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miércoles, 30 de mayo de 2012

Diez muertos y más de veinte heridos graves. Hechos que no son paralelos

Las notas en este blog no son visitadas por miles o decenas de miles de lectores del mundo. No. Pero se ven y leen en países geográficamente tan distantes de Argentina y uno de otro como la Federación Rusa, EE. UU. de Norte América, Colombia, Chile, Venezuela, Inglaterra, Alemania, Uruguay, Perú, España, Puerto Rico, Cuba y México. Vean la fotografía. Fue tomada horas después de que lo que fuera un ómnibus de pasajeros chocara y se incendiara en la Provincia de Misiones, hoy, cerca de las cataratas del Iguazú (por lo menos ocho ya murieron y otros veinte están heridos gravemente). Chocó y se incendió. Observen la fotografía, que se reproduce de medios de prensa con el único objetivo de ilustrar la reflexión. Reflexiónese: no queda nada, solamente el armazón de tubos metálicos, no quedan rastros de laterales ni de techo. Fue todo consumido, y fue combustible para calcinar a los pasajeros y a los trabajadores que conducían el vehículo de “transporte” colectivo. Estos hechos con artefactos presuntamente construidos para desplazarse a 120 o 130 kilómetros por hora con treinta o cuarenta humanos arriba no pueden ser habilitados por jerarcas gubernamentales lelos. Sobre su construcción y habilitación para circular no deben legislar, normar, regular y controlar personas fatuas, simples y como pasmadas. En Argentina, sépanlo en Rusia, Alemania, Inglaterra, Cuba, Venezuela, Colombia, Chile, Uruguay, Puerto Rico, EE. UU., Perú, México y España hay jerarcas gubernamentales y empresarios, y empresarios, fundamentalmente empresarios, fatuos, simples y como pasmados: estúpidos. Estúpidos, pero responsables de los innumerables daños que se hacen diariamente en pos de las ganancias capitalistas desenfrenadas. Estúpidos, pero penalmente responsables.

sábado, 26 de mayo de 2012

Dime como hablas y te diré…


(Las observaciones que siguen de ninguna manera dan argumentos a los energúmenos reaccionarios suramericanos, continentales y del mundo. Ellos no caen en actos fallidos sino que conscientemente depredan, roban y matan o son cómplices de ello.)

En Bariloche, con fondo de Nahuel Huapi –en lengua mapudungun isla del tigre, o quizá, dado el lago, tierra del tigre que se puede regar, originalmente montañas, tierra y agua de la nación mapuche–, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo ayer en la conmemoración del 25 de Mayo: Le hemos devuelto a los argentinos la Patria que les habían arrebatado”.

¿Por qué no dijo “nos hemos devuelto los argentinos la Patria que nos habían arrebatado”, o, quizá mejor: “vamos recuperando los argentinos la Patria arrebatada”? O, mejor todavía, podríamos entre muchos decir que mejor sería proponernos hacer más, mucho más y mejor de lo hecho, deshecho y rehecho hasta ahora (¿como YPF?, sí, como YPF): y más que recuperar una nación hacer desde ahora, juntos tantos usurpados, una fusión de naciones.

Dijo la Presidenta, sin precisar al sujeto tácito de la acción de devolver, que se había devuelto una Patria que había sido arrebatada a los argentinos. Tampoco precisó, identificó o señaló al arrebatador o los arrebatadores.

Es cierto que en las últimas décadas del siglo pasado no fueron pocos los concretos arrebatadores y sus necesarios cómplices. Sucedió así entonces, concretamente, como expresión de la agudización violenta de la crisis, no aludida por la señora, de un modo de producción social en debacle y con despilfarro por parte de su clase dominante.

Pero, también hay que tener en cuenta que esa Patria a la que sí alude es, esencialmente, nada más que un hecho cultural, simbólico, forjado insistentemente en los imaginarios, y que quizá, así, es aquélla la feliz hija y heredera de la madre patria a la que tanto antaño también se nombraba. La heredera (o Patria, una suerte de madre padre, de falsa madre, putativa, que se apropia de los huérfanos que mismamente genera), sería, así, solamente una suerte de “estado de paternidad formal”, surgido en un  proceso de permanente disputa que tiene como fecha de referencia al 25 de mayo de 1810, y que cuyo resultado, pareciendo serlo de un hecho fundacional, ha sido dado escribirlo como nombre propio, con inicial mayúscula: Estado, Estado Nacional.

Una vez, sobre si correspondía emplear minúscula o mayúscula, discutí amigablemente con Guillermo O’Donnell. Decía él que debía ser escrito con minúscula inicial, porque aquél ya de por sí era demasiado grande como para hacerlo aún más con una la mayúscula. No se me ocurrió entonces la argumentación de ahora, cuando, tras su muerte, ya es tarde.

Lapsus linguae

No es este texto difícil, intricado, rebuscado. Lo que es rebuscado es el estilo de decir como se ha dicho en Bariloche, el que pone palmariamente de manifiesto una peculiaridad de los pueblos dominados: la permanencia de su enajenación. Probablemente la Presidenta, si lo hubiera meditado, no habría compuesto así su frase: “Le hemos devuelto a los argentinos la Patria que les habían arrebatado”.

Gervasio Espinosa, en la banda occidental del estuario el 26 de mayo de 2012.

martes, 22 de mayo de 2012

“Angola”, Gabriel Di Meglio, Guillermo Levy y Andrés Ruggeri


En el diario Página/12 de hoy, martes 22 de mayo de 2012, un historiador, un sociólogo y un  antropólogo opinan, en torno a Angola, sobre “Los prejuicios de los civilizados”.1 Con Di Meglio tuve el gusto de colaborar en el cuidado de la edición en 2006 de su libro Viva el bajo pueblo. La plebe urbana de Buenos Aires y la política… (Prometeo libros). Me parece trascendente poner en esta libreta de notas las opiniones de estos investigadores suramericanos a disposición de nuestros ya asiduos lectores de Alemania, Colombia, Chile, España, EE. UU., la Federación Rusa, Nigeria, Perú, Suiza, Venezuela, Uruguay y Argentina. A todos mi saludo cordial, Gervasio

Los prejuicios de los civilizados

Nuestro pasado angoleño

Por Gabriel Di Meglio *

Mucho se ha dicho sobre Angola en estos días. En varios medios el país fue presentado como un lugar exótico, distinto y totalmente desconectado con nosotros. Sin embargo, como los presidentes recordaron en su encuentro, la historia argentina tiene un importante vínculo con Angola.

Es bien sabido que el Río de la Plata fue uno de los destinos de los comerciantes de esclavos europeos que embarcaban cargas de cautivos en África y las trasladaban a América. De 1680 a 1777 entraron al menos 40 mil esclavos en la región, mientras que entre esa última fecha y 1812 –cuando se interrumpió el tráfico– unos 70 mil fueron desembarcados en Buenos Aires y Montevideo (a esa cifra hay que sumar otra, desconocida, de esclavos ingresados por tierra desde Rio Grande do Sul). El 22 por ciento de los que llegaron directo desde África provenía de Congo y de Angola. En realidad partieron muchos más pero uno de cada cinco, como promedio, moría en los barcos. El viaje desde Angola tomaba dos meses por las corrientes marítimas, y las condiciones de vida a bordo eran pésimas, lo cual causaba una gran mortalidad.

De los cuatro puertos del África centrooccidental donde se embarcaban esclavos –Loango, Cabinda, Luanda y Benguela–, los tres últimos pertenecen hoy a Angola y dieron nombre a varios grupos de esclavos rioplatenses en la época colonial (los benguela, los cabinda, etc). Estos esclavos eran vendidos en los puertos; algunos quedaban allí y otros eran enviados al interior, donde Córdoba, San Miguel de Tucumán y Salta eran mercados destacados. Trabajaban en las haciendas y estancias, eran empleados como servicio doméstico de familias pudientes en las ciudades o como trabajadores de panaderías, molinos, fábricas de ladrillos y talleres de artesanos. Otros eran alquilados como mano de obra; ganaban un salario y se lo daban a sus amos, quedándose con una parte. Ese dinero les permitía ahorrar para tratar de acceder a lo que la mayoría perseguía durante toda su vida: la libertad. La conseguían los que podían comprársela o quienes la recibían de sus amos, en general cuando ya eran viejos.

Tras la Revolución de 1810 se prohibió el tráfico de esclavos y luego se sancionó la libertad de vientres, pero no se abolió la esclavitud, dado que los dirigentes hicieron primar el derecho de propiedad sobre el de libertad. Con la Guerra de la Independencia, a los esclavos hombres se les presentó una oportunidad: quienes entraban al ejército tenían la promesa de salir libres al terminar el servicio. Su participación fue muy importante, en particular en el Ejército de los Andes, donde constituyeron el grueso de la infantería. Es decir que muchos angoleños jugaron un papel decisivo para asegurar la independencia de lo que terminó siendo Argentina.

En el período colonial, los negros libres se reunían en “naciones” que agrupaban a gente que había sido capturada en la misma región. En Buenos Aires sobresalían las de los Congo y los de Angola. Se reunían los domingos en espacios llamados “tambos” o “tangos”, donde realizaban bailes. Después de la Independencia fueron reemplazadas por las “Sociedades Africanas”, controladas por el Estado, que reunían fondos para comprar la libertad de esclavos, daban préstamos, organizaban misas para los antepasados y realizaban bailes que recreaban los vínculos de la comunidad. Entre esas sociedades, la de los Benguela, los Angola y los Cabinda tenían origen angoleño. Pero a lo largo del siglo XIX, junto al declive demográfico, la colectividad negra perdió progresivamente su identidad cultural y también su identidad racial, tendiendo a difuminarse en la sociedad “blanca”. La impronta africana terminó invisibilizada en nuestro país.

Lejos de ser un lugar enteramente ajeno, Angola debe ubicarse junto a España, Italia, Polonia, Serbia, Croacia, Siria, Irlanda y otros más como uno de los países de donde provinieron los inmigrantes que contribuyeron a conformar la sociedad argentina, aunque los angoleños, por ser migrantes forzados, hayan perdido la relación con su tierra de origen y la mayoría de los vínculos con su pasado.

* Historiador (UBA-Conicet).

Pensar como colonizados

Por Guillermo Levy y Andrés Ruggeri *

Todos conocemos a Mandela, su lucha contra la segregación racial, su prisión y su papel en la democratización de la Sudáfrica del apartheid. Menos conocido es que un capítulo fundamental del fin del régimen racista se jugó en Angola. La liberación de Nelson Mandela de la cárcel fue una consecuencia directa de la derrota del ejército del apartheid en los campos de batalla de Angola, del sacrificio de decenas de miles de angoleños y la acción decisiva de un país latinoamericano, Cuba.

En los convulsionados últimos años de la Guerra Fría, el drama que se vivió en el sur de África pasó por un episodio más del conflicto internacional entre los dos grandes bloques político-económicos existentes hasta ese entonces. Pero, en realidad, la guerra que se libró en suelo angoleño fue el último acto de la descolonización del sur africano. La Sudáfrica blanca y racista necesitaba de un cinturón de Estados títere y de la ocupación directa de Namibia (el territorio entre Angola y Sudáfrica, ocupado por este país) para tender un “cordón sanitario” contra la rebelión de los pueblos africanos. El fin del colonialismo portugués, con la “revolución de los claveles”, en 1974, precipitó las cosas, y la amenaza del triunfo del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) desencadenó la intervención de las fuerzas armadas del apartheid y del sangriento dictador Mobutu, del Zaire, apoyados bajo cuerda por Estados Unidos, intentando evitar una Angola libre. Fue un Vietnam al revés, cuando una fuerza de más allá del océano, cubana, ayudó al MPLA a salvar su independencia y rechazar a los poderosos sudafricanos hasta las fronteras de Namibia. Fue una dura lucha que duró más de una década, hasta que las tropas racistas fueron vencidas en Cuito Cuanavale, en 1988. La derrota obligó a los dirigentes del apartheid a buscar la salida negociada. Liberar a Mandela fue la prenda de paz previa a los acuerdos que sellaron la independencia de Namibia, el fin de la guerra de liberación de Angola y la caída del régimen segregacionista de Sudáfrica.
 También significó la paz en Mozambique, la otra ex colonia portuguesa hostilizada por los sudafricanos blancos que armaban a la guerrilla de ultraderecha de la Renamo.

¿A qué viene todo esto, si ahora se trata de hacer acuerdos comerciales con Angola y las luchas de liberación parecen cosa del siglo pasado? A que Angola no es cualquier país de África. Angola es un territorio estratégico y por eso allí se jugó la página decisiva de la lucha por la liberación de los pueblos africanos. Angola, una vez acabada la larga guerra en la que su economía fue destruida también por la guerrilla de la Unita apoyada por la CIA y que siguió destruyendo el país hasta varios años después en disputa por la dominación de los diamantes, comenzó el lento y trabajoso camino de reconstruir su infraestructura y empezar a transformarse en una potencia africana. Pero escuchando y leyendo a muchos medios y opinadores, seguramente llevados por su oposición cerrada a toda acción de este gobierno, pero también por su ignorancia y sus prejuicios, pareciera que Angola es un país salvaje y primitivo poblado por etnias de la edad de piedra y elefantes y que sólo produce bananas. Hay elefantes, hay bananas y una enorme diversidad étnica y cultural, pero también hay una importante cuenca petrolera y una creciente pujanza económica.

África es, más que pobre, como es el destino de todas las naciones sojuzgadas durante siglos por el colonialismo europeo, empobrecida. Y África es una gran cantidad de países, pueblos, regiones, con historia, luchas y esfuerzos por vivir mejor, no una masa indiferenciada de negros con huesos en la cabeza a modo de moño, como parecieran pensar muchos medios que van de la crítica al sarcasmo para hablar del viaje del gobierno argentino. África es un continente sufrido, no se le escapa a nadie, pero con un potencial enorme, económico, político y cultural. ¿Por qué no apostar a su desarrollo, a incrementar el intercambio y el comercio, a crecer juntos, en vez de seguir mirando exclusivamente a la decadente y cada vez más en crisis Europa, o a los agresivos Estados Unidos? ¿Por qué seguir reproduciendo el esquema colonial de desprecio, prejuicios y racismo? ¿Sólo por pegarle al Gobierno? ¿O, además, por seguir pensando en términos coloniales?

Escuchamos estos días la vuelta al discurso descalificador de la política de Derechos Humanos a partir del viaje comercial a un país con un gobierno que supuestamente los viola. ¿Argentina sólo puede comerciar con los países que muestren certificaciones de calidad en materia de Derechos Humanos otorgadas por los medios dominantes? Muchos de los países con los que comerciamos están mucho peor en esta materia, pero al estar lejos de los estigmas racistas, clasistas y colonialistas de una parte de nuestro país no entran en el pabellón del infierno.

En la ciudad de La Haya funciona la Corte Penal Internacional, un intento de tribunal mundial de Justicia penal para perseguir delitos de lesa humanidad y genocidio. Un enorme predio con millones de euros de presupuesto que prácticamente sólo tiene encausados e investigados a grupos y gobiernos africanos y que no tiene causa ni investigación abierta contra los conquistadores de Irak y Afganistán o los bombardeadores de Libia. A los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU que controlan este tribunal los guía la misma hipocresía y matriz colonialista que a muchos de nuestros formadores de sentido común.
Horrorizados por la falta de dólares y entre horrorizados e hilarantes por la expedición a la salvaje África.
La misma estirpe de pensamiento que desprecia a las clases populares de nuestro propio país, que prefiere el sometimiento a los “civilizados” a la alianza liberadora con los dominados, que le molesta tan poco el rey de España matando elefantes y los ingleses en Malvinas como el atropello a nuestra soberanía y el despilfarro de nuestros recursos, es la que opera atrás de la descalificación de los angoleños.

* Levy es sociólogo y docente (UBA-Untref); Ruggeri es antropólogo social y docente (UBA).


NOTA:
1 http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-194569-2012-05-22.html

viernes, 18 de mayo de 2012

No hay, por ahora y por aquí, fin del mundo ni revolución


En Buenos Aires reapareció con sus ojos vidriosos, grandes, ahora ya algo viejo, aquel cordobés de la Fundación Mediterránea que supo ser líder en Suramérica del neoliberalismo del Consenso de Washington (y de los planes de la CIA y del “tacher-reganismo”).1 Dijo Domingo Cavallo que volvía a la política porque Argentina iba en sentido contrario al derrotero del mundo.

En el Canal de TV 26 –parte de un conglomerado mediático del cual no se desmiente que cuyo propietario y director es Alberto Pierri, colega político de Eduardo Duhalde (el de Lomas de Zamora, no el recientemente fallecido defensor de derechos humanos)– afirmó Cavallo: “Creo que vamos mal. Este tipo de manejo económico que está haciendo este Gobierno es del mismo tipo que hace el Gobierno de Venezuela, mientras en todo el resto de los países de América latina [sic en Ámbito Financiero, Buenos Aires], como Uruguay, Brasil, Chile, Colombia, Perú, México, el problema que tienen es la exagerada entrada de dólares y la abundancia hacen que sus monedas se aprecien demasiado”2.

Como Uruguay…

Cavallo dijo “como Uruguay”, donde la “entrada de dólares y la abundancia” pareciera haber potenciado la codicia de los “menores” arrebatadores y chorros que, según manifiesta el fiscal Gustavo Zubía que tramita el caso del asesinato del trabajador Gastón Hernández durante el asalto ocurrido hace pocos días a una reconocida pizzería de Montevideo–: “Hace por lo menos dos años que veo que el tirar primero y el sacar la plata después está ingresando en un nuevo tipo de código operativo de los adolescentes”3.

En sus comentarios a la radioemisora FM Gente de Punta del Este el fiscal Zubía es abiertamente proclive a la modificación del Código Penal, no para bajar la edad de imputabilidad –habría aclarado– sino para hacer más severas las penas y las condiciones de reclusión, argumentando que: “Uno de los arrestados, de 17 años, confesó ser el autor del disparo. El joven declaró que [el trabajador asesinado] Hernández hizo un gesto que motivó que apretara el gatillo. ‘Hay que tirar para que te respeten. Si no, no te dan bola’, se justificó el menor” 4.

Zubía afirmó: “Hoy la legislación posibilita que el chico entre a un comercio al grito de «soy menor». Grita porque en esa brevísima sintaxis está diciendo [que] «hay un código de la niñez y la adolescencia que dice que tengo que estar el menor tiempo posible internado, si es que voy internado, y que además podré salir en cualquier momento...». Está dando una lección jurídica –dice–, es el nuevo código que se integra en esas pequeñas palabras. Entre ellos se comenta: «si te agarrran, no pasa mucho»” 5.  

“Hay que tirar para que te respeten”

El fiscal uruguayo cree que cambiaron los códigos “operativos” del quehacer delictual. Pero no es así si se observa profundamente nuestras historias. En nota al pie se da referencia de que en la década argentina de 1920, durante los gobiernos “progresista” uno e “ilustrado” el otro de Hipólito Yrigoyen y Marcelo Torcuato de Alvear, hubo un teniente coronel, el célebre Héctor Varela luego muerto por un justiciero anarquista, que ‘para que se respete a los patrones’ ordenó fusilar a más de un millar de obreros rurales en huelga que en la Patagonia reclamaban mejores condiciones laborales a los estancieros criollos e ingleses.

Otros antecedentes del “viejo código operativo” son, para uruguayos y argentinos, la matanza de charrúas a orillas del arroyo Salsipuedes ordenada por Fructuoso Rivera en abril de 1831, y el genocidio pampa, mapuche y toba por la misma época para la organización del Estado Argentino. A propósito escribió Bartolomé Mitre, fundador luego del diario La Nación: “Jamás el corazón del [indio] pampa ha ablandado con el agua del bautismo que constantemente ha rechazado lejos de sí con la sangrienta pica del combatiente en la mano... El argumento acerado de la espada tiene más fuerza para ellos, y éste se ha de emplear al fin para exterminarlos o arrancarlos en el Desierto”6.

El matador del trabajador Hernández, en La Pasiva de Montevideo, no hace más que repetir la consigna de los expoliadores ancestrales, sean estos los de él mismo o sean ya fundadores de una tradición cultural. Se dice así porque no pocos de los “chicos malos” de hoy no provienen de familias tradicionalmente explotadas sino de las vinculadas a la “intermediación” en la explotación, como en el caso del ya referido Varela y tantos otros. Tácitamente afirmando que el problema es ya cultural el fiscal Zubía, en la entrevista citada, estimó también que “sólo uno de cada cuatro [jóvenes que delinquen] actúa drogado”.

Es decir que, si bien “el paco” o “la pasta base” –según la denominación usual de un lado o del otro del gran estuario Del Plata– hace estragos en los cerebros de quienes consumen el residuo pobre de los placeres del jet-set, hay principalmente una consecuencia directa de la crisis global del capitalismo o modo todavía vigente de obtención de renta sin trabajar: la exacerbación de su violencia intrínseca. Ansina es, y no como, especialmente, dicen los hoy herederos políticos del dictador Bordaberry (fundamento en su época del adjetivo y neologismo bordaberrización, significando la sumisión de los gobiernos al poder económico-militar), que “la inseguridad” es por la ausencia de marco legal y la flojedad de jueces y del Gobierno de Mujica.

Convocados por tales herederos un millar de manifestantes –en una ciudad de un millón de habitantes–, montó una triste y mediocre farsa en la plaza Independencia de Montevideo gritando “que se vayan, que se vayan todos”. No advirtieron que, para trazar paralelos con el drama original de inicios del milenio en Buenos Aires, ninguno o poquísimos de aquellos protagonistas y autores de la mentada consigna provenían de los barrios porteños que podrían igualarse con los orientales Pocitos o Carrasco. Y fueron, proporcionalmente, más, muchos más…

Crisis intelectual y de dirección política

En la reciente edición número 475 de la revista América Latina en Movimiento7, el uruguayo Raúl Zibechi, el argentino Atilio Boron y el cubano Roberto Regalado firman tres artículos que se recomiendan. Zibechi y Boron ponen en foco los problemas de las izquierdas de sus dos países frente, por un lado, la constitución en Uruguay de un nuevo bloque de poder político-económico ligado al gran y concentrado negocio agrario transnacionalizado, y por el otro la impronta del “capitalismo serio” que lidera la Presidenta de Argentina.

Regalado, quien es profesor-investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana y coordinador de varias colecciones de la editorial Ocean Sur, destaca en su artículo que si

Marx afirmaba que capital que no crece, muere. En forma análoga podemos decir que proceso de transformación social revolucionaria o de reforma social progresista que no avanza, muere: abre flancos a la desestabilización del imperialismo y la derecha local, y fomenta la desmovilización, el voto de castigo y la abstención de castigo de los sectores populares defraudados. Por eso es que debemos preguntarnos en qué medida los «nuevos » movimientos sociales, que en los años sesenta, setenta, ochenta y noventa estuvieron a la altura de las circunstancias, se han convertido en movimientos social-políticos, es decir, han logrado desarrollar la vocación y la capacidad de luchar por una transformación social revolucionaria. Y también, por las mismas razones, debemos preguntarnos si los actuales gobiernos de izquierda y progresistas están enrumbados hacia la edificación de sociedades «alternativas» o si serán un paréntesis que, en definitiva, contribuya al reciclaje de la dominación del capital.8

Dice que “El objetivo de estas preguntas no es calificar o descalificar a una u otra fuerza política o social-política, o a uno u otro gobierno de izquierda o progresista, sino recordar una sentencia del siglo XX que no pierde vigencia en el XXI: sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”. Y afirma también que:

Como es lógico, entre la izquierda de épocas anteriores y la actual, hay similitudes y diferencias. Una similitud es que, como ocurrió de manera periódica en los siglos XIX y XX, el comienzo de una nueva etapa histórica obliga a la izquierda a formular nuevos objetivos, programas, estrategias y tácticas. Una diferencia es que, tanto las corrientes revolucionarias, como las corrientes reformistas del movimiento obrero y socialista nacido en el siglo XIX, habían elaborado y debatido sus respectivos proyectos políticos mucho tiempo antes de que la Revolución Bolchevique en Rusia (1917) y la elección del primer ministro laborista Ramsey McDonald en Gran Bretaña (1924), llevaran al gobierno, por primera vez, a representantes de una y otra, mientras que la izquierda latinoamericana actual llegó al gobierno sin haber elaborado los suyos. La izquierda latinoamericana llega al gobierno sin descifrar la clave para dar el salto de la reforma social progresista a la transformación social revolucionaria, sin la cual quedará atrapada en el mismo círculo vicioso de reciclaje del capitalismo concentrador y excluyente que la socialdemocracia europea. Este es el problema pendiente: construir la imprescindible sinergia entre teoría y praxis revolucionaria.9


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En la década de 1980 fui protagonista y testigo de dos sucesos, entre tantos otros, de los que tengo clara memoria, y que hicieron evidente ese vacío teórico al que nos dirigíamos. Una fue la larga discusión mantenida con jóvenes del partido de la localidad suburbana en la que yo era secretario político, discusión que en una primera y provisoria instancia me fue adversa dada la opinión en contrario y de peso que sostuvo el entonces responsable nacional de la Juventud.

Sostenía yo –frente al intento de incorporar a la Federación Juvenil, dadas sus aguerridas condiciones para la autodefensa, se me decía, a muchachos marginales y dedicados al “choréo”– que la situación de desclasamiento de aquellos impedía ese reclutamiento mientras no se produjera un proceso de reeducación política, y que el riesgo de traición era muy alto.

Otra ocurrió en una reunión de la dirección regional cuando los primeros saqueos a supermercados en 1989, habiendo entrado ya en fuerte crisis final el gobierno de Raúl Alfonsín. Compañeros, entre ellos uno llamado Boris, que militaban en un barrio asentado en tierras que se había logrado que el Gobierno provincial expropiara a la Iglesia, informaban su experiencia. Relataban que se habían reunido en una casilla del barrio junto con militantes peronistas y de otros partidos y con cristianos de base procurando encontrar un discurso común referido a la debacle para ser llevado a los vecinos cuando, por la ventana, vieron que sonrientes y dicharacheras mujeres viejas y jóvenes, con sus maridos e hijos volvían cargando bolsas no sólo con harina, fideos, pollo, pan, aceite y gaseosas sino también con whisky, jamón, licuadoras y algún que otro televisor. “Lo que tenían bien claro es que era lo que les faltaba, y lo fueron a buscar”, dijo Boris.

(Y si no te respetan te meten en cana…)

El matador del trabajador Hernández, finalmente, está preso. Podrá salir de la cárcel y probablemente, si sobrevive, tarde o temprano vuelva al presidio. Dirán algunos que eso sucederá porque es él quien, en principio, no respeta. Pero, ¿no respeta qué?

Entripado ma non troppo

Es cierto, Cristina Fernández de Kirchner, en 1992, abogó por la privatización de YPF. El detalle de la oportunidad en que hizo eso se encuentra en Internet en un santiamén. Su fallecido marido y ex presidente, por entonces gobernador de la Provincia de Santa Cruz, elogiaba a Carlos Saúl Menem. Antes, cuando irrumpió en 1976 la dictadura, dijo luego alguna vez Cristina Fernández que entonces le dijo su marido, más o menos así: Ahora vamos a hacer plata, que después habrá que hacer política.

Hicieron plata e hicieron política. Abogaron por la privatización de YPF y de otras empresas estatales y ahora, como Presidenta, Cristina Fernández “nacionaliza” parte de YPF. Un poco antes estatizó los aportes previsionales en manos de los fondos de inversión, y recuperó Aerolíneas Argentinas.

Es que como en el siglo XX, para fundar y refundar burguesías “nacionales” hay palancas imprescindibles que los propios aspirantes a burgueses no pueden (ni quieren) financiar: entre ellas las energéticas (otrora también lo fueron, entre otras, la siderúrgica y las del transporte marítimo). De eso con alegría nos encargamos los más, porque caso contario no hay trabajo (ni hay consumo, dirá Cristina).

Está bien que se haya recuperado la conducción de YPF. En manos del “establishment” español hubiera desaparecido irremediablemente. Ya habrá otros tiempos…

Gervasio Espinosa (en la costa oriental del gran estuario, 18 de mayo de 2012)

NOTAS:

1 Domingo Felipe Cavallo fue presidente del Banco Central durante la dictadura argentina iniciada por Martínez de Hoz (empresario y descendiente de uno de los financista del genocidio aborigen en el siglo XIX) y Videla (general del mismo ejército de su antecesor el teniente coronel Héctor Benigno (!) Varela, jefe de fusilamiento de más de un millar de obreros rurales patagónicos en la década de 1920), gestor en esa función de la “estatización” de la deuda exterior “privada”, y luego ministro tanto de Carlos Menem como de Fernando de La Rúa. En estas funciones fue ideólogo de las privatizaciones de empresas públicas como la ahora tan mentada YPF, Obras Sanitarias de la Nación, de las de generación y distribución de electricidad, teléfonos, ferroviarias –entre otras–, e inventor del “corralito bancario” en 2001.



4 Misma fuente (las bastardillas son mías).

5 Misma fuente.

6 Liborio Justo, “Los imperios del desierto”, en Haydee Gorostegui de Torres (comp.), Historia integral de la Argentina, Tomo II, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980.


8 Roberto Regalado, “¿Hacia dónde van los gobiernos de izquierda y progresistas?”, http://alainet.org/publica/475.phtml

9 Misma fuente.

martes, 15 de mayo de 2012

No. Sí. Sí, tres pasos para adelante...

No me he muerto, no he sufrido un accidente cerebro vascular ni estoy de vacaciones.
Sí estoy con mucha tarea con la corrección de estilo de algunos libracos y, además, con Beti estamos podando árboles y arbustos (es la época del año para hacerlo en el hemisferio sur...).
Dentro de algunos días, liberado de tales apuros, volveré con "No hay todavía apocalipsis ni revolución"...