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jueves, 10 de abril de 2014

Los rioplatenses Mirta Goldstein y Jorge Majfud escudriñan en la cerrazón



Dos textos publicados este 10 de abril en el diario Página/12 de Buenos Aires. Uno de Jorge Majfud, uruguayo, profesor en la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Jacksonville (Florida, EE. UU.), y el otro, fragmentos del trabajo “Linchamientos y violencia por inseguridad o criminalidad”, de Mirta Goldstein, argentina, psicóloga y psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).G. E.



“Noam Chomsky y Tony Blair se cruzan en el aeropuerto”, por Jorge Majfud




En octubre pasado, Noam Chomsky dio una conferencia en la Universidad de Florida titulada Policy and Media Prism (Las políticas y el prisma mediático). Durante más de una hora, con su voz pausada y su incansable osadía de desarticular narraciones oficiales, Chomsky analizó el uso del lenguaje en la prensa tradicional, la información mutilada con fines políticos por parte de los medios que repiten y ocultan como estrategia para crear o justificar una realidad. “Si el público estuviese realmente informado no toleraría algunas cosas”, comentó. Al menos parte del público.

Si los estudiantes de lingüística lloran por la complejidad de sus teorías, por lo hermético y abstracto de algunas de sus explicaciones, el público general que asiste a sus conferencias no puede decir lo mismo: nada hay en ellas de abstracto; cada una de sus afirmaciones es concreta y precisa. Se puede estar en completo desacuerdo con las interpretaciones que hace Chomsky de la realidad, pero nadie puede acusarlo de ser elusivo, cobarde, complaciente o diplomático.



Rara vez se puede decir lo mismo de un líder mundial. Si sus acciones son bien concretas, sus justificaciones abundan en la vaguedad y la distracción, cuando no son meras construcciones verbales. Lo cual no deja de ser una trágica paradoja: aquellos profesionales de lo concreto son especialistas en crear mundos virtuales, construidos en su casi totalidad de palabras. Son ellos los más importantes autores de ficción de nuestro mundo.



Exactamente 24 horas más tarde y a unos pocos kilómetros de distancia, el ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, dio su conferencia en una sala del Florida Times Union de Jacksonville. El día anterior recibí en mi oficina a alguien (un prodigio europeo al que estimo mucho y que conocía al líder británico) con una invitación especial para asistir.



En una elegante sala, Tony Blair se extendió por casi dos horas. A diferencia de Chomsky, Blair no bombardeó a los presentes con observaciones incómodas, sino con frases prefabricadas, complacientes hasta la indigestión, más una plétora de lugares comunes capaces de provocarle pudor hasta a un estudiante de secundaria. Todo sazonado con una dosis tóxica de bromas, algunas muy ingeniosas.



Ni siquiera tuvo un momento de autocrítica cuando alguien le preguntó si no se había sentido humillado por el fiasco de la guerra en Irak. Después de pensar por varios segundos, o fingir que pensaba para la risa de los que estaban allí, repitió el mismo menú de siempre: “Hay momentos en que un líder debe tomar decisiones difíciles...”. Una y otra vez, con palabras diferentes. En ningún caso consideró que el presidente o el primer ministro de una potencia mundial siempre tienen que tomar decisiones difíciles, que para eso están, pero que el hecho de que la decisión sea difícil no significa que estén excusados de cualquier error.



No obstante, ésta fue y ha sido repetidamente la actitud del ex premier británico: ni una sola vez en la noche tuvo una palabra de arrepentimiento, de autocrítica. Por el contrario, la misma soberbia de siempre: nosotros somos los que salvamos y cuidamos al mundo, los que debemos educar a las nuevas masas de jóvenes (los cambios demográficos fue uno de los temas que parecían preocuparlo especialmente) y somos tan buenos que hasta toleramos a los primitivos que no entienden lo que es una democracia. Nunca, jamás, el reconocimiento de toda la brutalidad antidemocrática de la que fueron capaces.



Ni una palabra que aceptara la posibilidad de algún error. El propio George Bush, con todas sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer que la guerra había sido lanzada en base a información errónea. Un error, compadre. El propio José María Aznar, con sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer sus limitaciones intelectuales. “Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes”, dijo en 2007 sobre los argumentos erróneos que se usaron para lanzar al mundo a una guerra de diez años.

El más dotado intelectualmente de la Santísima Trinidad que desencadenó el armagedón que costó cientos de miles de vidas y el descalabro económico, Tony Blair, en cambio, nunca tuvo este atisbo de humildad. Por el contrario, más de una vez repitió esa noche que no se arrepentía de nada. Su rostro parecía estar de acuerdo con sus palabras, que nunca alcanzaron el mínimo de autocrítica. Casi me daba la impresión de estar ante el Mesías, de no ser por su vocación de comediante: “Desde que dejé de ser primer ministro en 2007 he ido a Jerusalén más de cien veces. Mi esposa me dice que lo que cuenta no es la cantidad de veces que he estado allí, sino la cantidad de progreso que haya logrado en el conflicto. A veces ella no me estimula demasiado” (risas).



Ninguna autocrítica. Ninguna palabra de arrepentimiento. Ninguna muestra de imperfección humana. Sólo una broma tras otra, como si en realidad de eso se tratase su trabajo: hacer reír al público, como en algunos circos del siglo XIX se hacía reír a los asistentes usando anestesia.



Es interesante que a los intelectuales disidentes se los califique invariablemente de radicales por el mero uso de palabras, mientras que a los líderes que sumergen en la guerra a pueblos enteros se los considere responsables y moderados. Seguramente la respuesta es la del comienzo: la realidad está hecha de palabras, aunque otros la sufren con los hechos. El divorcio y la contradicción entre realidad y palabra no sólo es una forma de justificar los hechos pasados sino, sobre todo, la mejor forma de preparar los que vienen.



Esto, que debería llamarse dictadura, se llama democracia. El problema, entiendo, está en la democracia, pero no es la democracia. Hay esperanza: todavía se puede estimular la crítica, ese motor original de la democracia, aunque sea con abono. Tiemblo de sólo pensar en el día que nos falte Noam Chomsky, ese gran amigo, ese gladiador de nuestro tiempo. Porque los Tony Blair van a sobrar. Eso es seguro.



No, Chomsky y Blair no se cruzaron en el aeropuerto de Jacksonville. Me reservo las palabras del primero sobre ese hipotético encuentro.



 “Matamos la civilidad”, por Mirta Goldstein




Nuevos linchamientos en muchos lugares del país vuelven a poner sobre la mesa la preocupación por estos hechos, que han merecido diferentes y abundantes comentarios. En el debate social que se generó entraron a jugar las dudas sobre si estos ladrones eran víctimas o victimarios y si los vecinos que intervinieron en las agresiones son víctimas o victimarios. El mismo debate se dio en torno de si estos ataques constituyen una defensa personal o del prójimo ante la inseguridad, o si se incluyen dentro de los delitos individuales y colectivos con sus merecidas penas legales. Por supuesto hay posiciones encontradas respecto de estos temas. Resulta obvio que en estos hechos se conjugan factores y motivaciones individuales, sociales y políticoeconómicas. Lo que no resulta tan obvio es quién es el verdadero damnificado. No acuerdo en que se ataca a la democracia, ya que estos sucesos forman parte de las posibilidades que este sistema habilita: la elección individual y colectiva de utilizar la violencia o la no violencia y hacerse responsable de esa elección, de estar dentro de la ley o en sus bordes aun en condiciones extremas. Y esto tanto para el ladronzuelo, el ladrón a gran escala, el de guante blanco, como para la ciudadanía honesta. Y aquí quisiera hacer la distinción entre inseguridad y criminalidad. Si aumentó la inseguridad es porque aumentó la criminalidad. Y este aumento, con profundas raíces socioeconómicas, responde también a un factor que atañe al juego que se da en democracia: puede haber respeto a la civilidad y a la institucionalidad o irrespeto a la eticidad y a la civilidad. El crimen tiene responsables y amerita políticas económicas, jurídicas y educativas para combatirlo, en cambio la inseguridad es un eufemismo que la estadística recoge como objetivo, por ejemplo midiendo cuántos habitantes se sienten inseguros y cuántos no. La gallina de los huevos de oro que todos matamos en estos hechos es la civilidad misma. La civilidad no es un sistema político sino un orden ético. La civilidad no deriva directamente de la educación formal o lo culto como status social, sino de una eticidad relacionada con la concepción de respeto respecto del semejante.




miércoles, 9 de abril de 2014

Europa: el discreto encanto de la burguesía, por Álvaro Cuadra*



(Este artículo ha sido distribuido por la Agencia Latinoamericana de Información ALAI el 8 de abril de 2014.)

Para cualquier analista o historiador resulta muy interesante advertir cómo en Europa vuelven a resurgir movimientos políticos de extrema derecha. El fenómeno se repite en países tan distintos como Francia y Grecia, los síntomas son los mismos: racismo, xenofobia, intolerancia y violencia. El viejo continente conoció de sobra este tipo de prácticas políticas, aquello que durante la época de exacerbación ideológica se llamó “fascismo”, en todas sus variantes.

En la actualidad, muchos de los vicios políticos que se atribuían a América Latina y otras regiones más pobres del planeta se están reeditando en los países europeos. Se argumenta que una prolongada crisis económica capaz de crear millones de desempleados es el caldo de cultivo ideal para toda forma de populismo y prácticas antidemocráticas. Lo cierto, empero, es que más allá de circunstancias históricas concretas, las ideas de extrema derecha nunca han abandonado suelo europeo.

Tal como escribió Albert Camus en su célebre novela “La peste”, una magnífica metáfora de nuestro asunto; una vez superada la epidemia, los microbios siguen allí, en las rendijas de la sociedad, esperando una nueva oportunidad. Esto parece ser cierto en Europa y en cualquier otro lugar del mundo. La exacerbación nacionalista corre a la par con una crítica frontal a la Unión Europea. Los protagonistas de los movimientos de la derecha extrema pertenecen a esa “classe moyenne”, seducida y domesticada en el consumo suntuario que sienten como amenaza la presencia de la piel oscura de africanos y árabes, lo mismo que los acentos exóticos venidos del este europeo.

Las elites europeas están muy lejos de aquel ideario burgués de 1789, “Liberté, Egalité, Fraternité” y más lejos de aquellos “Estados de Bienestar” propugnados por los gobiernos socialdemócratas del siglo XX. El “giro neoliberal” en todo el continente, con muy escasos matices, ha sido contundente. Si durante el siglo XX se reclamaba un retorno al humanismo para hacer frente a lo que denominó “la irrupción del fascismo”; en la hora presente, hora posmoderna que señala el ocaso de las “ideologías” y de las convicciones, resulta ingenuo esperar algo parecido.

La Europa “poscomunista” parece encaminarse hacia un fortalecimiento de la extrema derecha, lo que encuentra simpatías en sus homólogos estadounidenses y no pocos latinoamericanos. De hecho, en este tiempo de globalización y cultura híbrida, Marine Le Pen, mezcla de Juana de Arco y de Evita, declara que su movimiento es una suerte de “peronismo a la francesa”. En esta era de un tardocapitalismo global, el discreto encanto de la burguesía1 va tomando los tintes chauvinistas y xenófobos de aquellos años que precedieron a los totalitarismos populistas en Alemania e Italia con toda su secuela de horrores.


Notas:
* Álvaro Cuadra es investigador y docente en la Escuela Latinoamericana de Postgrados (ELAP), de la Universidad ARCIS (Chile)
1 Que en su filme con ese título reflejara Luis Buñuel (Nota de G. E.)

sábado, 5 de abril de 2014

“¿Mejor tener un ladrón menos que decenas de asesinos sueltos?”



“Los que golpearon a David Moreira hasta matarlo ¿eran conscientes del delito que cometieron? ¿Habrán pensado que era mejor tener un ladrón menos que decenas de asesinos sueltos? Cuando el protagonista de un crimen es un joven de un barrio marginal, se habla de violencia homicida, y cuando ese crimen es protagonizado por señores y señoras de barrios pudientes se pasa a hablar de ajusticiamiento o de palizas. ¿Es que acaso puede haber justicia cuando se parte de la idea de que algunas vidas no tienen valor?”, se preguntó anoche la procuradora Alejandra Gils Carbó al cerrar el segundo encuentro de la agrupación Justicia Legítima.


“Nos preocupa qué sociedad queremos tener”
Jornada en la Biblioteca Nacional e Buenos Aires 
en la que participaron el viernes 4 de abril, entre otros, 
la procuradora Gils Carbó y el periodista Víctor Hugo Morales

 

jueves, 3 de abril de 2014

El verdadero fin de la Guerra de Malvinas

Ilustración en Philip Kelly (1997), Checkerboards and Shatterbelts: 
The Geopolitics of South America, Austin, University of Texas Press.
 
Dijo la presidenta Cristina Fernández ayer, 2 de abril de 2014, en el acto oficial por el Día del Veterano de Guerra:



“La verdad sobre Malvinas es que constituye la base militar nuclear de la OTAN en el Atlántico Sur, ésta es la verdad que no pueden seguir ocultando. […] Por eso nuestro mensaje no solamente tiene que ver con la soberanía, con un reclamo de soberanía. Nuestro mensaje también tiene que ver con un mensaje de paz, en un mundo desquiciado por los enfrentamientos militares, étnicos y religiosos […].” Malvinas, enfatizó la presidenta argentina, es “la mayor base militar existente al sur del paralelo 50”, allí “se maneja todo el despliegue militar británico”, dijo, y afirmó que la misma es empleada también por otras potencias, principalmente por Estados Unidos, manteniéndose en el archipiélago en condiciones de operabilidad inmediata armamento nuclear y misiles que pueden atacar todo el Cono Sur, “hasta Ecuador”. Agregó Cristina Fernández que en Malvinas funcionan “sistemas de inteligencia electrónica” que probablemente están vinculados con el espionaje estadounidense del que se tuvo conocimiento en 2013.



Las expresiones de la Presidenta argentina sin duda que han sido formuladas con previo asesoramiento y conocimiento de hechos y riesgos para la paz que, aunque de manera reservada, deben probablemente ser de conocimiento en el ámbito de la UNASUR y de sus Estados asociados.



Los dichos me retrotraen a 1982.



Desde aquel año y luego del fin de la contienda militar tras la brevísima “recuperación” de soberanía comandada por el dictador Leopoldo Fortunato Galtieri, se vino afirmando que la operación político-militar, apoyándose en los sentimientos nacionalistas devenidos de la tradicional cultura escolar argentina, procuró construir una suerte de legitimación popular de la propia dictadura que, sin lograrlo, cayó, empujada, pudo parecer, por el desencantamiento ocurrido en perjuicio del mismo general que apenas unos meses antes había despertado la casi admiración de un importante sector popular.



Aquella suposición, nos parece, fue funcional a la instalación de un falso punto de inflexión entre el llamado por sus ideólogos y protagonistas (¡qué precisión estratégica!) “Proceso de Reorganización Nacional” (y otros “procesos” similares en América latina) y los nuevos tiempos por suceder a partir de sus “caídas”.  De manera contraria a ese intento la historia demostró la continuidad del “proceso” de reconversión al capitalismo neoliberal esencialmente financiero. Además, con aquella suposición elevada a la condición de irrefutable los vencedores de “la locura bélica dictatorial”, especialmente los súbditos de “la” majestad británica y sus socios de América del Norte, fueron reconfirmados como salvaguardas de la democracia y el auténtico progreso social universal: hasta llegar a Obama y Merkel y pasando por Tony Blair (y Gorbachof): “La Tercera Vía es un camino de renovación y éxito para la moderna democracia social. No se trata únicamente de un compromiso entre la izquierda y la derecha. Persigue adoptar los valores esenciales del centro y de centro-izquierda y aplicarlos a un mundo de cambios económicos y sociales, libre del peso de una ideología obsoleta” (Tony Blair, primer ministro británico, “La tercera vía”, en El Nacional, Caracas, 4.10.1998).



Nosotros, entonces, treinta y dos años atrás tan modestísimos militantes populares y de izquierda como ahora, atentos a las crónicas periodísticas internacionales de la época sobre disputas en sordina entre la Sudáfrica del apartheid e ideólogos de las élites de negocios y militares suramericanas que competían para ser anfitriones de la instalación de una Organización Tratado del Atlántico Sur (OTAS), reflejo simétrico de la ahora tan actual OTAN, hicimos otras lecturas de los acontecimientos. Fueron lecturas urgentes, esencialmente propagandísticas en las organizaciones populares en las que participábamos, y no sistemáticas ni documentadas. Acabábamos de quemar decenas de libros, revistas y otros papeles y no estábamos en condiciones de hacer consultas ni acopio de información.



Vimos que los posibles desenlaces en torno de las dictaduras del Cono Sur, dado el marco internacional existente, nos posibilitaban formular la hipótesis de que en esa disputa en sordina la élite de poder argentina se jugó el todo por el todo para convertirse en la socia pródiga del anticomunismo y el neoliberalismo del Norte. Con un golpe sorpresivo, que no sería desconocido para la cúpula político militar estadounidense, jugaron la chance de quedar mejor posicionados para ser sede y territorio de negocios de la OTAS. El “majestuoso general” Galtieri y sus socios erraron la oportunidad. En el test resultaron descalificados, Inglaterra se confirmó como la opción manteniendo el enclave isleño bajo su dominio y fueron surgiendo los consecuentes relevos “democráticos”.



Este enfoque ya lo hemos expuesto antes a través de ALAI y de nuestro blog. Ahora, disponibles más eficaces herramientas de búsqueda y registro, historiadores y politólogos jóvenes podrán en mejores condiciones revisar tesis probablemente oportunistas, consultar bibliografía dispersa y aportar a una comprensión más profunda de aquellos hechos.

miércoles, 2 de abril de 2014

¡Fuerte abrazo a Guazurary Lenzina...


...gran paisano montevideano con quien nos unen hermosas flores!

Ver http://www.republica.com.uy/arana-y-ubach-respondieron/

lunes, 31 de marzo de 2014

El porqué de mis alteraciones de la presión arterial





—Qué tal, cómo le va, cómo se siente —pregunta el médico.

—Bien, normal… —le respondo—, he venido para presentarme, seré tu paciente, tengo setenta y dos años y acabo de jubilarme. Pero me siento bien, hago vida normal, trabajo…



A Daniel H., joven y cordial médico que me asignó el instituto del Estado argentino para la seguridad social de jubilados y pensionados, no le digo de mis pesares y esperanzas del orden político. Si él, en alguna ocasión, me preguntara el porqué creo yo suceden mis variaciones de presión arterial, probablemente le explicaría. No los problemas arteriales y venosos, claro que no, que Daniel conoce muchísimo mejor.



Probablemente le explicaría, si no demorara la atención de otros pacientes con ello, que de chiquilín, con menos de quince años, manejaba una máquina herramienta como la de la fotografía. Una limadora. Una máquina herramienta que operada por el obrero va con sus repetidos movimientos rectilíneos, como una poderosa gubia, extrayendo material metálico para dar forma a una pieza antes diseñada y dibujada milimétricamente. El operador, yo mismo en mis recuerdos, va alzando o bajando la herramienta girando en un sentido o en otro una manivela en la torreta del torpedo que va y viene, mientras la mesa automáticamente se desplaza en transversal dirección con su morsa y el sujeto trozo de acero que se forma.



Tenía quince años, como mis compañeros de la escuela técnica (en aquellos años escuela industrial de la nación), y aprendíamos a interpretar un plano, a dibujar con tiza y gramil un perfil, y a preparar y manipular la máquina limadora para producir la pieza que luego iría a otros procesos de maquinado: torneado y fresado.



En una etapa final antes de incorporar la parte fabricada a un mecanismo más complejo (otra máquina nueva que se enviaría a otras escuelas industriales para ser empleadas en prácticas como las nuestras), se le aumentaba la tenacidad general y la dureza superficial. Para ese proceso, difícil y peligroso, nosotros asistíamos al maestro de taller quien manipulaba la pieza sobre la fragua y luego la sumergía en las sales de cianuro fundidas.



En un extremo del gran taller, debajo de la sala de dibujo técnico, estaba el pañol del taller de ajuste y montaje. Por turnos los estudiantes, que también barríamos los pisos y aceitábamos morsas y máquinas al final de cada jornada de prácticas, nos encargábamos de mantener ordenado el pañol: el lugar donde se guardaban las herramientas de mano, manuales o eléctricas, los lubricantes en pasta y líquidos, piezas mecánicas pequeñas, barras y otros perfiles de acero y también las sales de cianuro.



Las sales de cianuro estaban en un gran frasco de vidrio grueso con tapa de baquelita roscada, con una etiqueta que mostraba una calavera con dos huesos cruzados y una leyenda con grandes caracteres: veneno.



¡Quince años! Aprendíamos, y jugábamos… A veces nos reprendían porque jugábamos demasiado. Nos reíamos. Descubríamos sensaciones nuevas con nuestras amigas de la escuela de maestras y bachilleres que estaba a sólo doscientos metros de nuestra técnica entonces todavía solamente para varones, y defendimos con cortes de calles, manifestaciones y pegatinas de carteles la escuela pública, la enseñanza para todas y todos, gratuita, laica, cuando Arturo Frondizi (buscar en la Internet) abrió en Argentina las primeras puertas al “nuevo” capitalismo.



Pero nunca jugamos con las sales de cianuro, ni con las máquinas que fabricábamos para que fueran a otras escuelas industriales. Teníamos conciencia de nuestro papel en la historia. Fue cuando algunos compañeros del flamante centro de estudiantes me encargaron la redacción e “impresión” de una revista. Fue mi primera ocupación literaria y periodística. La revista era escrita y dibujada totalmente a mano y con tinta china sobre papel “vegetal”, “calco”, transparente, y luego, con la anuencia del profesor de dibujo técnico, hacía copias heliográficas impresionando con luz a través del “calco” un papel sensible que enrollado se revelaba en un cajón con gases de amoníaco. Cada diez o quince minutos de la media hora que duraba la operación tenía que salir al patio a respirar, ahogado por el amoníaco.



Ahora tengo setenta y dos años cumplidos, cada trescientos sesenta y cinco días debo renovar mi licencia para conducir automóviles, y en el transcurso del tiempo vivido manejé máquinas limadoras, soldadoras eléctricas y oxiacetilénicas, dibujé con tinta china sobre tableros en papel transparente, escribí en revistas, manejé vehículos, fabriqué tallarines, reparé máquinas de escribir, teletipos, aparatos de laboratorios bioquímicos, defendí los modos democráticos en la vida social, enfrenté injusticias y a las dictaduras, compuse y redacté disposiciones municipales y ahora también corrijo el estilo editorial de textos académicos de las ciencias sociales.



No hace mucho una joven autora, luego docente e investigadora universitaria, con su tesis de licenciatura premiada con la edición que a mí me encargaron cuidar, conforme con mi colaboración, me preguntó que acreditaciones tenía para desenvolver ese trabajo. “Soy mecánico”, le respondí con una sonrisa.



Pienso, y es mi profundo pesar, que si fuéramos ahora en el mundo multitudes de mecánicos enseñados como nos enseñaban aquellos otros mecánicos y maestros de mecánicos, si fuéramos multitudes de mecánicos imbuidos de las filosofías de la mecánica y de la política, y conscientes del rol histórico a desempeñar, multitudes de mecánicos nuevos, sí, jóvenes, actuales, ya nacidos en la era digital o naturalizados en ella, vigorosos, hermosas y hermosos mecánicas y mecánicos, enamorados de la vida y gozosos, no habría linchamientos entre pares (unos pares con aparente suerte y otros simplemente desgraciados), no habría todavía tantos nazis y fascistas, no habría hambre ni injusticias como ahora, habría menos ricos y menos pobres, menos vigilancia y menos castigos, y hasta quizá tampoco habría aviones perdidos.



Así le explicaría a Daniel H. el porqué de mis alteraciones de la presión arterial.

domingo, 23 de marzo de 2014

Argentina, Uruguay, Venezuela, Crimea y los secuestrados de Obama



El 24 de marzo es una fecha cara y sufrida para la verdadera historia suramericana. En 1976 significó la concreción final del Plan Cóndor. Desde entonces el capital concentrado y sus aparatos de poder fáctico e ideológico, una suerte de santísima trinidad, reconstituyó su dominio en la geografía global. En Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y Argentina se consolidó la etapa neoliberal primero impuesta a sangre y fuego para luego desvergonzada y exitosamente ser coronada en virtuales plebiscitos. Se trata quizá de la etapa más cruel de los últimos años y que llega a finales del siglo XX.

En la década de 1990 muchos argentinos y uruguayos, caída del escenario mundial la Unión Soviética, izquierdistas románticos y faltos de ideología y voluntad se precipitaron en el conformismo que emanaba de los dictados posmodernos. Hoy merodean subsistiendo en tanto “nuevos profesionales” de la política. Son oportunistas y profundamente dañinos porque desvirtúan las voluntades populares.

El periodista Alfredo Rabilotta en su artículo “Cuando el imperio quiere, pero ya no puede”, distribuido por la Agencia Latinoamericana de Información (ALAI) y que en nuestro blog publicamos antecediendo al presente, define con claridad nuevas instancias en las que asoma el agotamiento y desmoronamiento del auge del capitalismo que “reemplumado” cual Ave Fénix venía aleteando desde fines de 1970 cuando lo remontaron primero la dupla Tatcher-Reagan y luego el Consenso de Washington.

En 1988 y en Moscú, la economista comunista Elena Karpugina nos explicaba a dos decenas de latinoamericanos que la URSS había perdido la hegemonía en el proceso de la historia del siglo por sus moras en la productividad masiva de saberes de ciencia y técnica y de bienes de alta complejidad. Ponía como ejemplo que el Estado soviético se veía obligado a vender en el mercado capitalista invenciones tecnológicas aún no aplicadas. La llamada entonces “perestroika” finalmente abriría la puerta a la unificación automática de las dos Alemanias producto de la segunda posguerra mundial y a la desaparición del “socialismo real” en Eurasia.

En la misma época y en la misma ciudad también Kiva Maidanik1, un intelectual marxista lucidísimo de entonces sesenta años de edad (fallecido en 2006), en dos encuentros de un par de horas cada uno nos ilustró sobre la complejidad de un proceso histórico que en aquella sociedad fue producto de necesidades impostergables de las masas, contradicciones de la época y la oportuna acción de las vanguardias políticas en el plano nacional e internacional, y que promediando el siglo decayó entre otros factores dado los errores del aparato intelectual burocrático. Pero Maidanik, tan buen ruso como Karpugina, y para más guevarista, rescató la potencial voluntad para recomponerse del pueblo ruso y su profunda identidad nacional. Lo traemos a colación ahora porque en la contingencia actual en Ucrania y Crimea los degradados jerarcas del mundo norte-europeo-americano subestimaron esa capacidad. Kiva, en 1988, se despidió de nosotros con abrazos, besos y esta consigna: “Nos reencontraremos”.

En Venezuela, ahora –se repetirá en otros países–, se debate con urgencia “qué hacer” con un montaje ideológico y de “acción” con el que se quiere volver a los años mozos del neoliberalismo capitalista que fundara, como puntualizamos en el primer párrafo, la etapa más cruel de las últimas décadas del siglo XX, y que en Argentina está signada por los años 1975, 1976, 1982-1983 y 1990: un supremo oportunismo político, la dictadura genocida, el optimismo ingenuo y la entronización de la política lumpen y farandulera. Pueblos hermanos y muy cercanos, incluso más circunspectos, no escaparon del modelo.

En unos días más los cancilleres de la UNASUR (Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Suriname, Uruguay, la propia Venezuela y Argentina) se reunirán en Caracas para procurar un modo de resolución de los conflictos que en Venezuela se han presentado crudamente, de manera que no se menoscaben la democracia ni la autodeterminación política de las mayorías populares que eligieron a Chávez y a su sucesor Maduro para conducir a la nación. Según ha trascendido al papa Francisco le preocupan mucho América Latina y el Caribe. El periodista de política internacional y sociólogo Pedro Brieger ha dicho hoy mismo que podría haber, aunque es por ahora imposible confirmarlo, una mediación del titular del Vaticano. La presidenta Cristina Fernández, quien recientemente se entrevistara con Bergoglio, dijo que él le había expresado su profundo interés en que los gobiernos de América del Sur  se mantuvieran unidos.

Pero no todas son rosas en el difícil camino que los pueblos necesariamente tienen que transitar para salir de los atascaderos de la época, con sus dirigentes a la cabeza o metafóricamente con la cabeza de sus dirigentes.

En Uruguay y Argentina hay una disputa de ideas en torno a si corresponde la construcción y sostenimiento de un capitalismo “racional” (atención, se ha dicho racional y no nacional, aunque ambas ideas van de la mano) que resuelva la satisfacción de las necesidades populares. En otros pueblos hermanos esa cuestión no parecería estar en tan fuerte debate. En Argentina el concepto de capitalismo racional está acunado en los nuevos centros académicos. La propuesta se articula con repetidas manifestaciones conceptuales ahora y también antes de Cristina Fernández y Néstor Kirchner.

Malogrados oportunismos y coros aplaudidores

En Argentina no se ha logrado todavía destrabar un conflicto gremial por reclamo de salarios justos de los educadores de enseñanza preescolar, primaria, secundaria y terciaria. La Provincia de Buenos Aires está a la cabeza de la intransigencia de su conducción política que no actuó de igual manera cuando los reclamos fueron hechos por miembros de la policía. Hace apenas cuatro meses, en diciembre de 2013, el gobernador Scioli acordó pagar a los agentes de esa fuerza un salario inicial de 8.570 pesos. Los educadores pretenden ahora un mínimo inicial de 4.860 de la misma moneda, que para equipararse al inicial policial implica trabajar en dos cargos, es decir, en el aula, por ejemplo, de 7:30 a 17:30, y en casa por lo menos tres horas diarias más para corregir y preparar clases, sin contar el tiempo de los traslados y los gastos en movilidad y alimentación fuera del hogar para desempeñar una tarea difícil y desgastante durante por lo menos diez horas cada día.

La presidenta Cristina Fernández se ha quejado con justa razón en su reciente gira por Italia y Francia del “doble estándar” de los países dominantes en Europa y América del Norte que niegan la legalidad del referendo en Crimea de retorno de esa península y su población a su antigua y geográfica pertenencia a Rusia, pero la afirman cuando protagonizan una parodia de autodeterminación los habitantes ingleses implantados en las islas Malvinas a muchos miles de kilómetros del asiento de la graciosa majestad que los gobierna. En Argentina también hay dobles estándares: tiene mejor salario un policía encargado de reprimir delitos en la mayoría de los casos consecuencia de las injusticias sociales que un educador que debe empeñarse en desarrollar conocimientos y actitudes de buena sociabilidad en sus discípulos.

Que muchas maestras, maestros y otros docentes no están a la altura de las circunstancias también es cierto, pero no podrán estarlo mientras sufran las penurias a las que están sujetos aunque en cuotas hayan comprado su primer “cero kilómetro” o un telefonito “más o menos” inteligente (el negocio ha sido de quienes se los venden y financian, no de los compradores). Un educador que no pida licencia porque se enferma y que no proteste con huelgas sino que se perfeccione en su tarea y rinda socialmente –es necesario que esto lo comprendan cabalmente los progenitores y familiares de sus estudiantes– debe percibir un salario suficiente no menor al de un policía, por caso, a cambio de solamente seis horas reloj de desempeño: cuatro con alumnos y dos para estudio propio y otras tareas escolares en el mismo edificio de desempeño.

En sorna, hace pocos días, escribimos que ante el cuadro pintado una alternativa para estos trabajadores sería reclamar, con el pretexto de la tan publicitada inseguridad, el suministro de armas de fuego para portar y posteriormente amotinarse en las escuelas exigiendo mejores salarios.

Los oportunismos del lado occidental del río De los Pájaros y del gran estuario tienen sus equivalentes del lado oriental. Ahora resulta que es un acierto político decir que sí a Obama cuando a través de su embajadora pide que Uruguay de “hospitalidad” (y de paso les eche miraditas) a cinco todavía secuestrados en Guantánamo que pronto irían a liberar. Pero los históricos “alquistas” y “océanopacifiquistas” Miltons, Wilsons y Washingtons blancos y colorados han puesto ahora el grito en el cielo. Cuanto más “amigable” con ellos aparece el Gobierno más le meten trancas y chicanas (¿siguen el mismo plan de acción con el que se acomete contra otras “corruptas dictaduras populistas” movilizando a franjas sociales confundidas?).

¿Debería haberle sugerido Mujica al Presidente de EE.UU. por intermedio de su propio canciller, o si se quiere con menos rango a través de la embajadora de aquél, que lo que debía hacer era liberar inmediatamente a esas personas secuestradas en la base de Guantánamo, transportarlas a sus países de origen y devolverlas a sus comunidades y familias suficientemente indemnizados todos según las leyes internacionales más beneficiosas, y pedir perdón ante el mundo entero por cada uno de los miles de secuestrados, perseguidos, torturados y asesinados por su aparato policíaco-militar. Y sugerirle también que si no lo dejaban hacerlo renunciara sin más?

Habría sido así, sin duda, si otros resultados hubiera dado una consulta de opinión con el título “¿Qué le pediría usted a Barack Obama?” hecha a sus lectores por la edición digital del diario El País en la semana recientemente concluida, y en relación con los anuncios que motivan estos párrafos. El diario ofreció alternativas para elegir, 85,03 % de quienes respondieron se repartieron de esta manera:

29,45 %: Que se quite el requisito de visa para viajar a EE.UU.
24,47 %: Que adquiera productos que Argentina traba.
18,76 %: Ampliar cuotas de ingreso [por importación] de carnes y cítricos [uruguayos].
12,35 %: Que financie obras.



Nota:
1 Kiva Lvóvich Maidanik (Moscú 1929-2006) fue un historiador y politólogo soviético, e investigador del Instituto de Economía Mundial y Relaciones Exteriores de la Academia de Ciencias. En contacto permanente con líderes latinoamericanos tras los numerosos viajes realizados a nuestros países y estudioso de las ideas de Ernesto Che Guevara, entre 1980 y 1987 estuvo expulsado del Partido Comunista de la Unión Soviética por haber mantenido “contactos no autorizados con extranjeros”. En 1988, retirado esos cargos y restituido su rol académico, no se quiso reincorporar al partido que lo había expulsado.