Tenía diez años, cursaba yo el cuarto grado de la Escuela
primaria Nº 21 del Consejo Escolar Nacional Nº 16, en la calle Acha entre
Mendoza y Olazábal, en Buenos Aires, cuando luego del duelo
comenzamos a cruzar cada día el ángulo superior de las páginas del cuaderno con una pequeña franja
negra en diagonal. No recuerdo con qué elemento o material o tintura la
hacíamos, porque entonces no había fibrones
o marcadores. Quizá con tinta china, que sí había. Probablemente eso lo manejara
la señorita
Machiavelli, la maestra, que era hija de un contralmirante de
la Armada y sus alumnos creíamos que pretendida por el maestro de sexto grado.
La voz grave del
locutor de Radio Nacional, todos los días, al iniciar el Boletín Informativo
que desde el 26 de julio de 1952 se adelantó cinco minutos, tampoco recuerdo
cuánto duró ese adelanto, repetía: “veinte y veinticinco, hora en que Eva Perón
pasó a la inmortalidad”. Nosotros, mi familia, salía poco del barrio hacia el
centro de la ciudad, en casa no había todavía televisión, recuerdo solamente
una avenida, la De los Incas, al cruzar Álvarez Thomas, con las farolas de los
canteros centrales cubiertas con crespones negros. Me dijeron que todas las avenidas estaban igual.
En casa mis padres no eran peronistas. Mi padre años antes había ingresado por concurso como educador
civil en un liceo militar nacional, era profesor de lengua y literatura, y
nunca lo obligaron a afiliarse al partido de gobierno ni a llevar su escudito en la solapa del saco. Mi madre era una mujer
de barrio, hija de inmigrantes españoles, que tenía respeto y consideración por
Eva. Algunos parientes, recuerdo, eran gorilas.
Yo nunca fui antiperonista, aunque sí crítico del papel
jugado por el peronismo en la historia.
Pienso que en el sesenta aniversario de la prematura muerte
de Evita, diminutivo con el que en el pueblo la recordamos, es merecido el
homenaje del Gobierno al disponer que nuevos billetes de cien pesos con su
perfil reemplacen los vergonzosos con la efigie del genocida oligarca Julio
Roca. Imagino la leve sonrisa de satisfacción de Osvaldo Bayer, aunque en su
momento propuso que la imagen de reemplazo fuera la de Juana Azurduy.
Será Eva Duarte la primera mujer en aparecer en los billetes
de papel moneda argentinos, otras más, muchas, merecen y merecerán en lo
sucesivo ese reconocimiento.
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