, los oficios, la escuela y la palabra. La comida como la gran metáfora del lazo social combinado con la lucidez que Brasil tiene en la estructura pública y privada lo convertirá en un país con una gran responsabilidad en el continente. Sé que de haber existido en Brasil una experiencia como la del peronismo, con los intelectuales y sindicalistas que éste produjo, hubiera sido imposible la existencia de un partido como el PT.


–¿Qué desafíos piensa que enfrentará Lula?


–Entre otras cosas tendrá que evitar producir políticas imperiales en América latina. Tendrá que afinar la discusión con sus vecinos. La Argentina tiene mucho que decirle a Brasil y viceversa. Pero Brasil hoy no tiene interlocutor. En este contexto internacional es una pena que la Argentina esté metida en sus internas justicialistas o radicales y que Venezuela esté tan partida. Hugo Chávez tiene una gran responsabilidad también y es una pena que no haya logrado construir una política para esa clase media norteamericanizada de Caracas que es un horror.


–¿Cómo interpreta las críticas que Lula recibió de algunos sectores de la izquierda argentina?


–Las críticas feroces de la izquierda argentina hacia Lula están totalmente equivocadas. Olvidan que George W. Bush gobierna el mundo. Me da la impresión de que el Movimiento de los Sin Tierra está llamado a hacer una contribución excepcional, ya que aunque le asisten derechos inalienables a la tierra, tiene que evitar que éstos se conviertan en un foco de conflicto. Lula tomó el campo cultural del folletín brasileño amoroso y basta ver las escenas de su asunción en las que, además de mostrarse como producto de una transición histórica, no dejó de presentarse como el marido de Marisa, a la que mencionó por su elegancia. Esto forma parte de la formación sentimental brasileña, pero también tiene sus límites y además espero que abandone el tono evangélico que tuvo su campaña. Lula tiene en sus manos una alquimia muy interesante. La capacidad de aprendizaje de Lula demuestra una vez más que el saber y el conocimiento no son necesariamente lo que dicen los sabios o lo que se enseña en la Universidad. Los sabios también pueden ser los inmigrantes que parecían no saber nada y sacan de sí lo mejor de la experiencia humana.


–¿A Bush este fenómeno tampoco le pasa inadvertido?


–Por cierto, Bush mira esto con mucha desconfianza. Tal vez como mira a Corea del Norte, sólo que alguien le debe haber dicho todos al mismo tiempo no. O quizás alguno reparó que Brasil es otra cosa. Henry Kissinger conoce mucho Brasil, pero no estoy seguro que la actual administración conozca profundamente lo que sucede en Brasil. A pesar de que los Estados Unidos formaron al ejército brasileño, la discusión intelectual que se da en esa fuerza sobre el rumbo latinoamericano es mucho más interesante que la que se da en la Argentina con los engominados carapintadas. En Brasil hay una clase industrial, una clase burguesa que en la Argentina se extinguió. Allí no sólo se coleccionan cuadros o se hacen obras de beneficencia.


–¿Puede la responsabilidad de un gobierno latinoamericano frenar políticas imperiales?


–La guerra es un límite para la humanidad. Es difícil suponer cómo saldrá la humanidad luego de bombardear Bagdad o después de la implantación de un gobierno títere o de que Estados Unidos se quede con el petróleo. Es difícil saber cómo evolucionará la humanidad luego de este retorno a los imperios clásicos con la apropiación de la riqueza por parte de los países poderosos merced a ejércitos de ocupación. En su libro Imperio, Toni Negri piensa al centro imperial con muchas mediaciones, pero no parece que Bush haya leído ese libro. Sus modos son mucho más banales, chabacanos y tradicionales. Recurre al dedo sobre el misil. Sin embargo hay un pensamiento político alternativo a desarrollar. Brasil está en mejores condiciones de hacerlo pero no descarto que aquí pueda hacerse también.


–¿Qué puede ofrecer nuestra clase dirigente?


–Desde los genocidios indígenas hasta las dictaduras militares, los gobiernos y los políticos no se han lucido por evitarlos. Me da pena la actual clase política. Los miro desprejuiciadamente y no veo nada. De vez en cuando alguien dice algo, pero los discursos completos no convencen. Por ahí Carrió dice algo y al otro día se la escucha diciendo una torpeza. No veo que ningún empresario salga a decir nada. Siempre espero ansioso escucharlos, pero nunca dicen nada. Decir algo es poner entre paréntesis mi reivindicación propia. Estamos frente a los últimos corcoveos de una clase banal que encubre asesinatos y otras aberraciones.


–Son muchos los pensadores extranjeros que miran a la Argentina como un laboratorio. ¿Qué puede incubarse en esta gran probeta?


–Somos un laboratorio. Me parece que se incuba una concepción nueva de la ciudad. Las asambleas en las plazas eran bárbaras y ahora persisten en otros ámbitos. Todas han perdido algunas perspectivas y ganado otras. En los cartoneros que recorren la noche tiene que surgir un nuevo tipo de cooperativismo. Las fábricas tomadas son un punto diminuto en el contexto productivo pero desde lo simbólico son una nueva dimensión sobre el trabajo y la dimensión del hombre. Son todas ideas que pertenecen a la izquierda, pero hay que decirlas sin que aparezca el retintín dogmático. Hoy ser de izquierda es ver lo nuevo. Es no contar con esa cartilla en la que estaban todas las definiciones. Sería muy beneficioso para el país que los partidos tradicionales no sobrevivan, ya que son un obstáculo. Sin embargo, hay que tratarlos con cuidado ya que allí hay miles de personas que son cofres con memorias muy interesantes. Decirles obstáculos es muy duro, pero en verdad estas dos identidades son incluso un freno para las personas que participan de ellas. Se impone una nueva fórmula política que no repita las tradiciones de peronistas y radicales. De lo contrario no tendremos país y se impondrá la regionalización con un visir de Bush.