(Las observaciones que siguen de ninguna manera dan
argumentos a los energúmenos reaccionarios suramericanos, continentales y del
mundo. Ellos no caen en actos fallidos sino que conscientemente depredan, roban
y matan o son cómplices de ello.)
En Bariloche, con fondo de Nahuel Huapi –en
lengua mapudungun isla del tigre, o quizá, dado el lago, tierra del tigre que
se puede regar, originalmente montañas, tierra y agua de la nación mapuche–, la presidenta Cristina
Fernández de Kirchner dijo ayer en la conmemoración del 25 de
Mayo: “Le hemos devuelto a los
argentinos la Patria que les habían
arrebatado”.
¿Por qué no dijo “nos
hemos devuelto los argentinos la Patria que nos
habían arrebatado”, o, quizá mejor: “vamos recuperando los argentinos la Patria
arrebatada”? O, mejor todavía, podríamos entre muchos decir que mejor sería
proponernos hacer más, mucho más y mejor de lo hecho, deshecho y rehecho hasta
ahora (¿como YPF?, sí, como YPF): y más que recuperar una nación hacer desde
ahora, juntos tantos usurpados, una fusión de naciones.
Dijo la Presidenta, sin precisar al sujeto tácito de la
acción de devolver, que se había devuelto una Patria que había sido arrebatada
a los argentinos. Tampoco precisó,
identificó o señaló al arrebatador o los arrebatadores.
Es cierto que en las últimas décadas del siglo pasado no
fueron pocos los concretos arrebatadores y sus necesarios cómplices. Sucedió
así entonces, concretamente, como expresión de la agudización violenta de la
crisis, no aludida por la señora, de un modo de producción social en debacle y
con despilfarro por parte de su clase dominante.
Pero, también hay que tener en cuenta que esa Patria a la
que sí alude es, esencialmente, nada más que un hecho cultural, simbólico, forjado
insistentemente en los imaginarios, y que quizá, así, es aquélla la feliz hija
y heredera de la madre patria a la que tanto antaño también se nombraba. La
heredera (o Patria, una suerte de madre padre, de falsa madre, putativa, que se
apropia de los huérfanos que mismamente genera), sería, así, solamente una
suerte de “estado de paternidad formal”, surgido en un proceso de permanente disputa que tiene como
fecha de referencia al 25 de mayo de 1810, y que cuyo resultado, pareciendo
serlo de un hecho fundacional, ha sido dado escribirlo como nombre propio, con
inicial mayúscula: Estado, Estado Nacional.
Una vez, sobre si correspondía emplear minúscula o mayúscula,
discutí amigablemente con Guillermo O’Donnell. Decía él que debía ser escrito
con minúscula inicial, porque aquél ya de por sí era demasiado grande como para
hacerlo aún más con una la
mayúscula. No se me ocurrió entonces la argumentación de
ahora, cuando, tras su muerte, ya es tarde.
Lapsus linguae
No es este texto difícil, intricado, rebuscado. Lo que es
rebuscado es el estilo de decir como se ha dicho en Bariloche, el que pone
palmariamente de manifiesto una peculiaridad de los pueblos dominados: la
permanencia de su enajenación. Probablemente la Presidenta, si lo hubiera
meditado, no habría compuesto así su frase: “Le hemos devuelto a los argentinos
la Patria que les habían arrebatado”.
Gervasio Espinosa, en la banda occidental del estuario el 26
de mayo de 2012.
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